Informe de Amadeo Bordiga sobre el fascismo IV congreso de la Internacional Comunista

Estado


12ª sesión, 16 de noviembre de 1922

 

En el momento en que se instala el IV Congreso de la Internacional Comunista, ya eran viejas las divergencias entre el Partido Comunista de Italia, dirigido por la Izquierda Comunista, y la dirección de la Internacional. Estas se manifestarán durante las discusiones sobre la táctica del “Frente Único” y, por consiguiente, sobre la política de unificación con el Partido Socialista Italiano que quería imponer el Comité Ejecutivo de la Internacional a los comunistas italianos – ¡que venían de separarse de ese partido reformista hacía poco más de dos años! Sobre el análisis del fascismo y la forma de luchar contra él, las divergencias eran muy reales.

El “Llamado del IV° Congreso a los obreros y campesinos italianos”, publicado el primer día del Congreso, afirmaba que “Los Fascistas son, ante todo, un arma de los propietarios terratenientes. La burguesía industrial y comercial sigue con inquietud la experiencia de la reacción fascista, considerándola como una especie de bolchevismo negro”. En realidad el fascismo era esencialmente el órgano contrarrevolucionario de la burguesía en su conjunto, tal como lo explicaba Bordiga; lo que significaba que era imposible pensar en eventuales alianzas con ciertas fracciones burguesas, llamadas “democráticas”, contra este; una verdadera lucha contra el Fascismo no podía ser llevada a cabo sino sobre bases de clase.
Pero, para gran incomodidad de ciertos historiadores actuales, trotskistas o no, para quienes el antifascismo democrático es la única política a seguir, estas graves divergencias no impedirán a la dirección de la Internacional confiar al representante de la Izquierda Comunista el cuidado de exponer delante de los congresistas el informe sobre el fascismo que publicamos más abajo, traducido de las actas de las sesiones del Congreso.

(El orador aborda la cuestión de los orígenes del fascismo después de haber recordado que los acontecimientos no habían permitido mantener contacto con Italia, se esperaba un informe de Togliatti sobre los últimos desarrollos de la situación y después de haber prometido volver sobre la cuestión de la actividad práctica del partido con respecto al fascismo en el curso de la discusión).

 

Por lo que se refiere al origen, por así decir, inmediato y exterior del fascismo, hay que decir que se remonta a los años 1914-15, es decir, a la época que precedió a la entrada de Italia en la guerra mundial, los grupos que pedían esta intervención y que, desde el punto de vista político, estaban formados por representantes de diversas tendencias, constituyeron la primera manifestación del fascismo. Había un grupo de derecha con Salandra, es decir, los grandes industriales interesados en la guerra que antes de reclamar la intervención de la Entente, habían preconizado la guerra contra ella. Allí se encontraban por otra parte tendencias burguesas de izquierda: los radicales italianos, es decir, los demócratas de izquierda y los republicanos, partidarios tradicionales de la liberación de Trento y de Trieste. En tercer lugar se encontraban algunos elementos del movimiento proletario, sindicalistas revolucionarios y anarquistas.

A estos grupos pertenecía igualmente (se trata por cierto, de un caso individual pero con una importancia particular) el jefe del ala izquierda del Partido Socialista, director de «Avanti»: Mussolini. Grosso modo, se puede decir que el grupo intermedio no ha participado en el movimiento fascista, quedándose en el marco de la política burguesa tradicional. Los grupos de extrema-derecha (ex-anarquistas, ex-sindicalistas y ex-sindicalistas revolucionarios) han permanecido en el movimiento de los grupos fascistas de combate. Estos grupos políticos habían cosechado una gran victoria en mayo de 1915, al imponer la entrada de Italia en la guerra contra la voluntad de la mayoría del país e incluso del parlamento, que no supieron resistir a este golpe de fuerza inesperado. Pero después de la guerra y en el transcurso del conflicto vieron cómo su influencia disminuía. Y es que habiendo presentado la guerra como una empresa sumamente fácil, perdieron toda su popularidad, que por otra parte no había sido nunca muy grande, cuando se vio que la guerra no se acababa. Al final de la misma, su influencia era casi igual a cero.
Durante y después del periodo de movilización, hacia finales de 1918, durante 1919 y en la primera mitad de 1920, esta tendencia política no tuvo ningún peso en el descontento general suscitado por las consecuencias del conflicto, pero es fácil establecer el lazo político y orgánico que existe entre este movimiento aparentemente entonces dispuesto a desaparecer y el que se desarrolla potentemente hoy ante nuestros ojos.
Los grupos fascistas de combate nunca dejaron de existir. El jefe del movimiento fascista siempre había sido Mussolini, y su órgano «Il Popolo de Italia». En las elecciones políticas de finales de octubre en 1919, los fascistas fueron completamente batidos en Milán, donde se publica su periódico y vivía su jefe. No obtuvieron más que un ínfimo número de votos, pero no por esto cesaron su actividad.
La corriente socialista-revolucionaria del proletariado se había reforzado notablemente después de la guerra, merced al entusiasmo revolucionario que se había apoderado de las masas, pero no consiguió explotar esta situación favorable, y perdió posteriormente parte de su influencia debido al hecho de que todos los factores objetivos y psicológicos favorables al reforzamiento de una organización revolucionaria no encontraron un partido capaz de apoyarse sobre ellos y fundar una organización estable. No quiero decir con esto que en Italia, el Partido Socialista hubiera podido hacer la revolución, como afirmaba Zinoviev; quiero decir que el Partido Socialista hubiese debido al menos dar a las fuerzas revolucionarias de las masas obreras una organización sólida. Por desgracia no ha estado a la altura de la tarea. Por lo tanto hemos asistido a una disminución de la popularidad que la tendencia socialista, que se había opuesto siempre a la guerra, tenía en Italia.
En la medida que en la crisis de la sociedad italiana el movimiento socialista cometía falta tras falta, el movimiento opuesto, – el fascismo – comenzó a reforzarse, consiguiendo en particular, explotar la crisis económica que aparecía y cuya influencia comenzaba a sentirse en las organizaciones sindicales del proletariado. Hay que decir que, en el momento más difícil, el movimiento fascista encontró un apoyo en la expedición de D’Annunzio en el Fiume del cual sacó una cierta fuerza moral; es de esta época que datan su organización y su fuerza armada, bien que el movimiento de D’Annunzio y el fascismo habían sido dos cosas distintas.
Hemos hablado del movimiento socialista proletario: la Internacional ha criticado frecuentemente sus errores. Una consecuencia de estos ha sido el cambio completo operado en el estado de ánimo de la burguesía y de las otras clases. El proletariado estaba desorientado y desmoralizado. En cuanto vio cómo se le escapaba la victoria, su estado de ánimo sufrió una profunda transformación. Se puede decir que en 1919 y en la primera mitad de 1920, la burguesía italiana se había resignado en cierta forma a asistir a la victoria de la revolución. La clase media y la pequeña burguesía tendían a jugar una función pasiva, a remolque no de la gran burguesía, sino del proletariado al que creían a las puertas de la victoria. Este estado de ánimo posteriormente se ha modificado radicalmente. En lugar de asistir a la victoria del proletariado, se ha visto a la burguesía organizar con éxito su defensa. Cuando la clase media constató que el P. Socialista no era capaz de tomar la delantera, perdió poco a poco confianza en las posibilidades del proletariado y se volvió hacia la clase opuesta. Es en este momento que la ofensiva capitalista y burguesa comenzó. Se aprovechó esencialmente del nuevo estado de ánimo en el que la clase media se encontraba. Merced a su composición extremadamente heterogénea, el fascismo representaba la solución al problema de la movilización de las clases medias en favor de la ofensiva capitalista. El ejemplo italiano es un ejemplo clásico de ofensiva del capital. Como dijo ayer en esta tribuna el camarada Radek, esta ofensiva es un fenómeno complejo que debe ser estudiado no solamente desde el punto de vista de la disminución del salario o del alargamiento en la duración del trabajo, sino también sobre el terreno general de la acción política y militar de la burguesía contra la clase obrera. En Italia, durante el periodo de desarrollo del capitalismo, hemos visto aparecer todas las formas características de la ofensiva capitalista. Si queremos considerar esta en su conjunto, debemos examinar las líneas generales de la situación, por una parte en el campo de la industria y por otra parte en el de la agricultura.
En la industria, la ofensiva capitalista explota directamente la situación económica. La crisis comienza, y con ella el paro. Los patronos se ven obligados a despedir a una parte de los obreros y pueden hacerlo contando con la vileza de las direcciones sindicales y de los maximalistas. La crisis industrial les da un pretexto que les permite reclamar la disminución de los salarios y la revisión de las concesiones morales que habían concedido a los obreros de sus empresas. La Confederación General de la Industria, organización de clase de los empresario ha nacido al principio de esta crisis, y dirige su lucha subordinando a su dirección la acción de cada rama. En las grandes ciudades, no fue posible recurrir enseguida a métodos violentos contra la clase obrera. Los obreros urbanos constituían una masa muy considerable como para esto. Era relativamente fácil reunirlos, por tanto podían oponer al ataque una seria resistencia. La burguesía prefirió entonces imponer al proletariado luchas con caracteres esencialmente sindicales, en las cuales los resultados le fueron generalmente desfavorables debido a la agudización de la crisis y al continuo aumento del paro. La única posibilidad de llevar a cabo victoriosamente las luchas económicas que estallaban en la industria habría sido llevar la acción del campo sindical al campo revolucionario, y ejercer una dictadura de verdadero partido comunista. Pero el partido socialista italiano no era ese partido, y en el momento decisivo no supo llevar la acción del proletariado italiano sobre el plano revolucionario. El periodo de los grandes triunfos de las organizaciones sindicales italianas en la lucha por la mejora de las condiciones de trabajo, dio paso a un nuevo periodo en el cual las huelgas tomaron su carácter defensivo y los sindicatos sufrían una derrota tras otra.
Debido a que en Italia las clases rurales tenían una gran importancia en el movimiento revolucionario, sobre todo los asalariados agrícolas, pero también las capas semi-proletarias, las clases dominantes se vieron obligadas a combatir la influencia que las organizaciones rojas habían adquirido en los campos. La situación que se presentaba en una gran parte de Italia, incluso en la más importante, el Valle del Pô, era parecida a una especie de dictadura local del proletariado o por lo menos de los asalariados agrícolas. En esta zona, hasta finales de 1920, el PS había conquistado numerosos ayuntamientos que habían practicado inicialmente una política fiscal desfavorable a la burguesía media y agraria, teníamos allí florecientes organizaciones sindicales, importantes cooperativas y numerosas secciones del partido socialista. Incluso allí donde el movimiento se encontraba en manos de los reformistas, la clase obrera del campo tenía una actitud revolucionaria. Obligaba a los patronos a entregar a sus organizaciones cierta suma que garantizase en cierta medida su sumisión a los contratos impuestos por la lucha sindical. Se determinó así una situación en la cual la burguesía agraria no podía vivir más en el campo, viéndose obligada a retirarse a la ciudades.
Por desgracia, los socialistas italianos cometieron una serie de errores (1), en particular en la cuestión de la apropiación del suelo y de la tendencia de los pequeños arrendatarios a comprar tierras después de la guerra para convertirse en pequeños propietarios. Las organizaciones reformistas forzaron a estos arrendatarios a ser, por así decir, los caudatarios del movimiento de los obreros agrícolas; en estas circunstancias el movimiento fascista encontró en ellos un apoyo notable.
En la agricultura, no había una crisis unida a un paro ampliado que hubiese permitido a los propietarios terratenientes lanzar una contra-ofensiva victoriosa sobre el terreno de la lucha sindical. Es por ello que en este sector el fascismo ha comenzado a desarrollarse y aplicar el estado de la violencia física, de la violencia armada, apoyándose en la clase de los grandes propietarios y aprovechando el descontento suscitado en las capas medias de la clase campesina por los errores organizativos del P.S. y de los sindicatos reformistas, y aprovechando también la situación general, o sea, el malestar y la insatisfacción creciente de todas las capas pequeño-burguesas, de los pequeños comerciantes, los pequeños propietarios, militares licenciados, ex-oficiales, que después de la situación que habían gozado durante la guerra se veían ahora desplazados. Todos estos elementos fueron aprovechados y, encuadrándolos y organizándolos en formaciones armadas, se pudo crear un movimiento con el objetivo de destruir las organizaciones rojas del campo.
El método que ha utilizado el fascismo no puede ser más característico. Ha reunido a los desmovilizados que no consiguieron después de la guerra volver a encontrar un sitio en la sociedad; ha sacado provecho de su experiencia militar y ha comenzado a constituir grupos armados, no en las grandes ciudades industriales, sino en las cabezas de los partidos agrícolas, como Bolonia y Florencia; para esto, se ha apoyado como veremos más adelante, en las autoridades legales. Los fascistas disponen de armas y de medios de transporte, gozan de total inmunidad ante la ley, y aprovechan estas ventajas, incluso allí donde sus efectivos son inferiores a los de sus enemigos, los revolucionarios. Organizan sobre todo lo que se llama «expediciones punitivas», procediendo de la siguiente manera: invaden un pequeño territorio, destruyen las sedes centrales de las organizaciones obreras, obligan por la fuerza a dimitir a los consejos municipales, hiriendo, y si es preciso, asesinando a los dirigentes contrarios o, en el mejor de los casos, obligándoles a emigrar. Los trabajadores de las localidades en cuestión no están en disposición de oponer resistencia a estas bandas armadas, apoyadas por la policía y esparcidas por todo el país. Los grupos fascistas locales al principio no se atrevían a enfrentarse a las fuerzas proletarias, pero ahora toman la delantera porque los campesinos y los obreros están aterrorizados y saben que si intentan llevar a cabo cualquier acción contra ellos, los fascistas volverían a comenzar sus expediciones punitivas con fuerzas superiores, a las cuales seria imposible resistir.
Es por ello que el fascismo ha conquistado una posición dominante en la política italiana, y ha proseguido su marcha por así decir territorialmente, según un plan muy fácil de seguir sobre su mapa. Su punto de salida ha sido Bolonia, donde en septiembre y octubre de 1920 se había instaurado una administración socialista, lo que había dado lugar a una gran movilización de las fuerzas rojas. Se produjeron incidentes: las reuniones fueron perturbadas por provocaciones desde el exterior; disparos (posiblemente realizados por agentes provocadores) sobre los escaños de la minoría burguesa. Este fue el pretexto del primer gran golpe de mano fascista. Desencadenada, la reacción realizó destrucciones e incendios, sin contar las acciones de hecho contra los dirigentes proletarios. Con la ayuda del poder del Estado, los fascistas se apoderaron de la ciudad. Estos sucesos del ya histórico 21 de noviembre, marcan el principio del terror y a partir de esta fecha, el consejo municipal de Bolonia no puede volver a tomar el poder.
Después de Bolonia, el fascismo prosiguió una ofensiva que no podemos tratar en detalle. Nos limitaremos a decir que tomó dos direcciones: una parte hacia el triángulo industrial del Noroeste (Milán, Turín y Génova) y otra hacia la Toscana y el centro de Italia, con el fin de cercar y amenazar la capital. Desde el principio, estaba claro que no podía surgir ningún movimiento fascista en el sur de Italia, por las mismas razones que habían impedido el nacimiento de un movimiento socialista fuerte. El fascismo no representa un movimiento de la fracción retrógrada de la burguesía, por eso no apareció por primera vez en la Italia meridional, sino justamente allí donde el movimiento proletario estaba más desarrollado y donde la lucha de clases se manifestaba más claramente.
Teniendo estos datos como base, ¿cómo podemos explicar el movimiento fascista? ¿Se trata de un movimiento puramente agrario? Eso no es lo que queríamos decir cuando afirmábamos que el movimiento había nacido fundamentalmente en el campo. No se puede considerar el fascismo como el movimiento independiente de una fracción particular de la burguesía, como la expresión de los intereses de la burguesía agraria en oposición a los intereses del capitalismo industrial. Por esto, incluso en las provincias donde su acción no se ha ejercido nada más que en el campo, la organización política y militar del fascismo ha nacido en las grandes ciudades. Después de las elecciones de 1921, el fascismo obtuvo una representación parlamentaria, el partido agrario que se formó en la Cámara era independiente de él. A raíz de los acontecimientos que siguieron, los industriales apoyaron el movimiento fascista. La declaración por la cual la Confederación General de la Industria se pronunciaba a favor de Mussolini para la formación de un nuevo gobierno, es característica de la situación que se ha creado en estos últimos tiempos, y a este respecto, la formación de un movimiento sindical fascista es aún más interesante. Como habíamos señalado ya, los fascistas se han aprovechado del hecho de que los socialistas no han tenido jamás una política agraria propia, y han abandonado a ciertas capas rurales que no pertenecían directamente al proletariado y tenían intereses diferentes de los que presentaban los socialistas. Pero utilizando (siendo forzado a ello) la violencia más salvaje, el fascismo supo también hacer la demagogia más cínica y creó organizaciones de clase con los campesinos e incluso con los asalariados agrícolas, tomando en cierto sentido posición contra los grandes propietarios. Es por esto por lo que existen ejemplos de luchas sindicales dirigidas por los fascistas, que tenían gran semejanza con las de las organizaciones rojas. No podemos considerar este movimiento, que ha creado una organización sindical mediante la coacción y el terror, como una forma de lucha anti-patronal, pero tampoco debemos concluir diciendo que representa un movimiento de los empresarios rurales. La verdad es que el movimiento fascista es un gran movimiento unitario de la clase dominante capaz de poner a su servicio, de utilizar y de explotar todos los intereses parciales y locales de los grupos patronales, tanto agrícolas como industriales.
El hecho de que el proletariado se haya sabido agrupar oportunamente en una gran organización unitaria capaz de luchar por el poder, y de sacrificar sus intereses inmediatos y parciales a tal fin, ha sido aprovechado por la burguesía para realizar su propia tentativa. Siguiendo un plan unitario de ofensiva anti-proletaria, la clase dominante se ha dado una organización para defender el poder que tenía entre sus manos.
El fascismo ha creado una organización sindical. ¿Con qué fin? ¿Para dirigir la lucha de clase? Eso nunca. Ha creado un movimiento sindical bajo el eslogan siguiente: todos los intereses económicos tienen el derecho de sindicarse. Los obreros, los campesinos, los comerciantes, los capitalistas, los terratenientes, etc… pueden formar uniones, todos pueden organizarse sobre la base del mismo principio, pero la acción sindical de todas estas organizaciones debe subordinarse al interés nacional, a la producción nacional, a la grandeza nacional, etc… Se trata, pues, de un sindicalismo de colaboración entre las clases, y no de lucha de clase. Todos los intereses deben fundirse en una pretendida unidad nacional. Sabemos lo que significa esta unidad: la conservación contrarrevolucionaria del Estado burgués y sus instituciones.
La génesis del fascismo debe, según nosotros, ser atribuido a tres factores principales: El Estado, la gran burguesía y las clases medias. El primero de estos factores es el Estado. En Italia el aparato del Estado ha jugado un papel importante en la fundación del fascismo. Las sucesivas crisis del gobierno burgués han creado la idea de que la burguesía tenía un aparato de Estado tan inestable que bastaría con un golpe de mano para derribarlo, pero de eso nada. Al contrario, la burguesía ha podido construir su organización fascista precisamente en la medida en que su aparato de Estado se reforzaba.
Es del todo cierto que, inmediatamente después de la guerra, el aparato del Estado ha atravesado una crisis que tuvo como causa manifiesta la desmovilización. Todos los elementos que hasta entonces habían participado en la guerra fueron arrojados bruscamente el mercado de trabajo; en este momento crítico, el aparato del Estado que, hasta ese momento se había volcado para conseguir la victoria sobre el enemigo exterior tuvo que transformarse en un órgano de defensa contra la revolución. Este planteó a la burguesía un gigantesco problema. No podía resolverlo militarmente mediante una lucha abierta contra el proletariado: tenía por tanto que resolverlo por medios políticos. Es en esta época cuando se forman los primeros gobiernos de izquierda de la postguerra, y cuando la corriente política de Nitti y de Giolitti accede al poder.
Es justamente esta política la que ha permitido al fascismo asegurar la victoria. Pero al principio, era necesario hacer concesiones al proletariado. En el momento en que el aparato del Estado tuvo la necesidad de consolidarse, el fascismo apareció. Cuando critica los gobiernos de izquierda de la posguerra y los acusa de cobardía ante los revolucionarios, el fascismo no hace nada más que pura demagogia. En realidad, los fascistas son deudores de su victoria respecto a las concesiones hechas por los primeros ministros demócratas de la posguerra. Nitti y Giolitti han hecho concesiones a la clase obrera. Algunas reivindicaciones del Partido Socialista, tales como la desmovilización, el régimen político, la amnistía para los desertores, han sido satisfechas. Pero tales concesiones estaban encaminadas a ganar tiempo para poder reconstruir el aparato de Estado sobre bases más sólidas. Fue Nitti quien creó la Guardia Real, que no era una policía propiamente dicha, sino más bien una organización militar de carácter nuevo. Uno de los más grandes errores de los reformistas ha sido el no considerar este problema como algo fundamental, de tal forma que, incluso desde un punto de vista puramente constitucional, hubiesen podido protestar contra la creación de un segundo ejército por parte del Estado. Pero ellos no comprendieron la importancia de la cuestión y vieron en Nitti un hombre con el cual se podía colaborar en un gobierno de izquierda. Una nueva prueba de la incapacidad del PSI para comprender la evolución política en Italia.
Giolitti completó la obra de Nitti. Bajo su mandato, el ministro de la guerra,

, dio su apoyo a las primeras tentativas del fascismo poniendo a disposición del recién nacido movimiento de oficiales desmovilizados, los cuales, incluso después de su vuelta a la vida civil, continuaban enteramente a disposición de los fascistas, proporcionándoles todo el material necesario para formar un ejército.
Durante la ocupación de las fábricas, el ministro Giolitti comprendió muy bien que el proletariado armado se había apoderado de las fábricas y que el proletariado agrícola estaba a punto de apoderarse de la tierra en su ímpetu revolucionario, por lo que hubiese sido un error de gran calibre aceptar la batalla antes de que se hubiesen organizado completamente las fuerzas contrarrevolucionarias. Para reunir a las fuerzas contrarrevolucionarias destinadas a aplastar en un futuro próximo al movimiento obrero, el gobierno pudo aprovechar la maniobra de los traidores jefes de la CGT que eran miembros del movimiento socialista. Con la promesa de una ley sobre el control obrero, que jamás se aplicó ni mucho menos votó, el gobierno consiguió salvar al Estado burgués en una situación crítica.
El proletariado se había apoderado de las fábricas y de la tierra, pero el Partido Socialista demostró nuevamente que era incapaz de resolver el problema de la unidad de acción de los trabajadores industriales y los trabajadores agrícolas. Este error permitió a la burguesía llevar a cabo la unidad contrarrevolucionaria, y fue gracias a esta unidad por la que logró derrotar por separado a los obreros de las fábricas y del campo. Como se puede ver, el Estado ha jugado un papel capital en la aparición del movimiento fascista.
Después de los ministerios Nitti, Giolitti y Bonomi, vino el gobierno Facta. Este sirvió para ocultar la entera libertad de acción de que gozaba el fascismo en su avance territorial. En la época de la huelga de agosto de 1922, serias luchas estallaron entre fascistas y obreros, con el gobierno apoyando abiertamente a los primeros. Podemos citar el ejemplo de Bari, donde a pesar de un gran despliegue de fuerzas, los fascistas no lograron vencer a los obreros que se habían parapetado en sus casas de la parte vieja de la ciudad, defendiéndose con las armas en la mano durante más de una semana. Los camisas pardas debieron retirarse, dejando muchas bajas sobre el campo. ¿Qué hizo al respecto el gobierno Facta? Hizo cercar de noche la ciudad por miles de soldados, centenares de carabineros y guardias reales, y ordenó el asedio de la ciudad. Desde el puerto un torpedero bombardeó las casas; las ametralladoras, los tanques y los fusiles entraron en acción. Sorprendidos durante el sueño, los obreros fueron derrotados y la Bolsa del Trabajo ocupada. El Estado ha obrado de la misma forma por doquier. Por todas partes el fascismo era derrotado por los obreros, y por todas partes el poder del Estado intervenía, mandando disparar sobre los obreros que se defendían, arrestando y condenando a los obreros cuyo único delito había sido el de defenderse, mientras que los fascistas, que habían cometido delitos de carácter común, eran absueltos sistemáticamente.
El primer factor es por lo tanto el Estado. El segundo es, como habíamos señalado anteriormente, la gran burguesía. Los capitalistas de la industria, de los bancos, del comercio y los terratenientes tenían un interés natural en la fundación de una organización de combate capaz de apoyar su ofensiva contra los trabajadores.
Pero el tercer factor no ha jugado un papel menos importante en el origen del poder fascista. Para crear al margen del Estado una organización reaccionaria ilegal, era necesario enrolar a elementos no provenientes de las capas superiores de la clase dominante. Esto se consiguió dirigiéndose a esas capas de las clases medias que habíamos mencionado con anterioridad, persuadiéndoles de que de esta forma defendían sus intereses. Esto es lo que el fascismo intentó hacer y, es preciso reconocerlo, lo ha conseguido. En las capas más próximas al proletariado, ha encontrado partidarios entre aquellos a los que la guerra había dejado insatisfechos, entre los pequeños burgueses, los semi-burgueses, los comerciantes y sobre todo entre los intelectuales de la juventud burguesa, la cual adhiriéndose al fascismo, y tomando el uniforme de la lucha contra el proletariado, se encontraron con la suficiente energía para recobrarse moralmente cayendo en el patriotismo y en el imperialismo más exaltado. Estos elementos suministraron al fascismo un número considerable de partidarios y le permitieron organizarse militarmente.
Estos son los tres factores que han permitido a nuestros enemigos oponernos un movimiento en le cual la tosquedad y la brutalidad no tienen paralelo, pero que, hay que reconocerlo, dispone de una organización sólida y de jefes con una gran habilidad política. El Partido Socialista no ha llegado nunca a comprender la significación y la importancia del naciente fascismo. «Avanti» no ha comprendido nunca nada acerca de lo que la burguesía estaba preparando merced a una hábil explotación de los errores monumentales de los jefes obreros. ¡No ha querido tan siquiera nombrar a Mussolini por temor a hacerle publicidad si lo sacaba más a la luz!
Como se ve, el fascismo no representa una nueva doctrina política, pero por el contrario posee una gran organización política y militar, y una prensa importante dirigida con una gran habilidad periodística y con mucho eclecticismo. No tiene ideas ni programa, pero ahora que está en el poder y que se encuentra colocado ante problemas concretos, se ve obligado a la organización de la economía italiana. En este paso de una obra negativa a una obra positiva, mostrará sus debilidades, a pesar de sus capacidades de organización.

El programa fascista

Después de haber tratado los factores históricos y la realidad social que han engendrado el fascismo, debemos ocuparnos de la ideología que ha adoptado y del programa mediante el cual se ha asegurado la adhesión de los elementos que le siguen.
Nuestra crítica nos lleva a la conclusión de que, en el terreno de la ideología y del programa burgués tradicionales, el fascismo no ha aportado nada nuevo. Su superioridad y su distintivo característico residen por entero en su organización, su disciplina y su jerarquía. Pero aparte de estos aspectos militares excepcionales, ante una situación erizada de dificultades, esta sería incapaz de superar. La crisis económica volverá a generar continuamente las causas de la reanudación revolucionaria, por lo que el fascismo se verá incapacitado para reorganizar la sociedad burguesa. El fascismo, que no sabrá nunca superar la anarquía económica del sistema capitalista, tiene una tarea histórica que podríamos definir como la lucha contra la anarquía política, es decir, la anarquía de la organización de la clase burguesa en partido político. Las diferentes capas de la burguesía italiana han formado tradicionalmente grupos sólidamente organizados, que se combaten por turno debido a la oposición entre sus intereses particulares y locales, y que bajo la dirección de políticos profesionales, se dedican a toda clase de maniobras en los pasillos del Parlamento. La ofensiva contrarrevolucionaria obligó a estas fuerzas de la clase burguesa a unirse en la lucha social y en la política gubernamental. El fascismo no es más que la realización de esta necesidad de clase. Colocándose por encima de todos los partidos burgueses tradicionales, el fascismo les priva poco a poco de su contenido, los reemplaza en sus actividades y, merced a sus errores y a los fracasos del movimiento proletario, aprovecha para sus propios fines el poder político y el material humano de las clases medias. Pero por el contrario, no conseguirá nunca darse una ideología concreta y un programa de reformas sociales administrativas que se salgan de los límites de la política burguesa tradicional que ha demostrado su bancarrota cientos de veces.
La parte crítica de la así llamada doctrina fascista, no tiene gran valor. Se da un barniz antisocialista y al mismo tiempo anti-democrático. En lo que concierne al antisocialismo, está claro que el fascismo es un movimiento anti-proletario, por lo tanto es natural que se declare adversario de todas las formas económicas socialistas o semi-socialistas, sin extraer u ofrecer nada nuevo para mantener el sistema de la propiedad privada, aparte de los lugares comunes sobre la quiebra del comunismo en Rusia. En cuanto a la democracia, debería dar paso a un Estado fascista ya que no ha sabido combatir a las tendencias revolucionarias y antisociales. Pero esto no es más que una frase huera.
El fascismo no es una tendencia de la derecha burguesa que se apoya en la aristocracia, en el clero, en los altos funcionarios civiles y militares con la intención de reemplazar la de la democracia del gobierno burgués y de la monarquía constitucional por una monarquía autoritaria. El fascismo encarna la lucha contrarrevolucionaria de todos los elementos burgueses unidos; es por esto por lo que no le resulta de ningún modo necesario e indispensable reemplazar las instituciones democráticas por otras. Para nosotros, marxistas, esta circunstancia no tiene nada de paradójico, ya que sabemos que el sistema democrático no representa nada más que una suma de garantías falsas, detrás de la cual se disimula la lucha real de la clase dominante contra el proletariado.
El fascismo une conjuntamente la violencia reaccionaria y la astucia demagógica; por lo demás, la izquierda burguesa siempre ha sabido engañar al proletariado y poner en evidencia la superioridad de los grandes intereses capitalistas por encima de todas las exigencias sociales y políticas de las clases medias. Cuando los fascistas pasan de una presunta crítica de la democracia burguesa a la formulación de una doctrina positiva y se ponen a predicar un patriotismo exasperado y a discurrir acerca de la misión histórica del pueblo italiano, divagan sobre un mito histórico que, a la luz de una verdadera crítica social, aparece desprovisto de toda base, máxime sabiendo que Italia es el país de las falsas victorias. En lo que respecta a la influencia del fascismo sobre las masas, decir que es consecuencia de una imitación clásica de la democracia burguesa: cuando se afirma que todos los intereses deben subordinarse al interés nacional superior, esto significa que se preconiza en principio una colaboración de todas las clases, mientras que en la práctica, se defienden simplemente las instituciones burguesas contra las tentativas de emancipación revolucionaria del proletariado. Esto es lo que ha hecho siempre la democracia liberal.
La novedad del fascismo reside en la organización del partido gubernamental de la burguesía. Los acontecimientos políticos que se han producido en la tribuna del parlamento italiano han dado la impresión de que el aparato de Estado burgués había caído en un crisis tal, que habría bastado un manotazo para derribarlo. En realidad, se trataba únicamente de una crisis de los métodos burgueses de gobierno, provocada por la impotencia de los grupos y dirigentes tradicionales para dirigir la lucha contra los revolucionarios en el transcurso de una profunda crisis. El fascismo creó por tanto un órgano capaz de asegurar la función dirigente del aparato de Estado. Pero cuando junto a su lucha práctica contra los proletarios, los fascistas expusieron un programa positivo y concreto de organización social y de administración del Estado, se limitaron en el fondo a repetir las tesis banales de la democracia y de la socialdemocracia: los fascistas no han creado jamás un sistema orgánico de proposiciones y de proyectos que les sea propio. Por ejemplo, han sostenido siempre que el programa fascista se proponía reducir el aparato burocrático en todos los campos de la administración, comenzando por los ministros. Pero, si bien es cierto que Mussolini ha renunciado al vagón especial del primer ministro, no menos cierto es que ha aumentado el número de ministros y de sub-secretarios para poder instalar a sus pretorianos.
De la misma forma, después de haber adoptado actitudes republicanas o por lo menos ambiguas respecto a la monarquía, el fascismo se ha decidido por la lealtad hacia el rey, y después de haber armado una gran bulla contra la corrupción parlamentaria, ha caído de lleno en las prácticas parlamentarias.
Por último, el fascismo ha mostrado ser tan poco propenso a adueñarse de las tendencias más reaccionarias que ha dejado un gran campo de acción al sindicalismo. En su Congreso de Roma en 1921, el fascismo hizo esfuerzos casi bufonescos para fijar su doctrina, e intentó igualmente caracterizar al sindicalismo fascista por la predominancia en su seno del movimiento de las categorías intelectuales. Pero esta orientación presuntamente teórica ha sido desmentida por la cruda realidad. El fascismo que ha fundado sus organizaciones sindicales por la fuerza, y porque los empresarios le habían cedido el monopolio en lo referente al trabajo para destruir las organizaciones rojas, no ha conseguido ni siquiera extender su influencia a las categorías técnicamente especializadas; y ha obtenido éxitos solamente entre los trabajadores agrícolas y entre algunas raras categorías de obreros urbanos calificados, por ejemplo entre los portuarios, pero no ha podido atraerse a la parte más evolucionada e inteligente del proletariado. El fascismo no ha dado ningún impulso nuevo al movimiento de los empleados y artesanos sobre el campo sindical. El sindicalismo fascista no se apoya sobre ninguna doctrina seria. La ideología y el programa del fascismo contienen una turbia mezcolanza de ideas y de reivindicaciones burguesas y pequeño-burguesas, y el empleo sistemático de la violencia contra el proletariado no le ha impedido abrevar en las fuentes del oportunismo socialdemócrata. El hecho es que después de haber creído poder constituir un gobierno de coalición burgués-proletario contra los fascistas, los reformistas italianos se encuentran a remolque del fascismo después de su victoria. Esta aproximación no tiene nada de paradójico y deriva de una serie de circunstancias y muchas cosas hacían prever, entre otras cosas el movimiento de D’Annunzio que, por un lado, se ha unido al fascismo, y por el otro ha intentado aproximarse a las organizaciones proletarias e incluso socialistas.
Quedan todavía algunos puntos que yo considero muy importantes acerca de la cuestión del fascismo, pero no tengo tiempo para ello. Otros camaradas italianos podrán en el curso de la discusión completar el discurso. He dejado al margen el aspecto sentimental de la cuestión y los sufrimientos que los obreros y los comunistas italianos han debido soportar, porque no me parece que sea lo más esencial del asunto.

Los últimos sucesos en Italia

Debo hablar ahora acerca de los últimos acontecimientos acaecidos en Italia y sobre los cuales nuestro Congreso espera informaciones precisas. Nuestra delegación ha abandonado Italia antes que se produjesen, por lo tanto no hemos sido informados al respecto hasta que llegó un delegado de nuestro C.C. y nos ha hecho una exposición de los sucesos de la cual garantizo la exactitud. Repetiré las noticias que nos ha transmitido.
Como ya hemos dicho, el gobierno Facta había dado a los fascistas plena libertad para aplicar su política. Daré solo un ejemplo. El hecho de que en los ministerios sucesivos, el partido popular italiano, que es campesino y católico, haya tenido una representación fuerte, no ha impedido a los fascistas el continuar la lucha contra las organizaciones, los miembros y las instituciones de este partido. El gobierno establecido no era más que una sombra de gobierno cuya única actividad consistía en apoyar la ofensiva fascista hacia el poder, ofensiva que hemos definido como puramente territorial y geográfica. El gobierno preparaba en realidad el terreno al golpe de Estado fascista. Durante este tiempo, la situación se precipitó. Una nueva crisis ministerial se abrió. Se exigió la dimisión de Facta. Las últimas elecciones habían dado al parlamento una composición tal que era imposible asegurarse una mayoría estable sobre la base del antiguo sistema de los partidos burgueses tradicionales. En Italia, era costumbre decir que «el potente partido liberal» estaba en el poder. En realidad, este no constituía un partido en el sentido propio de la palabra; no había tenido nunca una organización digna de ese nombre, no constituyendo por tanto nada más que una mezcla de cofradías de políticos del Norte y del Sur y de camarillas de industriales o terratenientes dirigidos por políticos de oficio. La unión de estos parlamentarios formó el nudo de todas las combinaciones ministeriales. Era el momento adecuado para que el fascismo cambiase esta situación, si no quería caer en una grave crisis interior. Era también para él una cuestión práctica: le era necesario satisfacer las exigencias del movimiento fascista y pagar los gastos de su organización. La clase dominante ha aportado en gran medida los medios materiales necesarios, al igual que, así parece, algunos gobiernos extranjeros. Francia ha financiado al grupo de Mussolini. En una sesión secreta del gobierno francés, se discutió un balance que comprendía las enormes sumas prestadas a Mussolini en 1915. El partido socialista tuvo conocimiento de la existencia de estos documentos y de algunos otros, pero no les dio importancia porque consideraba a Mussolini como a un hombre acabado. Por otra parte, el gobierno italiano había facilitado la tarea a los fascistas, y sirva como ejemplo, el que han podido viajar gratis en el tren bandas enteras de camisas pardas. Pero dadas las sumas gastadas por el movimiento fascista, su situación financiera se hubiese vuelto crítica si no hubiese decidido tomar directamente el poder. No podía esperar nuevas elecciones, incluso si le hubiesen sido favorables.
Los fascistas poseen una sólida organización política. Cuentan ya con 300 mil hombres y según ellos todavía más. Hubieran podido llevar a cabo sus planes por cauces democráticos. Pero era preciso darse prisa y se la dieron. El 24 de octubre, el consejo nacional fascista se reunió en Nápoles. Se dice hoy que este evento, sobre el cual toda la prensa burguesa ha hecho publicidad, no ha sido más que una maniobra para distraer la atención del golpe de Estado. En cierto momento, se dijo a los congresistas: pongamos término a los debates, hay algo mejor que hacer; que cada uno ocupe su puesto. Una movilización fascista comenzó entonces. Era el 26 de octubre. En la capital reinaba aún una calma absoluta. Facta había declarado que no dimitiría antes de haber reunido al gobierno para observar el procedimiento normal, lo cual no impidió que presentase su dimisión al rey. Las negociaciones para la formación de un nuevo gabinete empezaron, (fueron muy activos, particularmente en Italia central, especialmente en Toscana). No se les puso ninguna traba.
Encargado de formar un nuevo gobierno, Salandra renunció a ello como consecuencia de esta actitud de los fascistas. Es probable que si no se les hubiese complacido, encargando a Mussolini la formación del nuevo gobierno, los fascistas se hubiesen comportado como bandidos, incluso contra la voluntad de sus jefes, y hubiesen saqueado y destruido todo en las ciudades y en los campos. La opinión pública comenzó a mostrar síntomas de inquietud. El gobierno Facta declaró: «proclamamos el estado de sitio». Y en efecto, fue proclamado y durante todo un día la opinión publica esperó un choque entre el poder del Estado y las fuerzas fascistas. Sobre este respecto, nuestros camaradas eran completamente escépticos. De hecho, durante su paso, en ninguna parte encontraron una resistencia seria. Algunos medios militares les eran adversos; los soldados estaban dispuestos a luchar contra ellos, pero la mayoría de los oficiales simpatizaba con los fascistas.
El rey se negó a implantar el estado de sitio. Esto significaba aceptar las condiciones de los fascistas, los cuales en «Il Popolo de Italia» escribían: encárguese a Mussolini la formación de un nuevo gobierno y se habrá encontrado una solución legal; en caso contrario, marcharemos sobre Roma y nos apoderaremos de ella.
Algunas horas después de la anulación del estado de sitio, se supo que Mussolini marchaba hacia Roma. Se había preparado la defensa militar y las tropas estaban reunidas, pero los acuerdos habían sido firmados y el 31 de octubre los fascistas entraron sin mayores problemas en la capital.
Mussolini formó el nuevo gobierno cuya composición es conocida. El partido fascista que no contaba en el Parlamento con más de 35 escaños, obtuvo la mayoría absoluta en el gobierno. Por ello, Mussolini no obtuvo únicamente la presidencia del consejo, sino también las carteras de Interior y de Asuntos Extranjeros, fueron los fascistas los que ocuparon los demás ministerios importantes. Pero como no habían llegado a una ruptura completa con los partidos tradicionales había en el gobierno dos representantes de la democracia social, es decir de la izquierda burguesa, así como un liberal de derecha y un partidario de Giolitti. La tendencia monárquica estaba representada por el general Diaz en el ministerio de la Guerra y por el almirante Thaon di Revel en el ministerio de Marina. El partido popular, que tenía mucho peso en la Cámara, se mostró partidario de un pacto con Mussolini. Bajo el pretexto de que los órganos oficiales del partido no podían reunirse en Roma, la responsabilidad de aceptar las proposiciones de Mussolini se dejó en manos de una reunión oficiosa de algunos parlamentarios. Se logró obtener de Mussolini algunas concesiones y la prensa del partido popular pudo declarar que el nuevo gobierno no modificaba en casi nada la representación electoral del pueblo.
El pacto se extendió a los socialdemócratas y por un momento pareció que el reformista Baldesi participaría en el gobierno. Mussolini tuvo la habilidad de sondearle por medio de uno de sus allegados, y Baldesi respondió que estaría muy contento de aceptar el puesto. Fue entonces cuando Mussolini dio a conocer que las gestiones habían sido hechas por uno de sus amigos bajo su responsabilidad personal y Baldesi no entró en el nuevo gabinete. Mussolini no admitió a ningún representante de la CGT reformista en su gobierno porque los elementos derechistas de su gabinete estaban en contra; pero en lo que a esto concierne, Mussolini era de la opinión que una representación de esta organización en su «gran coalición nacional» era necesaria, ahora que la CGT estaba desligada de todo partido revolucionario.
En estos hechos, nosotros vemos un compromiso entre las camarillas políticas tradicionales y las diversas capas de la clase dominante – industriales, banqueros, terratenientes – todos satisfechos con el nuevo régimen instaurado merced al apoyo de la pequeña burguesía al movimiento fascista.
A nuestro entender, el fascismo es un medio para reforzar el poder por todos los medios de que dispone la clase dominante, no sin extraer enseñanzas de la primera revolución victoriosa, la Revolución Rusa. Enfrentado a una crisis económica, el Estado no era suficiente para defender el poder de la burguesía. Era necesario un partido unitario, una organización contrarrevolucionaria centralizada. Por sus lazos con el conjunto de la clase burguesa, el partido fascista es, en cierto sentido, lo que es el partido comunista en Rusia por sus lazos con el proletariado, es decir un órgano de dirección y de control bien organizado y disciplinado de todo el aparato de Estado. En Italia, el partido fascista ha ocupado casi todos los puestos importantes en el aparato del Estado: es el órgano burgués que dirige el Estado en la época de descomposición del imperialismo. Esto es, a mi entender, una explicación histórica suficiente del fascismo y de los últimos acontecimientos.
Las primeras medidas del nuevo gobierno muestran que no estaba en su ánimo el modificar la base de las instituciones tradicionales. Naturalmente, yo no pretendo que la situación sea favorable al movimiento proletario y comunista, ya que preveo que el fascismo será liberal y democrático. Los gobiernos democráticos no han dado nunca al proletariado nada más que proclamas y promesas. Por ejemplo, el gobierno Mussolini ha dado la seguridad de que la libertad de prensa sería respetada. Pero no hay que olvidar el señalar que la prensa deberá demostrar ser digna de esta libertad. ¿Qué significa esto? Que el gobierno promete respetar la libertad de prensa, pero dejará a las organizaciones armadas fascistas plena libertad para amordazar a la prensa comunista si son lanzadas contra ella, lo cual ya ha ocurrido en varias ocasiones. Por otra parte, es preciso reconocer que si el gobierno Facta hace algunas concesiones a los liberales burgueses, no se dará ningún crédito a su promesa de transformar sus organizaciones militares en asociaciones deportivas o similares (sabemos que decenas de fascistas han sido arrestados por haberse opuesto a la orden de desmovilización lanzada por Mussolini).
¿Qué influencia han tenido estos hechos sobre el proletariado? El proletariado no ha podido jugar ningún papel importante en la lucha y se ha visto obligado a comportarse pasivamente. En cuanto al partido comunista, este comprendió siempre que la victoria del fascismo sería una derrota del movimiento revolucionario. El problema es esencialmente el saber si la táctica del partido comunista ha permitido obtener el máximo de resultados en la defensa del proletariado italiano, y si nosotros hablamos a la defensiva es porque nunca habíamos pensado que el proletariado estuviese hoy en condiciones de lanzar una ofensiva contra la reacción fascista. Si en lugar del compromiso entre la burguesía y el fascismo, hubiese estallado entre ellos un conflicto armado o una guerra civil, el proletariado habría podido desempeñar el rol de crear un frente único para la huelga general y obtener éxitos, pero la situación tal como se presentaba ha impedido al proletariado participar en las acciones. Sea cual sea la importancia de los acontecimientos que están ocurriendo, es preciso no olvidar que el cambio político ha sido menos brusco de lo que fue en realidad, puesto que incluso antes de la ofensiva final del fascismo, la situación día a día iba tendiendo cada día más a eso. En Cremona, la lucha contra el poder del Estado y el fascismo produjo seis muertos. El proletariado no ha combatido nada más que en Roma donde las tropas obreras revolucionarias se han enfrentado a los grupos armados fascistas, generando heridos. Al día siguiente, la Guardia Real ocupó el barrio obrero, privándole de todo medio decisivo, así los fascistas han podido disparar a sangre fria contra los obreros. Este es el incidente más sangriento que se ha producido en las recientes luchas.
En cuanto el Partido Comunista propuso la huelga general, la CGT la boicoteó incitando a los proletarios a hacer caso omiso de las peligrosas exhortaciones de los revolucionarios y por otra parte, hizo correr el rumor de que el Partido Comunista se había disuelto en el preciso momento en que, por la imposibilidad de sacar a la luz sus periódicos, no podía desmentir la noticia.
En Roma el suceso más grave para el partido fue la ocupación de la redacción de «Il Comunista». La imprenta fue ocupada el 31 de octubre en el momento de salir el periódico y mientras 100.000 fascistas tenían a la ciudad en estado de sitio. Todos los redactores se pusieron a salvo abandonando el edificio por salidas secundarias, con la excepción del redactor en jefe, el camarada Togliatti, que se quedó en su despacho. Los fascistas lo atraparon. Expuso valientemente su condición de redactor en jefe de «Il Comunista» y ya había sido colocado en una pared para ser ejecutado, mientras los fascistas abandonaban la búsqueda, cuando el ruido les hizo saber que los demás redactores escapaban por los tejados; los agresores salieron en su persecución y es a esta circunstancia a la que Togliatti debe su vida. Esto no impidió a nuestro camarada participar días después en un mitin celebrado en Turín con motivo del aniversario de la Revolución Rusa.
Pero se trató de un caso aislado. La organización de nuestro partido se encontraba en buen estado. Si «Il Comunista» no aparecía, no era debido a una prohibición gubernamental, sino a que la imprenta se negaba a publicarlo. Hemos tenido que imprimirlo en una imprenta ilegal. Las dificultades de publicación eran de índole financiera y no técnica.
En Turín la sede de «L’Ordine Nuovo» fue ocupada y las armas que se encontraban allí confiscadas. Pero actualmente el periódico se publica en todas partes. En Trieste, la policía ocupó la imprenta de «Il Lavoratore» el cual aparece ahora de forma ilegal. Nuestro partido tiene todavía la posibilidad de trabajar públicamente y nuestra situación no tiene nada de trágica. Pero no se sabe como seguirán las cosas, y me veo obligado a expresarme con cierta reserva sobre la situación y el trabajo del partido en el futuro. El camarada que acaba de llegar de Italia es uno de los dirigentes de una importante organización local del partido, y su opinión, compartida por otros militantes, es la de que a partir de ahora, trabajaremos mejor que antes. No quiero presentar esta opinión como una verdad definitiva, pero el camarada que la expresa es un militante que trabaja verdaderamente entre las masas y su opinión tiene gran importancia.
He dicho anteriormente que la prensa adversa había difundido la falsa noticia según la cual nuestro partido se habría disuelto. Hemos publicado un desmentido y restablecido la verdad. Nuestros órganos políticos centrales, nuestro centro militar clandestino, nuestra central sindical están en plena actividad, y los contactos con las provincias han sido reanudados casi por doquier. Los camaradas que están en Italia no han perdido nunca la cabeza y hacen todo lo que es necesario. En lo que concierne a los socialistas, la sede de «Avanti» ha sido destruida por los fascistas y será necesario cierto tiempo antes de que el periódico vuelva a salir. La sede del partido socialista en Roma fue destruida y sus archivos quemados. En lo que concierne a la posición de los maximalistas en la polémica entre el PC y la CGT, no poseemos ningún manifiesto ni declaración. En cuanto a los reformistas, lo que resalta en su prensa, que continua apareciendo, es que se pondrán detrás del nuevo gobierno.
En lo que concierne a la situación sindical, el camarada Repossi, miembro del nuevo comité sindical es de la opinión de que el trabajo podrá continuar. Tales son las informaciones que hemos recibido y que datan del 6 de noviembre.
Mi discurso se está alargando y no voy a abordar la cuestión de la toma de posición de nuestro partido durante todo el periodo de desarrollo del fascismo, porque espero hacerlo a propósito de otros puntos del orden del día. Queremos solamente plantear la cuestión de las perspectivas del futuro. Hemos sostenido que el fascismo deberá contar con el descontento provocado por la política del gobierno. Pero sabemos demasiado bien que cuando se dispone no solamente del Estado, sino de una organización militar, es más fácil acabar con el descontento y coger las riendas incluso en una situación económica desfavorable. Esto es sobre todo cierto durante la dictadura del proletariado, cuando el desarrollo histórico avanza en nuestro sentido.
Pero no hay ninguna duda de que los fascistas están muy bien organizados y que tienen unos fines precisos, y en estas condiciones, se puede prever que la posición del fascismo será todo menos precaria.
Como habéis visto, no he exagerado las condiciones en las cuales nuestro partido ha luchado, pues nosotros no queremos provocar una cuestión sentimental. El Partido Comunista de Italia puede haber cometido errores, se le puede criticar, pero creo que la actitud de los camaradas en el momento actual prueba que hemos hecho un buen trabajo; un trabajo de formación del partido revolucionario del proletariado, base del resurgir de la clase obrera italiana.
Los comunistas italianos tienen el derecho a pedir ser reconocidos por lo que son, aunque su actitud no haya sido siempre aprobada, saben que no tienen nada que reprocharse ante la Revolución, ni ante la Internacional Comunista.

LA INEVITABILIDAD DEL COMUNISMO

Crítica de la Interpretación de Marx por Sidney Hook

Paul Mattick

La inevitabilidad del comunismo se publicó en 1936 en New York por Polemic Publishers (Folleto Polémico Nº 3), editado por S.L.Solon.

 

 

Introducción de los editores (del folleto original)

La publicación de Hacia la Comprensión de Karl Marx de Sidney Hook en enero de 1933 sirvió como la señal para el lanzamiento de un diluvio virtual de literatura de controversia e interpretación sobre el marxismo. Aclamado y denunciado, respetado y sospechoso en los diferentes distritos radicales, el libro de Hook propuso nítidamente la cuestión: ¿Quienes son los marxistas? Sentimientos a favor y en contra de la validez de su interpretación se cristalizaron rápidamente y la tónica fundamental de la misma fue sondeada mediante discusiones que iban a ser caldeadas y prolongadas. Que las controversias que giraron alrededor de Hacia la Comprensión de Karl Marx hayan a menudo bordeado en el rencor y los personalismos habla enfáticamente del carácter relevante y de la brillantez desafiante de la obra de Hook. Unas cuantas cabezas se han quebrado o los egos han sido despertados por la aparición de un nuevo libro en la alfarería etrusca. Cualquier otra cosa que haya sido dicha del libro de Hook, su vitalidad y pertinencia no han sido puestas en cuestión.

La inevitabilidad del comunismo de Paul Mattick es una crítica de la interpretación de Hook desde lo que Mattick considera como la posición del materialista dialéctico ortodoxo. El folleto, en efecto, propone servir a un doble propósito. Primero, intenta refutar el derecho de Hook al título de materialista dialéctico. Intenta mostrar que la interpretación de Marx por Hook es el punto de vista de último revisionismo del siglo XIX bajo el ropaje filosófico de moda en la actualidad. Eliminar los principios de inevitabilidad y espontaneidad del marxismo, dice Mattick, es castrar las enseñanzas de Marx. Es negar el concepto de la función universal del materialismo dialéctico y atribuir a la conciencia humana un vasto papel sobrevalorado. Segundo, el ensayo de Mattick sirve como una presentación positiva de la posición del materialismo dialéctico tal y como él lo interpreta. Comienza con lo que el considera como los errores del leninismo, el punto de vista desde el cual, sostiene él, no difiere en esencia de la posición de la socialdemocracia. Para él, socialdemocracia y bolchevismo (la “socialdemocracia revolucionaria”) parten de la misma semilla: ambos consideran el partido político altamente centralizado, cuya eficacia en última instancia debe depender de la actividad de los “grandes hombres”, como un prerrequisito absoluto para la libertad de la clase obrera. De esta posición, dice Mattick, fluyen los males del burocratismo organizativo con las posibilidades de traición, corrupción y actividad contrarrevolucionaria cuando es necesario para el partido actuar para retener poder y afluencia.

El partido revolucionario “centralizado”, declara Mattick, será –si algo– sólo un instrumento insignificante de la revolución. No será el motor primario de la revolución ni el éxito de la lucha dependerá de su existencia.

Los trabajadores agrupados juntos en sus unidades industriales, las fábricas, los talleres, las oficinas, etc., serán explotados intensivamente por un capitalismo que en su agonía de muerte tratará desesperadamente de mantener su tasa de ganancia en un nivel rentable. Finalmente, habrá sólo una salida para el proletariado, que Mattick considera como “la actualización de la conciencia revolucionaria”. Hambrientos, buscarán comida; desnudos, buscarán ropas; sin resguardo, se reapropiarán de los barrios. En ese momento, dice Mattick, precedido por un “periodo de adiestramiento” de motines, conflictos locales con la clase dominante y terror, vendrá la revolución. Al timón estará no el partido centralizado sino los Consejos Obreros “espontáneamente” organizados, creados en las fábricas y talleres.

El papel de los “grandes hombres” y sus ideologías conscientes juega su parte sólo dentro de unos límites reducidos. Precisamente, cuánto puedan acelerar u obstaculizar la revolución sólo puede determinarse en referencia a la situación concreta, específica, no de un modo general.

Por último, para un observador la respuesta de Sidney Hook a la certeza de las críticas vertidas contra él se esperará con no poco interés. Viniendo después de la publicación de varias revisiones de su interpretación, su contestación servirá para completar el balance general de cuentas de la controversia. Será entonces posible, si se nos permite extender la metáfora, tomar cuenta de los débitos y créditos de su posición.

Unas palabras a modo de conclusión: en el calor de la controversia, ambos, participantes y lectores, se inclinan a menudo a atribuir excesiva significación o importancia a lo que puede llamarse la barrera del vocabulario. Es bueno, por tanto, tener en mente lo que Mattick implica a lo largo de su ensayo y que Marx expuso brevemente en La Ideologia Alemana:

No la crítica, sino la revolución, es la fuerza motora de la historia“.

S. L. SOLON

Introducción

El punto de vista de la totalidad en el materialista dialéctico es diferente del anhelo de la burguesía económicamente distraída por la armonía, por un sistema autocontenido, por las verdades eternas y por una omniabarcante filosofía del Todo que culmina en el Absoluto. Para el marxismo, no hay nada cerrado. Todos los conceptos, todo el saber, es el reconocimiento de que, en la interacción material entre el hombre y la naturaleza, el hombre social es un factor activo, de que el desarrollo histórico no sólo está condicionado por relaciones objetivas surgidas a través de la naturaleza, sino también otro tanto de lo mismo por los momentos subjetivos, sociales. Precisamente por razón del hecho de que la dialéctica materialista considera las relaciones económicas como los fundamentos del desarrollo histórico, se vuelve imposible aceptar una filosofía burguesa y necesariamente metafísica de la eternidad. La sociedad, que ayuda en la determinación del ser y de la conciencia del hombre, cambia perpetuamente y por eso no admite soluciones absolutas. El proceso dialéctico de desarrollo no reconoce factores constantes, biológicos o sociales; en él estos mismos factores varían continuamente, por lo cual uno no está nunca realmente en posición de separarlos, y debe negarlos con cierta constancia. La perspectiva dialéctica, comprensiva, la consideración del Todo, ha de ser entendida adecuadamente en el sentido de que aquí toda separación entre los factores históricos objetivos y subjetivos es rechazada, una vez que éstos están siempre influenciandose recíprocamente y, de este modo, están siempre cambiando. Lo uno no puede entenderse sin lo otro. Para la ciencia, esto significa que sus conceptos no están sólo dados objetivamente sino que también son dependientes de los factores subjetivos, y que éstos la ayudan a su vez determinando los métodos científicos y sus metas.

Hook dedica la mayor parte de su libro a la interpretación de la dialéctica marxiana [1]. Sobre el factor de totalidad y la interacción dialéctica presta la máxima atención a propósito de que el papel activo del hombre, la conciencia revolucionaria en el proceso histórico, pueda destacar en un relieve más marcado. A sus frecuentemente felices formulaciones, y también frecuentemente infelices, en tanto que tratan con el factor de totalidad, consagraremos menor atención en las siguientes páginas, puesto que su obra está casi exclusivamente dedicada a refutar teóricamente las muchas castraciones mecanicistas e idealistas del pensamiento marxista a manos de los epígonos, y en esto estamos de acuerdo en general con lo que él tiene que decir. Si en lo que sigue adoptamos una perspectiva que se opone a la de Hook, deseamos al mismo tiempo dar énfasis a que aceptamos plenamente, en detalle, muchas de sus ideas. Si omitimos exponer estos puntos comunes es debido a la falta de espacio. Deseamos dejar claro, además, que esta revisión no puede ser exhaustiva; el objetivo es meramente atraer la atención sobre esos factores que, en nuestra opinión, deben ser puestos en el centro de la discusión para hacerla realmente fructífera.

I

En los comentarios introductorios a su libro (p.6) Hook declara que la “ciencia” no puede ser identificada con el “marxismo“, una vez que los dos tratan de asuntos diferentes. La una con la naturaleza, el otro con la sociedad. Marx distinguió entre el desarrollo de la naturaleza y el de la sociedad humana, y vio en la conciencia humana el factor diferenciador (p.85). El marxismo presupone las metas de clase; por eso es una ciencia subjetiva, una ciencia de clase; la ciencia misma, sin embargo, permanece por encima de las clases, es objetiva. Hook ve en la filosofía de Marx una síntesis de los momentos objetivos y subjetivos de la verdad. Como un instrumento de la lucha de clases, la teoría marxiana puede funcionar sólo en cuanto que sea objetivamente correcta. Aún como una verdad objetiva sólo puede funcionar eficazmente dentro del marco de los propósitos subjetivos de clase del proletariado. Si estos propósitos de clase están también social e históricamente condicionados, esto no es todavía verdad a respecto de la voluntad y del acto específico mediante los cuales se realizan. Consecuentemente, tanto valor debe atribuirse a los momentos históricos subjetivos como a los objectivos. El elemento humano-activo es subjetivo, sin embargo, sólo en relación con la situación socio-económica; para los participantes en la lucha de clases es completamente objetivo. Según esta distinción, sería imposible hablar de marxismo como una “ciencia objetiva” sin quitarle al mismo tiempo su carácter revolucionario (p.7-8).

A primera vista, no hay nada que objetar a estas formulaciones de Hook. Aparte del hecho de que, con la aceptación de la síntesis marxiana, tales conceptos como, por ejemplo, la “ciencia objetiva” y lo “biológicamente constante” (tesis) y la “variable naturaleza social del hombre” así como la “voluntad subjetiva de la clase” (antítesis), como Hook propone más tarde, pueden todavía tener validez únicamente como abstracciones metodológicas que ya no corresponden a la realidad; quitando el hecho de que con la aceptación de la dialéctica marxiana cualquier sobreénfasis unilateral sobre los factores históricos objetivos o subjetivos, sin la más precisa investigación acerca de la situación real, es una torpeza, siendo bastante posible que, en ciertas situaciones, el factor subjetivo juegue un papel menor y en otras un papel mayor; y aparte de los muchos defectos de la formulación de Hook, uno puede aceptar totalmente el marxismo, sin detenerse a pensar, como una síntesis de ciencia objetiva y de ciencia subjetiva de clase. Pero si Hook sitúa la ciencia objetiva, la ciencia de los hechos, la “ciencia propiamente“, por encima de las clases, no ha mostrado el núcleo racional oculto detrás del concepto. Si uno es incapaz de materializar la ciencia, si sigue siendo una mera materia de conceptos, entonces el concepto de “ciencia objetiva” sólo puede confundir y se vuelve inservible para la explicación real del contenido dialéctico del marxismo, una vez que todos los métodos científicos, sin consideración del material con el que tratan, están en parte subjetivamente condicionados.

Cuando Hook dice con Marx que lo que nos interesa no es la explicación sino la transformación [del mundo], sobreentiende que es sólo el proletariado el que puede realizar el marxismo. Pero a través de esta realización el marxismo se convertirá entonces en “ciencia objetiva“. Si tomamos como nuestro punto de partida la síntesis marxiana, entonces esta síntesis sola es aún capaz de pasar como “ciencia objetiva“. Pero esta síntesis teórica es, en primer lugar, sólo el método teórico para llegar a comprender la conexión de la realidad histórica. La realidad histórica no es otra cosa que… realidad histórica; no es una ciencia. Sólo cuando los seres humanos comprenden y emplean conceptualmente esta realidad con la orientación de determinar dentro de sus limites sus propias acciones, sólo eso produce el contenido de la ciencia, la objetividad de lo que en cualquier momento particular debe ser demostrado en la práctica.

El materialista dialéctico es hoy el único método que se confirma en la práctica. Es aplicable y es demostrado experimentalmente. De aquí que esta dialéctica sea “ciencia objetiva“; ella, también, permanece por encima de las clases, como puede verse más adelante por la admisión de Hook de que continuaría operando en una sociedad comunista. Es lo contrario, sin embargo, con los tres principios fundamentales de la doctrina marxiana. Estos están ceñidos sólo al proletariado, mientras sea un proletariado; están históricamente condicionados. El materialismo histórico, la teoría de la lucha de clases y la teoría de la plusvalía sólo son concebibles y prácticamente aplicables en la sociedad burguesa (p. 97-98). Son las armas teóricas de la mayor fuerza de producción… el proletariado. Ayudan al desarrollo pleno y realización de su superior fuerza de producción y así, en un sentido materialista, ellos mismos no son nada más que elementos productivos. Sin embargo, incluso lo que Hook define con el concepto de “ciencia objetiva” no es, racionalmente considerado, nada sino una expresión de las crecientes fuerzas de producción. Detrás de la ciencia están encubiertas las fuerzas sociales de producción; si estas últimas se desarrollan, así también la ciencia, e, igualmente, en interacción dialéctica, se cumple el proceso inverso. Hook no dudará en concedernos que la ciencia debe contarse entre las fuerzas humanas de producción, pero su definición nublada de ciencia, junto con otros factores que deberemos abordar más tarde, prueban que su comprensión no es clara a respecto de la conexión íntima entre la ciencia y las fuerzas de producción. Aún si uno ha reconocido la ciencia como una fuerza de producción, también ve que incluso la “ciencia como tal” permanece escasamente por encima de las clases y está exactamente tan condicionada de modo histórico como los factores históricos del marxismo, que sólo son válidos para la sociedad de la lucha de clases. O, inversamente, que los elementos históricos del marxismo, como las fuerzas sociales de producción, sólo añaden otras nuevas a las fuerzas productivas disponibles, o a la “ciencia objetiva“, y por eso son una parte de la ciencia. Si el fetichismo de la mercancía era una forma en la que las fuerzas sociales de producción se desarrollaron, entonces el marxismo es una forma superior del desarrollo de las fuerzas productivas.

Si uno quiere ilustrar el desarrollo de la dialéctica marxiana, puede sin duda tomar el camino seguido por Hook y dibujar una distinción entre ciencia objetiva y ciencia subjetiva. Pero en la base de la dialéctica, que rechaza de plano una tal distinción, uno no puede ya apelar a esa distinción excepto con el riesgo de introducir confusión en las filas del marxismo. El mismo divorcio entre la “ciencia” y el marxismo es histórico y sólo otra expresión de la separación de los obreros de los medios de producción.

II

En su ensayo El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), Friedrich Engels escribió en resumen lo siguiente:

Primeramente el trabajo, y siguiéndolo de cerca, el lenguaje… ésos son los dos estímulos esenciales bajo la influencia de los cuales el cerebro del mono pasó gradualmente a ser el del hombre. Con el cultivo del cerebro vino de la mano el cultivo de los órganos de los sentidos… El efecto reactivo del desarrollo del cerebro, y su sentido subjetivo de la conciencia haciendose más y más claro, de la capacidad para la abstracción y formación de conclusiones, en el trabajo y el lenguaje… todo esto sirvió continuamente para inducir el desarrollo posterior de estas dos fuerzas; un desarrollo que nunca vino a cerrarse y que, por una parte, fue promovido poderosamente y, por la otra, giró en una dirección más definida por el nuevo elemento añadido con la aparición del hombre acabado… a saber, la sociedad“.

Así, según esta opinión, la conciencia y la ciencia tienen su base en el desarrollo del trabajo, o sea, en el crecimiento de las fuerzas humanas sociales de producción. Es inicialmente el trabajo del hombre, aplicado al mundo que existe independientemente del hombre, el que forma la contradicción entre el ser y la conciencia, una contradicción, es más, que no puede resolverse excepto a través de la eliminación del trabajo. A través del crecimiento de las fuerzas productivas, trayendo consigo un cambio en las formas en que se realiza la interacción material entre el hombre y la naturaleza, la naturaleza, la sociedad y la conciencia, interactuando mutuamente, también cambian. Esto sólo debido al hecho de que el hombre altera la naturaleza externa por medio del trabajo, que son alteradas su propia naturaleza y la totalidad compleja de su vida e intereses, y habiendo sido cambiados éstos, cambian de nuevo el mundo externo. Si el elemento humano-activo es al principio solamente la actividad más primitiva, corpórea, ya en conexión con esa actividad se levanta la inteligencia, que mediante la reacción transforma la actividad simple en la más complicada.

Desde este punto de vista, la “ciencia” permanece por encima de las clases solamente en tanto que, como el trabajo, se desarrolla progresivamente con las fuerzas de producción en todas las formas de vida social; pues la necesidad de trabajo permanece intacta en cualquier forma de sociedad. Pero cuanto más se desarrollan las fuerzas productivas, más condicionan los elementos sociales el proceso total del desarrollo. Marx apunta, por ejemplo, el hecho de que “en todas las formas de sociedad donde la propiedad de la tierra prevalece, la relación natural es todavía predominante; pero en aquellas donde el capital prevalece, el elemento social tiene superioridad“. La estrechez de la conexión entre el proceso de trabajo y la conciencia es revelada claramente por Marx en la sección de Feuerbach de La Ideología Alemana, donde dice:

La división del trabajo realmente se vuelve una división sólo desde el momento en que introduce una división entre el trabajo material y el trabajo intelectual. Desde ese momento, la conciencia puede imaginarse a sí misma realmente como algo distinto que la conciencia de la práctica existente“.

Con el crecimiento acelerado de las fuerzas productivas bajo el capitalismo, su expresión teórica, la “ciencia“, también está sometida a un desarrollo tal que su propia influencia sobre el proceso total creció más y más en significación. Y así como el trabajo pretérito o acumulado desarrolló nuevas condiciones… los sentidos y la conciencia… así la ciencia posterior también desarrolló nuevas tendencias peculiares a sí misma, que, sin embargo, dejan intacto el hecho básico de que la ciencia está condicionada por las necesidades sociales, que a su vez dependen de la fase de desarrollo de las fuerzas productivas. Nada muestra quizás más claramente esta dependencia que la presente crisis general de la ciencia burguesa, que corre paralela con la crisis económica general del capital. Si el capitalismo restringe el despliegue ulterior de las fuerzas productivas, también restringe la extensión de la ciencia. Ni el uno ni la otra pueden liberarse de sus trabas excepto a través de la revolución proletaria; o lo que es lo mismo, sólo esta revolución puede aún considerarse como “ciencia objetiva“. El desarrollo más amplio de los elementos racionales inmanentes en la ciencia, o sea, de las fuerzas sociales de producción, es la misión histórica de la clase obrera, que en concordancia con ello será identificada con la ciencia. O los propios científicos se vuelven revolucionarios, o en otro caso dejan de ser científicos.

III

La identificación reformista de la “ciencia” con el “marxismo“, que Hook considera (p.25) como una de las razones de la desviación del viejo movimiento obrero del verdadero marxismo, no tiene su origen en el “malentendido” o en la interpretación falsa del marxismo, sino en el hecho real de la capitalización creciente del viejo movimiento obrero. Realmente no es aquí una cuestión de una identificación, sino de la aceptación de la ciencia burguesa, junto con la aceptación de las relaciones burguesas en las que uno lucha con otros grupos por la porción de plusvalía de uno de ellos. El marxismo no fue convertido en una ciencia sino que, primero prácticamente, y luego también teóricamente, fue completamente abandonado. Desde que el capital liberó las fuerzas de producción y también desarrolló la ciencia, y al mismo tiempo hizo de la vida, en cuanto al “marxismo oficial” concernía, un festín continuo, el reformismo se identificó él mismo con este desarrollo. El mundo capitalista era también el mundo del reformismo, que vio en el desarrollo de este mundo capitalista y de su ciencia la “conciencia absoluta” en desarrollo, que un día introduciría el socialismo a través del mero cambio de lugar entre el capital privado y el estado burocrático, y que no vio en el desarrollo histórico nada más que la adaptación de la verdadera relación a través del espíritu. Esta ideología estaba históricamente confinada al periodo de ascenso del capitalismo, y era sólo la expresión intelectual de las contratendencias económicas que retardaban el rápido derrumbe del sistema capitalista.

En la crisis capitalista, la identificación del marxismo con la ciencia no es sólo la expresión subjetiva de clase del proletariado sino actualmente, realmente, la única ciencia, pues solamente el marxismo admite la continuidad de una práctica social progresiva. Si algo es “verdadero” (no para la eternidad, sino durante el proceso temporalmente condicionado de la interacción material entre el hombre y la naturaleza, un proceso cuya forma está continuamente cambiando), sólo es revelado mediante la práctica. Mientras la ciencia llevó más allá las fuerzas de producción, y éstas a su vez promovieron la ciencia, esta ciencia (burguesa) era objetiva y “verdadera“, una vez que hacía posible una práctica y era, al mismo tiempo, un resultado de esta práctica. Aunque el cambio aconteciese con falsa conciencia, una vez que en la sociedad de clases la ideología ocupó el lugar de la conciencia, el cambio ocurrió. Y si fue cambiada la realidad, así también necesariamente la conciencia, lo que mismamente se expresa en el debilitamiento de la ideología capitalista. El nivel de las fuerzas productivas en el capitalismo, la relación capitalista de producción, la ciencia burguesa en todos sus aspectos, que era la ciencia “objetiva“: la ciencia propiamente dicha. Esto es encarado por el proletariado como su antítesis.

Para el proletariado en la fase de avance del capitalismo, no había ninguna ciencia en absoluto; el proletariado no tenía todavía una práctica propia. La “lucha de clases“, que fue dominada por el reformismo, no sólo prestó vigor a la ciencia burguesa, porque esa lucha también sirvió como un incentivo al desarrollo superior de las fuerzas productivas bajo el capitalismo. Si los salarios de los obreros aumentaban, la explotación se incrementaba más rápido. Esta práctica era, también, una práctica completamente burguesa. Pero esta práctica era necesaria para desarrollar las fuerzas productivas capitalistas cuantitativamente, a una magnitud tal que las relaciones productivas estuviesen obligadas a asumir otras formas. Y, al principio, en el punto que marca el límite del desarrollo capitalista de las fuerzas productivas, sólo entonces se divorcia la lucha de clases de la práctica burguesa y a partir de aquí, debido a que a través de este divorcio la lucha de clases suprime toda práctica burguesa, se convierte en la única práctica: la lucha de clases se vuelve ciencia. Y llegado este punto, ya nada fuera de esta lucha es ciencia. La negación de la negación determina, con la desaparición de la burguesía y del proletariado y su conversión en seres humanos, también la desaparición de los conceptos “objetivo” y “subjetivo” de la ciencia y su conversión en “ciencia“,

[determinando]

los elementos racionales de los que luego forma [esta] su contenido natural y obvio.

Si los medios de producción en el capitalismo aparecen bajo la forma de capital, si la fuerza de trabajo aparece como capital, no menos lo hace la ciencia. La tarea del proletariado consiste en derribar la relación del capital. Incluso en su tegumento o corteza capitalista, fetichista, las fuerzas de producción, y por tanto también la ciencia, son realidades completas, siendo por supuesto el fetichismo sólo la relación objetivizada entre personas que es indiferente al carácter material de los elementos reales de la vida. El proletariado no opone nada a estas realidades, sino que simplemente las libera su corteza fetichista. “Su propio movimiento social“, dice Marx, hablando de la sociedad capitalista, “le parece poseer la forma de un movimiento de cosas por medio del cual es dominada en lugar de dominarlas“. El comunismo, el proletariado, abole este fetichismo que, de hecho, sólo era capaz de desarrollar las fuerzas productivas durante un periodo histórico y que, a través de la acumulación de este proceso, se convierte en su contrario, en un estorbo al desarrollo ulterior de las fuerzas productivas.

IV

La ciencia burguesa significó una práctica social progresiva; en cuanto ayudó desarrollar las fuerzas sociales de producción, permaneció “por encima de las clases“. Fue una fase del proceso de desarrollo general, y mientras no refrenó prácticamente el proceso, la fase álgida de la ciencia. Marx no opuso a la ciencia de la burguesía la del proletariado, sino la revolución. Del mismo modo, opuso a la dialéctica de Hegel no una dialéctica del proletariado, sino que el proletariado era para él la actualización del proceso dialéctico de desarrollo de la sociedad capitalista. Desde el reino del concepto él trasplantó la dialéctica en el reino de la realidad, así como no opuso contra la teoría burguesa del valor la teoría del valor del proletariado, sino que poniendo al descubierto el fetichismo de las mercancías reveló el contenido actual o real del valor.

La filosofía burguesa no podría ir más allá de Hegel; el fetichismo de la mercancía veda la materialización de la dialéctica, así como la dialéctica idealista, económicamente expresada, no es otra cosa que el fetichismo de las mercancías. Sólo la existencia del proletariado posibilitaba la materialización de la dialéctica, hacía posible el marxismo. El periodo de la lucha de clases necesariamente contiene todavía elementos burgueses y continuará haciendolo hasta que haya finalizado. Pero el crecimiento de la lucha de clases es ya el proceso de actualización de la nueva sociedad. La revolución victoriosa acaba con la destrucción completa de la ciencia burguesa; para entonces el proletariado, que deja de ser proletariado, se ha apropiado completamente de los elementos racionales de esa ciencia, los ha tomado dentro de sí mismo.

En resumen, […] para el marxismo, la ciencia, en último análisis, es trabajo humano acumulado. Una cierta cantidad de trabajo social humano altera, es decir, agranda, incrementa, las fuerzas sociales de producción. Esto hace necesario un cambio en las relaciones de producción, y esto a su vez cambia la totalidad de la superestructura intelectual. Las relaciones productivas, por reacción, condicionan el proceso de trabajo de nuevo y conducen siempre a formas externas nuevas, progresivas.

Si Marx nunca se cansaba, como Hook insiste (p.85), de diferenciar entre los procesos naturales de desarrollo y aquéllos del hombre en la sociedad, era porque la dialéctica materialista de Marx consiste en señalar la manera en que, a lo largo de todas las formas de sociedad, el proceso de interacción entre el hombre y la naturaleza desarrolla las fuerzas productivas. Este proceso se ilustra en el desarrollo de los modos de producción, esto es, cómo y con qué instrumentos y métodos se efectúa la producción. La contradicción determinante es la existente entre el hombre y la naturaleza, entre el ser y la conciencia, y esta contradicción es desarrollada a partir del trabajo. Dentro de este proceso se desarrollan nuevas contradicciones, que por reacción llevan de nuevo más hacia adelante el proceso general. En este proceso los factores conscientes llegan a desarrollarse a una tal magnitud, especialmente a través de la división social del trabajo, que ya no tiene ningún sentido la distinción entre causa y efecto; cualquier separación entre el ser y la conciencia se ha vuelto imposible… siempre están fundiéndose. Lo tomado como base no tiene nada más que hacer con nuestros resultados finales, y estos resultados finales siempre están formando nuevos puntos de partida, por lo cual estar distinguiendo continuamente entre la causa y el efecto se hace imposible. Y aún en este proceso dialéctico la base última continúan siendo las necesidades humanas de la vida; permanece siendo material, actual. Lo que domina el pasado domina también el presente, lo que permitió a Marx en El Capital, decir también para el futuro:

El reino de la libertad comienza, en realidad, sólo allí donde ese trabajo, que está determinado a través de la necesidad y la intencionalidad exterior ya no existe; por consiguiente, se extiende, por la naturaleza de las cosas, más allá de la esfera de la producción material efectiva.{Así como el salvaje debe luchar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar y reproducir su vida, también debe hacerlo el civilizado, y lo debe hacer en todas las formas de sociedad y bajo todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se amplía este reino de la necesidad natural, porque se amplían sus necesidades; pero al propio tiempo se amplían las fuerzas productivas que las satisfacen.} En este terreno, la libertad sólo puede consistir en el hecho de que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente esta interacción, este metabolismo entre ellos y la naturaleza, situándolo bajo su control comunal, en lugar de ser dominados por él como por un poder ciego; llevando a cabo esto con el menor gasto de energía y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana. Pero este seguirá siendo siempre un reino de la necesidad. Más allá del mismo empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado un fin en sí mismo, el verdadero reino de la libertad, el cual, sin embargo, sólo puede florecer, prosperar, sobre la base de aquel reino de la necesidad. {La reducción de la jornada laboral es la condición básica.}”. (entre {} fragmentos omitidos por Mattick, N. Traductor)

V

En el prefacio de su libro, Hook (p. X) se ha tomado la molestia de anticiparse al reproche de pasar de contrabando factores idealistas dentro del marxismo. Pero su dialéctica, que falla al asumir una visión racional de la ciencia, y que es puramente conceptual, se hunde nada menos que en el idealismo. Desconoce, por ejemplo, qué buscar detrás de la categoría valor o detrás de la economía política. En su distinción entre “ciencia” y “marxismo” desde una base puramente científica, no ha llegado realmente más allá que Hegel. La ciencia teórica del proletariado es práctica o no es ciencia. La dialéctica marxiana no es una ciencia especial, “subjetiva“; es la práctica de la revolución proletaria, y es teórica sólo en la medida en que esta teoría es la práctica concreta, la actividad real.

Que Hook está lejos de ser claro en este punto se demuestra por el hecho de que, aunque está deseoso de tener elaborada una distinción entre ciencia y marxismo, rechaza la aplicación de esta distinción respecto a la economía. Desde nuestro punto de vista, no hay ninguna distinción que hacer entre ciencia y marxismo, y de aquí que tampoco entre la economía y la economía política. Pero la negativa a esta distinción para la economía, mientras es aceptada en la ciencia, es, sobre la base de la argumentación de Hook, una señal de completa confusión y retroceso a la dialéctica idealista. Por ejemplo, cuando Hook reprocha a Engels prestar apoyo al reformismo, que hizo del marxismo una ciencia, a través de su tendencia monista, lo cual sale a la luz más claramente en su prólogo al segundo y tercer volúmenes de El Capital, Hook ilustra sólo su propia percepción incompleta de la naturaleza real del marxismo. Escribe (p.29-30):

Pero más importante todavía, en lo que respecta a la realización y publicación del segundo y tercer volúmenes de Das Kapital, Engels dio curso final a la noción de que las teorías económicas de Marx constituían un sistema hipotético-deductivo del tipo ejemplificado por las teorías científicas en general, en lugar de ser una ilustración de un método de crítica revolucionaria. Al hacer eso Engels fracasó al desarrollar las importantes implicaciones sociológicas y prácticas de la doctrina de Marx del “fetichismo de las mercancías“. Se consagró a la tarea de explicar cómo la ley de la caída de la tasa de ganancia podía ser cuadrada a la vez con el hecho empírico de que la tasa de ganancia era la misma independientemente de la composición orgánica del capital, y con la definición de la fuerza de trabajo del valor de cambio…

En ninguna parte, por lo que sé hasta ahora, comenta Engels, sobre las propias palabras de Marx en el prólogo a la segunda edición del primer volumen, “que la economía política sólo puede seguir siendo una ciencia mientras la lucha de clases está latente o se manifiesta sólo en fenómenos aislados o esporádicos“. No podrá insistirse con suficiente fuerza que Marx no concibe Das Kapital para ser una exposición deductiva de un sistema natural y objetivo de economía política, sino como un análisis crítico –sociológico e histórico– de un sistema considerado objetivo. Su subtítulo es Kritik der Politischen Oekonomie (Crítica de la Economía Política). La crítica exige un punto de partida, una posición. El punto de vista de Marx era el punto de vista de la conciencia proletaria de Europa occidental. Su posición implicó que un sistema económico en su base es siempre una economía de clase“.

Después, Hook viene a asertar que Engels percibió su error; y Hook reproduce en el apéndice de su libro una serie de cartas de Engels designadas a confirmar esta declaración. Pero es imposible, incluso para Hook mismo, sacar más de estas cartas que que Engels lamenta en ellas el hecho de que Marx y él, en el apuro del trabajo, habían dedicado demasiado poca atención a los momentos subjetivos de la historia. No hay una palabra de revisión del punto de vista reproducido por él en el prólogo a El Capital, que era considerado allí no sólo como una crítica de la economía política sino como el análisis de las leyes del movimiento social en general.

Según Hook, Das Kapital consistió sólo en una crítica de la economía política, que reveló, desde el punto de vista del proletariado, el carácter puramente histórico del capital. ¿Pero cómo revela esta crítica el carácter transitorio de la producción capitalista? ¿Por qué la crítica es capaz de poner esto al descubierto? “A causa de que el proletariado quiere cambiar la sociedad“, afirma Hook más tarde, “la voluntad descubre por consiguiente, en el modo de producción económico, el factor decisivo en la vida social” (p.181). Para Marx, sin embargo, no es la voluntad sino la existencia del proletariado, no las relaciones de producción sino el desarrollo de las fuerzas productivas (que determina la voluntad, así como ésta determina las relaciones sociales), lo que es el punto de partida para su estudio histórico. Das Kapital revela la contradicción más amplia entre el hombre y la naturaleza como una contradicción que todos los órdenes sociales han condicionado, y que impulsó el desarrollo de las fuerzas productivas. Indica también las más angostas contradicciones que surgen dentro de este proceso, por medio de las cuales se forman las relaciones de producción y son de nuevo destruidas. Si la ciencia burguesa no es para Hook la única ciencia, la ciencia en general, entonces no tiene derecho a considerar la economía política burguesa como la economía general. Pero mientras en el caso anterior, siguiendo a Hook, la ciencia permanece por encima de las clases, uno no está justificado, a su vez según Hook, a poner la economía por encima de las clases. Para nosotros, sin embargo, la economía política, como la ciencia burguesa, es un nivel alcanzado del desarrollo humano general, objetivo y verdadero en la medida en que es progresivo. Reconocerlo como un nivel histórico presupone un conocimiento del carácter, de los rasgos generales, de las leyes de la transformación social. Este reconocimiento era obstaculizado por la dominación de clase; fue en primer lugar la existencia del proletariado como una clase que abole todas las clases [ *], lo que posibilitó el conocimiento de las leyes de la transformación social, un conocimiento que, no obstante, debe primero volverse práctico para ser capaz de vivir de acuerdo a sus propias leyes.

La economía política no es una categoría eterna, por la razón de que es sólo la relación cosificada, objectivizada (intercambio) entre los seres humanos que oscurece con su sombra el contenido real de la economía. Las categorías económicas con que Marx operó estaban dadas objetivamente; pertenecen a la sociedad burguesa. La crítica de Marx consistió en el hecho que las iluminó con la conciencia correcta, la del proletariado, no con la necesariamente falsa de la burguesía. La conciencia fetichista, falsa, condicionada por el nivel de las fuerzas productivas, y que tenía que detenerse con Hegel, Ricardo y Adán Smith, no pudo, como Marx, quien vio en el proletariado la antítesis de la sociedad burguesa, ver teóricamente la síntesis que descubrió primero la característica común a todas las sociedades. Marx apuntó, por ejemplo, cómo la manufactura se desarrolla a partir de la división social del trabajo, a partir de la manufactura el sistema de la fábrica moderna, que a su vez avanza para convertirse en capital monopolista. El dinamista, Marx, se dirigió a una materia “disparatada” tal como la reproducción simple meramente para demostrar la imposibilidad del sistema. En todo lo cual, Marx quería mostrar que las fuerzas productivas son la base de todas las relaciones de producción. En el comunismo, también, se desarrollarán más allá las fuerzas productivas, la “economía“. Si las fuerzas productivas en crecimiento originan las relaciones burguesas de producción y el desarrollo superior de las fuerzas productivas, por lo que estas últimas determinan a su vez el ritmo de su [propio] desarrollo ulterior, y llegado un cierto punto de su desarrollo están constreñidas por las relaciones de producción. Ya que no existe ningún equilibrio (estática), estas relaciones tienen que ser transformadas. En este proceso necesariamente general, en este proceso material, la “economía política” representa meramente un cierto nivel, pero un nivel significativo en el cual ella es la condición preliminar para un periodo de la historia humana [en el] que obre con la conciencia correcta y, por consiguiente, domine los acontecimientos en lugar de ser determinada por ellos. Ya en la Introducción a la Crítica de la Economía Política, Marx deja esta conexión clara, lo que nos demuestra que la crítica de la sociedad burguesa era al mismo tiempo la puesta al descubierto de las leyes del movimiento económico en general. Dice:

La sociedad burguesa es la organización histórica de la producción más altamente desarrollada y más compleja. Las categorías en las que se expresan sus relaciones, la comprensión de su estructura, permiten al mismo tiempo entender la estructura productiva y las relaciones de producción de todas las formas pasadas de sociedad, sobre las ruinas y elementos de los que ha sido edificada. De estas sociedades arrastra consigo, en toda su extensión, todavía vestigios no sometidos, así como meras insinuaciones que se han desarrollado hasta convertirse en nociones perfeccionadas. La anatomía del hombre es la clave para la anatomía del mono“.

Así, poniendo al descubierto las leyes del movimiento capitalista Marx ha puesto al desnudo las leyes del movimiento social en general. Engels tenía razón, por consiguiente, cuando vio en Das Kapital más de lo que Hook, para quien es simplemente una crítica. Y cuando Engels, al pesar de Hook, en lugar de preocuparse del fetichismo de las mercancías, se involucra en los problemas de la tasa media de ganancia, la teoría del valor, etc. para mostrar que todos los fenómenos capitalistas pueden remontarse a la ley de valor, no estaba haciendo otra cosa que en lo que falló según la opinión de Hook: estaba revelando el carácter fetichista de las mercancías. Este fetichismo oculta el proceso real, pero no lo cambia. Sólo una conciencia falsa, atrapada en la red del fetichismo, se confunde con el mercado y los problemas de precios y falla en comprender que todos los movimientos del capital son gobernados por la ley de valor como por una ley interna. Que Marx sostuvo la misma visión y, como Engels afirma, quería mas que una crítica, es mostrado por el siguiente pasaje de una carta escrita por Marx en 1886 con referencia a un crítico de su concepto de valor:

El pobre tipo no alcanza a ver que, aún si mi libro no contenía un solo capítulo sobre el valor, el análisis que doy de las relaciones reales contendría la evidencia y la demostración de las relaciones reales del valor. La tontería a cerca de la necesidad de demostrar el concepto de valor se apoya sobre la más completa ignorancia de la materia en cuestión y de los métodos de la ciencia. Que cualquier nación que dejase de trabajar, no diré durante un año, sino durante unas pocas semanas, se moriría de hambre, es sabido por cualquier niño. También sabe que las masas de productos que corresponden a las diferentes necesidades exigen determinadas masas del trabajo social total diferentes y cuantitativamente determinadas. Que esta necesidad de la división social del trabajo en determinadas proporciones no puede en absoluto ser abolida por razón de la forma determinada de la producción social, sino que sólo puede cambiar su modo de manifestarse, es obvio. En absoluto pueden abolirse las leyes naturales. Lo que puede cambiarse en condiciones históricamente diferentes es sólo la forma en la que estas leyes operan. Y la forma en la que esta división proporcional del trabajo opera, en un estado de sociedad en el que la interrelación del trabajo social se afirma como intercambio privado de los productos individuales del trabajo, no es otra cosa que el valor de cambio de estos productos“.

Y, así, Das Kapital se construye sobre una doble perspectiva del desarrollo: por un lado, observa el desarrollo como un proceso natural y, por el otro, Marx lo trata según la forma histórico-social que asume en un período particular. En el capítulo sobre el carácter fetichista de las mercancías, Marx muestra lo que realmente es el valor de cambio. No es algo natural, sino una relación social mediante la cual la sociedad está determinada como un objeto real. El valor del cambio, la producción de valor, es simplemente una expresión del atraso social, y tiene su fuente en el todavía insuficiente desarrollo de las fuerzas de producción. Es, por consiguiente, una categoría histórica, que es superada por las crecientes fuerzas de producción. Por eso el fetichismo de las mercancías muestra simplemente que el hombre no está aún en posición de dominar la producción, y consecuentemente la producción gobierna al hombre.

En el ejemplo de Robinson Crusoe, que Marx emplea en la discusión acerca del comunismo, muestra lo que retorna del valor de cambio, y luego en el tercer volumen de El Capital dice: “como los precios pueden regularse, se ve que la ley del valor gobierna su movimiento“. Según Hook, en las tan poco importantes excursiones de Engels en su prólogo al segundo y tercer volúmenes de El Capital, éste meramente enfatiza esta frase de Marx, que no es sino una ilustración del carácter fetichista de las mercancías, un carácter que no admite el tiempo de trabajo socialmente necesario como medida del valor, aunque en realidad opera a pesar de todas las modificaciones. Así pues, la economía política es la expresión de la forma social en que, en un cierto nivel de la historia, operan las leyes naturales. Y en este nivel capitalista, el valor no puede comprenderse por la falsa conciencia de la burguesía. Si la economía burguesa estaba interesada en la manera en que era determinado el precio de mercado, si de acuerdo con esto estaba satisfecha con la ley de la oferta y la demanda, entonces Marx inquirió sobre el origen del precio y lo encontró en la ley del valor. De este modo, él descubrió el fetichismo de las mercancías como la “conciencia” social bajo el capitalismo, en el que los obreros están separados de los medios de producción. No es hasta que esta separación entre productores y medios de producción sea abolida que, la sociedad de la mercancía, con la falsa conciencia que es necesariamente parte de ella, puede ser suprimida. Y sólo sobre la base de este fetichismo es posible la distinción entre “ciencia” y “marxismo“. La abolición del primero está sujeta a la abolición de la segunda. Teóricamente, esto ya está presupuesto en el marxismo, pues el hombre construye en su cabeza antes de actuar. Marx fue capaz de actualizar la dialéctica hegeliana, el marxismo sólo puede actualizarse a través de la Revolución. O, como lo expresa Marx: “No es suficiente que el pensamiento se abra paso para llegar a ser realidad,

[actualidad,]

la realidad [o actualidad] misma debe abrirse paso para llegar a ser pensamiento“.

VI

Dado que Hook no ve en Das Kapital el descubrimiento de las leyes del movimiento social, sino sólo la crítica (condicionada por la voluntad del proletariado) de la economía burguesa, Das Kapital no es para él la actualización teórica de la dialéctica materialista sino “la aplicación del materialismo histórico a los “misterios” del valor, el precio y la ganancia” (p.187). En otras palabras: ya que, según Hook, las relaciones de producción determinan el pensamiento y las acciones de los seres humanos, Marx desarrolló desde el punto de vista del proletariado su crítica de la economía burguesa, que es simple crítica y nada más. Si el proletariado gana, entonces en consecuencia El Capital de Marx queda meramente como un documento histórico, lleno de los pensamientos de una clase que sufrió bajo la dominación del capitalismo. El materialismo histórico no es aquí una parte del desarrollo dialéctico sino que está divorciado de él; no es un elemento productivo, sino una visión de la vida (una comprensión del mundo). “No obstante“, como Marx escribió en relación a su crítico ruso en el prólogo al primer volumen de El Capital, “que otra cosa está describiendo sino el método dialéctico?“. Pero para Hook, Das Kapital es sólo una ideología, y a partir de este punto de vista dice (p.181):

Lo que justifica a Marx y Engels para sostener que el modo de producción económico es el factor decisivo en la vida social es la voluntad revolucionaria del proletariado que se prepara para actuar sobre esa asunción… Sólo porque queremos cambiar la estructura económica de sociedad, buscamos la evidencia del hecho de que, en el pasado, el cambio económico ha tenido un efecto profundo sobre toda la vida social y cultural. Porque queremos cambiar la estructura económica de la sociedad, afirmamos que esta evidencia del pasado junto con nuestra actividad revolucionaria en el presente constituye una causa suficiente para creer que la proposición general de que “en última instancia el modo de producción económico determina el carácter general de la vida social”, será verdad en el futuro próximo.”

Aunque, siguiendo a esto, continua con la afirmación de que lo que queremos y cuando lo queremos no pueden derivarse de un deseo de acción independiente, absoluto, sino que están históricamente condicionados, todavía en su interpretación la voluntad permanece divorciada de la conciencia. No hay aquí ninguna interacción ni totalidad dialéctica. A pesar de todas las concesiones materialistas e inconsistencias idealistas, el punto de vista sigue siendo que vemos el factor determinante en el modo de producción económico sólo porque queremos cambiar las relaciones económicas. La voluntad, sin embargo, tal y como pueda ser condicionada, sigue siendo para Hook el fundamento decisivo. La seriedad con que acepta esta perspectiva puede verse en su descripción del modo en que se produce el cambio social. Escribe (p.84):

A partir de las condiciones objetivas, sociales y naturales (tesis), surgen las necesidades y propósitos humanos que, reconociendo las posibilidades objetivas en la situación dada (antítesis) preparan el curso de la acción (síntesis) proyectado para actualizar estas posibilidades.”

La acción, que para Hook es idéntica a la voluntad, forma la síntesis. Para Marx, sin embargo, la síntesis es algo diferente; aquí el proletariado, como la antítesis de la sociedad burguesa, ya contiene lo que forma el contenido de la síntesis de Hook. La síntesis marxiana presupone la acción exitosa; se sitúa detrás de la voluntad. Es el resultado de la negación de la negación, es la sociedad comunista. El crecimiento del propio proletariado no es sólo el crecimiento de la miseria proletaria sino también de la conciencia de clase y de la acción. Este proceso total se transforma, en un cierto nivel de desarrollo, en la revolución. “Was der Mensch will, das muss er wollen.” (“Lo que el ser humano quiere, es lo que debe querer“). La voluntad es inseparable del proletariado; la existencia del proletariado como una fuerza material de producción es al mismo tiempo la existencia de la voluntad. Toda puesta aparte o sobreénfasis de la voluntad debe evitarse. Podemos decir, antes bien, con Engels: “Una revolución es un puro fenómeno de la naturaleza, dirigido más de acuerdo con leyes físicas que según las pautas que en los períodos ordinarios condicionan el desarrollo de la sociedad. O más bien, estas pautas asumen en el curso de una revolución un carácter mucho más físico, el poder material de la necesidad se manifiesta más contundentemente“. El poder material es idéntico con la voluntad así como con la conciencia. En las épocas ordinarias (reformismo) a estas facultades se atribuyen necesariamente más valor del que poseen, por eso se vuelven nuevamente idealistas y falsas. En las épocas revolucionarias no importa en que medida existan la voluntad y la conciencia, estos factores siempre permanecen a distancia tras el poder material real de la revolución.

El proceso revolucionario real está mucho más estrechamente relacionado con los procesos de la naturaleza de lo que somos capaces de concebir en un periodo no revolucionario; el factor “humano” (ideológico) en el desarrollo se vuelve más insignificante. Diez mil seres humanos hambrientos con la más clara conciencia y la voluntad más fuerte no significan nada en ciertas circunstancias; diez millones pasando hambre bajo las mismas circunstancias, sin la conciencia y la voluntad específicamente humana, pueden significar… la revolución. Los hombres se mueren de hambre con y sin la conciencia y la voluntad, pero en cualquier caso no se mueren de hambre a la vista de la comida. Y cuando Hook en el curso de su exposición se refiere a los millones de seres humanos que perecieron por la falta de conciencia de clase, está, después de todo, meramente señalando el hecho de que ni siquiera la presencia de la conciencia de clase podía impedir la inanición. Por otra parte, no plantea ningún caso en el que millones de seres humanos se fuesen hambrientos a la vista de la comida. En tal caso no estarían pasando hambre, sino que habrían tomado posesión de la comida y, en tanto lo hacían, se volverían… conscientes de su clase.

Esta sobreestimación, o una estimación bastante equivocada del papel de la conciencia, lleva a Hook a sobreestimar también el papel del partido y, en el sentido más estrecho, del papel del individuo en el proceso histórico; un papel que no concibe históricamente, sino del todo absolutamente. Con el propósito de llegar al papel del genio, pregunta, por ejemplo (p.169):

¿Habría la Revolución rusa tenido lugar en octubre de 1917, si Lenin hubiese muerto en el exílio en Suiza? ¿Y si la Revolución rusa no hubiera tenido lugar cuando lo hizo, habrían tomado el mismo curso los acontecimientos subsiguientes en Rusia?

El mismo juego se continua con otros estadistas y científicos, y luego Hook se vuelve ásperamente contra Engels, Plechanov y otros, que sostuvieron el punto de vista de que todo periodo que necesita grandes hombres también los crea. Hook contesta (pp.171-172):

Con todo el debido respeto, esta posición me parece ser un notorio sin sentido… Argumentar que si Napoleón no hubiese vivido, algún otro y no él habría sido Napoleón (es decir, habría realizado la obra de Napoleón) y entonces ofrecer como evidencia el hecho de que siempre que un gran hombre era necesario había sido encontrado, es lógicamente infantil… ¿Dónde estaba el gran dirigente escondido cuando Italia estaba objetivamente lista para la revolución en 1921 y en Alemania en 1923?… No hay imperativos en la historia; sólo hay probabilidades.”

Para contestar sobre el mismo planteamiento, podemos decir, primero, igual que Hook ha declarado en otro lugar, que sólo la práctica demuestra si una verdad es cierta, por lo cual también si un gran hombre es realmente tal. Y esta práctica es la práctica social. Por ejemplo, si la sociedad no hubiera presupuesto (el mecanismo en la manufactura), actualizado (la división del trabajo) y aplicado el conocimiento de Newton, el genio de Newton habría muerto con él. Si el proceso de capitalización no le hubiera dado a Francia tal poder ofensivo y defensivo, el genio de Napoleón habría muerto quizás como un lugarteniente más solitario que en St. Helena. La sociedad determina lo que es genio. La Revolución rusa es independiente de Lenin, e incluso el período en que suceció no fue en lo más mínimo condicionado por él, sino por una serie interminable de factores entretejiendose, en los que el genio de Lenin es absorbido, y sin lo cual no puede ser entendido. El hecho de que los bolcheviques tuviesen éxito tomando el poder político en una revolución sobre la cual no tenían el mando está, por supuesto, en parte en relación directa con los bolcheviques y también en parte con la personalidad de Lenin. Pero la idea que sin Lenin el curso de la historia rusa habría sido decididamente diferente está por debajo del nivel de la investigación marxista, que constantemente remonta la historia a las necesidades de la vida social. La Revolución rusa no se adaptó a Lenin, sino que Lenin se adaptó a la Revolución rusa. Sólo debido a que aceptó el movimiento revolucionario ganó la influencia sobre él, se convirtió en un órgano ejecutivo para él. El alto grado en el que Lenin estaba condicionado por el curso actual de la revolución, y que poco determinó él su desarrollo, se muestra por el modo en que revisó su obra después de la revolución. Esto se expresa muy claramente en un discurso que dio en octubre de 1921, cuando dijo:

La revolución democrático-burguesa ha sido conducida hasta su término por nosotros como por ningún otro… No habíamos calculado suficientemente en relación con nuestro plan de poner en funcionamiento la producción socializada y el modo comunista de distribución de los productos entre los pequeños campesinos, mediante la orden directa del Estado proletario. La vida nos ha mostrado nuestros errores. Una serie de fases de transición —capitalismo de estado y socialismo— se requerían para preparar el camino para el comunismo. Esto involucrará trabajo, extendiéndose durante un gran número de años. No es directamente por la vía del entusiasmo, sino con la ayuda de los intereses personales, del interesamiento personal, con la ayuda del cálculo económico, como debeis construir un puente material que, en la tierra de los pequeños campesinos, lleve a través del capitalismo de Estado al socialismo; de ninguna otra manera podemos llegar al comunismo. Esto se nos reveló por el proceso objetivo de desarrollo de la Revolución… El Estado proletario debe convertirse en un propietario prudente, cuidadoso y hábil, el distribuidor mayorista del futuro; de ninguna otra manera la tierra de los pequeños campesinos puede alzarse a un alto nivel económico. Distribuidor mayorista; eso parece ser un tipo económico justo tan lejano del comunismo como el cielo de la tierra. Pero esta es simplemente una de las contradicciones que, en la vida real, conduce de la empresa de labranza de los pequeños campesinos, a través del capitalismo de Estado, al socialismo. El interesamiento personal promueve la producción. El comercio mayorista sirve para unir a millones de pequeños campesinos económicamente, despierta su interés, los lleva a la próxima fase: las varias formas de ligación, de unión en la producción misma.”

El curso de la Revolución rechazó, primero, todas las viejas ideas bolcheviques que todavía estaban estrechamente ligadas el capitalismo de Estado de Hilferding, y forzaron la adopción del comunismo de guerra como la nueva doctrina; y entonces el curso real de los desarrollos también rechazó esta nueva “construcción” y tomó un giro más puro al capitalismo de Estado. Por eso la Revolución rusa es un ejemplo clásico del hecho de que el curso de desarrollo no está determinado por las ideas de los grandes hombres sino por la práctica socialmente necesaria. Si la Revolución rusa sin Lenin habría tomado otro curso que el del Estado capitalista único quizás no es de ningún valor discutirlo, pues el propio Lenin sostuvo que el capitalismo, no sólo en la Europa occidental sino también en Rusia, estaba suficientemente avanzado y que la próxima fase sólo podía girar al socialismo. Lenin consideró el imperialismo como “el capitalismo en su forma de transición, capitalismo parasitario o en estancamiento“. El imperialismo llevó, de acuerdo con Lenin, simplemente a la socialización universal de la producción: “Arrastra al capitalista, contra su voluntad, a un orden social que ofrece una transición de la completa libertad de competencia a la completa socialización“. La guerra, según Lenin, había transformado el capitalismo de monopolios en la forma del “Estado-monopolista“; el “capitalismo de Estado monopolista-militarista” es, sin embargo, un “preparación material para el socialismo en completamiento, la puerta de entrada a él“. Con la conquista del poder estatal y la expropiación de los bancos, pensó que el capitalismo de Estado podría transformarse muy rápidamente en socialismo. Llevar a cabo la economía capitalista del Estado en Rusia era, por consiguiente, en la perspectiva de Lenin, sólo la anticipación de la circulación real del capital. Lo que se cumplía era la consecuencia capitalista de la monopolización en avance. El partido aceleró lo que necesariamente vendría, finalmente, incluso sin esta aceleración.

Que este curso capitalista se modificó por medio de la influencia de los bolcheviques es indiscutible, pero permanecía siendo capitalista, y además, la modificación se limitaba a velar la naturaleza real de la reversión al capitalismo, o de la formación de una nueva falsa conciencia. Así, encontramos a Bucharin, en una conferencia gubernamental hacia el fin de 1925, expresándose como sigue: “¿Si confesamos que las empresas nacionalizadas son empresas capitalistas, si decimos esto abiertamente, cómo podemos luego dirigir una campaña por un mayor rendimiento? En fábricas que no son puramente socialistas, los obreros no incrementarán la productividad de su trabajo.”

La práctica rusa no se dirige según los principios comunistas, sino que sigue las leyes de la acumulación capitalista. ¿Qué otras leyes seguiría si Lenin y los bolcheviques no hubiesen ganado? También tenemos en Rusia, aunque en una forma modificada, una producción de plusvalía bajo el camuflaje ideológico de la “construcción socialista“. La relación salarial es idéntica a la de la producción capitalista, formando también en Rusia la base para la existencia de una burocracia creciente con privilegios en ascenso, una burocracia que, al lado de los elementos capitalistas privados que todavía están presentes, será estrictamente estimada como una nueva clase que se apropia para sí del plustrabajo y la plusvalía. El mismo hecho de la existencia de la relación salarial significa que los medios de producción no son dominados por los productores sino que permanecen por encima y contra ellos en la forma de capital, y esta circunstancia compele además a un proceso de reproducción en la forma de acumulación de capital. Esto último, sobre la base de la ley marxiana del valor, con la cual la situación rusa también debe ser iluminada, conduce necesariamente a la crisis y al derrumbamiento final. La ley de la acumulación es al mismo tiempo la acumulación del empobrecimiento, y por esa razón también los obreros rusos están actualmente haciéndose más pobres al mismo ritmo que el capital se acumula. La productividad de los obreros rusos aumenta más rápidamente que sus salarios; del producto social creciente ellos reciben una porción relativamente cada vez más pequeña. Para Marx, este empobrecimiento relativo de la población obrera en el curso de la acumulación es sólo una fase del empobrecimiento absoluto; es sólo otra expresión de la creciente explotación de los trabajadores, y apenas puede haber duda de que incluso sin Lenin y la Revolución rusa nada más podría ocurrir en Rusia que la explotación creciente. Únicamente alguien que, como Hook, confunde el contenido de la Revolución rusa puede plantear la cuestión acerca de si la historia rusa sin Lenin habría tomado cualquier otro curso que el que realmente siguió. Ciertamente, habría procedido con ideologías diferentes, banderas diferentes, jefes diferentes, y con un ritmo diferente, pero para el proletariado existente estas diferencias son completamente insignificantes. Y desde que la revolución de la que estamos hablando es proletaria en el nombre, uno sólo puede preguntar: ¿qué ha sido cambiado, como resultado de la Revolución y de la existencia del genio Lenin, en lo que estima a la situación de los obreros rusos? ¡Nada esencial! Para el proletariado, Lenin no era más que Kerensky, nada más que cualquier revolucionario burgués, que no abole la explotación sino que sólo cambia sus formas.

No hay dos tipos de trabajo asalariado, uno capitalista y otro bolchevique: el trabajo asalariado es la forma en la que, bajo la producción capitalista, la plusvalía es apropiada por la clase o elemento dominante. Ciertamente, los medios de producción han pasado aquí de las manos de los empresarios privados a las del Estado; en lo que respecta a los productores, sin embargo, nada ha cambiado. Tal y como antes, sus únicos medios de sustento son la venta de sus fuerzas de trabajo. La única diferencia es que ya no se les exige que traten con el capitalista individual sino con el capitalista general, el Estado, como comprador de la fuerza de trabajo. La relación económica entre el productor y el producto todavía corresponde aquí al sistema capitalista. Los medios de producción sólo están más centralizados; lo cual no es la finalidad de una economía comunista, sino sólo un medio para esa finalidad. La influencia de Lenin, la política de los bolcheviques, se hayan reveladas como una gran capacidad para adaptarse al curso necesario del desarrollo, con el propósito de, como el partido bolchevique o como un genio, continuar en el poder, que sólo puede ser el poder de la necesidad. Si Lenin hubiera intentado llevar a cabo una política comunista, su grandeza habría sido reducida –o elevada, según uno prefiera– a la de un utópico ebrio.

¿Dónde estaban los grandes dirigentes de Italia en 1921 y de Alemania en 1923 (y de nuevo en 1933)? Si debe darse una respuesta en términos absolutos, uno puede apuntar sin duda a Mussolini y a la jefatura de la Tercera Internacional, Zinoviev en ese periodo. Mussolini, que aceleró el proceso objetivamente necesario de concentración del capital en Italia; la dirección de la Tercera Internacional, que mantuvo el “status quo” en Europa en interés del régimen bolchevique ruso, previniendo la revolución alemana. Así, Radek declaró (por orden de Zinoviev), antes de la decimotercera conferencia del Partido comunista ruso el 16 de febrero de 1924: “El comité central del Partido comunista de la Unión Soviética, así como el comité ejecutivo del Comintern reconoce inequívocamente que el Partido comunista de Alemania actuó correctamente cuando, a la vista de las fuerzas armadas superiores del enemigo y de la división dentro de las filas de la clase obrera, evitó un conflicto armado.” (Esto se repitió en 1933-34).

Pero esta cuestión también puede abordarse dialécticamente, y reconoceremos entonces que el problema de los grandes hombres es totalmente histórico. Particularmente en la sociedad capitalista, en la que el símbolo es más “real” que la realidad, el problema de la dirección adquiere tal importancia que ideológicamente se convierte en el problema de la historia. El problema del precio de mercado es el lado anverso del problema del dirigente. El que Hegel se quede corto con el Estado prusiano, la forma de dinero de las mercancías, el problema del dirigente de masas, son todos una y la misma expresión del nivel de las fuerzas sociales de producción en su tegumento capitalista. El movimiento real de la clase obrera no conoce el “problema” del dirigente. En él las decisiones se toman por los soviets, que sostienen la acción como también más tarde la vida económica.

Pero este cambio en el papel de la personalidad no sólo puede reconocerse en el dominio político; también se lleva a cabo para la ciencia. La especialización de la ciencia va de la mano con su desarrollo. La división social del trabajo no está siendo restringida sino extendida. Cada invención y descubrimiento profesan necesariamente un carácter más y más colectivo. Esta socialización conduce siempre a otra mayor. En los inicios de la sociedad capitalista había inventores, hoy hay talleres de invención. Las invenciones se producen casi de la misma manera que los neumáticos de automóvil. En el capitalismo moderno lo individual cuenta menos, todas las innovaciones vienen de los laboratorios de trabajo en común.

El hecho de que esto no llegue a ser políticamente visible es debido a la necesidad de la burguesía de volverse ideológica, cada vez más reaccionaria en la misma medida en que empuja las relaciones actuales hacia adelante. Si la burguesía requirió una vez un Napoleón, hoy la estupidez de Hitler sirve como la encoladura simbólica de sus tendencias centrífugas. Y todavía para la burguesía alemana Hitler aparece como una personalidad sobreencumbrada; pues si Napoleón ayudó al desarrollo de la sociedad capitalista, Hitler ayuda a retardar su derrumbamiento. Pero incluso sin Napoleón el capitalismo habría ascendido con su marcha victoriosa, y se derrumbará a pesar de Hitler. Los dos pueden contribuir en pequeña parte a determinar el ritmo, mientras opera la tendencia a la expansión o la tendencia al derrumbe, pero la tendencia general está más allá de su capacidad de alterarla. A través de todas las modificaciones temporales, la marcha de la historia, el desarrollo de las fuerzas humanas de producción, sigue su camino. Pero incluso dentro de estas modificaciones la significación real de los “grandes hombres” no es inherente en ellos mismos, sino a ellos en conexión con todas las demás circunstancias sociales. Sólo a causa de que la historia obra bajo el capitalismo con una falsa conciencia, el movimiento real yace oculto tras el fetichismo del dirigente. Cuando este movimiento tenga lugar con una conciencia correcta, pondrá incluso al genio en su propio lugar.

A lo largo de esta disquisición sobre el papel del dirigente y el de la oportunidad en el sentido más amplio, Hook ha olvidado su propio punto de partida que demanda que cada problema sea considerado como histórico. La alternativa presentada por el Manifiesto Comunista –comunismo o barbarie– no apunta al papel determinante de la voluntad humana sino a sus limitaciones. Dado que no hay equilibrio, una raza humana que se rezague perecerá necesariamente si las necesidades objetivas no vencen. Pero el rezagarse mismo es algo temporal. La barbarie no es el final de un desarrollo, sino sólo una interrupción por la que se paga un alto costo. La barbarie no es el retorno al carro de bueyes y a lo primitivo, sino la bárbara condición de la autolaceración en las crisis y guerras de defunción de un capitalismo que se está pudriendo. Sólo hay una salida… el camino que conduce hacia delante, la salvación a través del comunismo.

El punto de partida del modo comunista de producción es la elevación ya lograda por las fuerzas productivas del capitalismo. Si el joven capitalismo necesitó a Napoleón y el que expira requirió de Hitler, si el capitalismo siempre necesita fantasías –dado que la realidad, que no tenía intereses comunes, tampoco permitía una lucha común– la revolución comunista sólo se necesita a sí misma, es decir, la acción de las masas. No tiene ninguna necesidad de fetichismo, de imaginaciones, para mantenerse en la realidad, puesto que sólo conoce intereses comunes y permite una genuina lucha común.

Al personaje eminente, como también en general al papel de la oportunidad en la historia, no puede atribuírsele más de lo que Marx le atribuyó en una carta a Kugelmann citada por Hook. Pero el volumen de esta carta no apoya sino que se opone a la concepción absoluta, idealista, ahistórica de Hook sobre el problema del dirigente [2]. “Estos “accidentes” mismos“, dice Marx, “caen naturalmente dentro del curso general del desarrollo, y son compensados por otros “accidentes”. Pero la aceleración y retardación están muy influenciadas por tales “accidentes”, entre los que también debe contarse el carácter “accidental” de las personas que primero estean a la cabeza del movimiento.” La importancia de estos “accidentes” debe comprenderse históricamente. La cuestión acerca de hasta que punto tienen todavía importancia hoy, no se resuelve desde la teoría, sino desde la práctica. También en esto “la investigación de la situación real“, tal como la concebía Lenin, “forma la verdadera esencia y el alma viviente del marxismo“.

VII

Puesto que, para Hook, Das Kapital es sólo una crítica de economía política, así también la teoría marxiana del valor, para Hook, no puede indicar nada más de lo que ya es conocido. Escribe (p.220): “Con todo, ni la teoría del valor del trabajo ni cualquier otra teoría del valor pueden predecir algo que no se conozca ya por adelantado. La Guerra y la crisis, la centralización y el desempleo, eran ya fenómenos totalmente familiares cuando Marx formuló la teoría de valor“. Es un error asumir, viene a decir Hook, que uno puede predecir algo específico con la teoría del valor del trabajo. Ahora, después de todo, el capitalismo todavía está lejos de haberse derrumbado, y todavía la ley marxiana de la acumulación, sobre la base del valor, es la ley del derrumbamiento del sistema capitalista. Eso ya se mostró en el primer volumen de El Capital como “la ley general de la acumulación capitalista“. Sin embargo, esta ley del derrumbamiento no opera “puramente” sino que, como cualquier otra ley, es más o menos modificada en la realidad. Estas modificaciones son establecidas con mayor detalle en el tercer volumen, especialmente en la sección que trata de la ley de la tasa decreciente de ganancia. Así como la ley de la gravedad sólo opera en realidad de una forma modificada, así también la ley del derrumbamiento capitalista, que no es nada más que la acumulación capitalista sobre la base del valor de cambio. Cuando Hook aparta la ley marxiana del valor de su poder predictivo, ha renunciado completamente a Marx. Y cuando además declara que “uno puede aceptar la metafísica evolutiva marxista y no estar comprometido inmediatamente con su teoría de la revolución social” (p.251), la afirmación es falsa por la misma razón de que, en primer lugar, el marxismo no tiene ninguna metafísica evolutiva, y segundo, que nosotros realmente no podemos comprometernos con una teoría de la revolución social sin practicarla. Si Liebknecht fuera, en el sentido científico, un peor marxista que Hilferding (p.249), y sin embargo mejor en la práctica, como Hook asegura, la comparación todavía es totalmente gratuita. Para Marx, él mismo “no era marxista“, pero identificó el marxismo con el proletariado actuante, que sólo puede actuar [como clase] de modo marxista, no de otro. ¡El Marxismo no es simplemente una ideología, sino la práctica de la lucha de clases! La revolución es realizada por las masas que puede que no sepan nada sobre Marx: ¡la revolución les hace marxistas!

En lo que respecta a la teoría, de cualquier modo es imposible rechazar la doctrina económica de Marx y al mismo tiempo esperar ser un marxista en todas las demás materias, como lo inverso también es imposible. Con el rechazo del poder predictivo de la teoría del valor, o sea, el rechazo de la teoría marxiana de la crisis y el derrumba, Hook, aunque contra su voluntad, rechaza el marxismo no parcial sino completamente. El rechazo del contenido real de la teoría del valor por Hook, explica simultáneamente el contenido idealista de su dialéctica, como esto último es a su vez la explicación de lo primero.

La debilidad de Hook en la teoría económica se ilustra en el mismo hecho de que se dedican sólo veintidós páginas de su libro a la economía marxiana. En relación con esto, también es interesante referirse al pasaje en cual trata de la diferencia entre Rosa Luxemburgo y Lenin.

La disputa entre ellos giraba en torno a la cuestión de la realización de la plusvalía. Con respecto a Luxemburgo, Hook escribe (p.61):

En su Akkumulation des Kapitals (La acumulación de los capitales) sostuvo que, con el agotamiento del mercado interno, el capitalismo debía ir de un país colonial a otro y que el capitalismo únicamente podría sobrevivir mientras tales países estuviesen disponibles. Tan pronto como el mundo se repartiese entre los poderes imperialistas y se industrializase, la revolución internacional estallaría por necesidad, dado que el capitalismo no puede expandir sus fuerzas productivas y continuar indefinidamente el proceso de acumulación en cualquier sociedad productora de mercancías relativamente aislada, no importa cómo sea de grande.”

Lenin, viene a afirmar, negó que el capitalismo se derrumbaría alguna vez de tal modo mecánico. Y cita luego, con gran aprobación, de un discurso de Lenin que data de 1920, un pasaje que no tiene ninguna relación en absoluto con el debate sobre la realización de la plusvalía en los países no capitalistas –un debate que había sido emprendido previamente hacía ocho años–. El capitalismo necesita un mercado no capitalista: esta había sido la posición de Rosa Luxemburgo. Lenin mantenía que crea su propio mercado. Pero los dos sostuvieron la concepción básica de Das Kapital, a saber, que el modo capitalista de producción tiene un límite económico absoluto. Mientras Luxemburgo buscaba este límite dentro de la esfera de la circulación, Lenin ya lo vislumbrara correctamente en la esfera de la producción. Mientras tanto, ambos, en el conocimiento que el proceso de acumulación sobre la base del valor es el proceso de derrumbe del capitalismo, lo que es idéntico a la revolución, atacaban la posición reformista en su totalidad, por lo cual Hilferding dijo en un discurso, en 1927 sin ir más lejos: “Yo siempre he rechazado cualquier teoría del derrumbe económico. El derrocamiento del sistema capitalista no ocurrirá por cualquiera leyes internas de este sistema, sino que debe ser el acto consciente de la voluntad de la clase obrera“.

Si en el calor del debate, esa frase de Lenin, que ha sido citada hasta la nausea, de que “no existe ninguna situación para el capitalismo de la que no haya absolutamente ninguna salida“, poseyó una cierta justificación política en una situación determinada, a saber la “crisis epidémica mortal” que se presenta en 1920; no obstante, no presta consuelo al reformismo, que siempre había negado a la teoría del valor cualquier capacidad predictiva, y que fue utilizada para rechazar la teoría de derrumbe económico. Todo el trabajo teórico-económico de Lenin, que se limitó conscientemente a repetir a Marx, está opuesto a tal afirmación. Para Lenin, la ley de valor es la ley del derrumbe.

Uno se sorprende, sin embargo, cuando Hook, después haber rechazado, “con Lenin“, la teoría “mecanicista” del derrumbe de Rosa Luxemburgo, presenta, en su propia exposición económica, nada más ni nada menos que una repetición de la posición de Luxemburgo. Después de perfilar las teorías del valor y la plusvalía, de la relación del capital en la producción, la caída de la tasa de ganancia con el incremento en la productividad del trabajo, la relación valor-precio, la acumulación y la crisis, entonces añade (pp.204-209):

“Con el incremento de la composición orgánica del capital la tasa de ganancia cae incluso cuando la tasa de explotación, o plusvalía, permanece igual. El deseo de sostener la tasa de ganancia conduce al progreso de la planta y al aumento en la intensidad y productividad del trabajo. Como resultado, existencias de mercancías siempre mayores son lanzadas al mercado. Los obreros no pueden consumir estos bienes dado que el poder adquisitivo de sus salarios es necesariamente menor que el valor de las mercancías que han producido. Los capitalistas no pueden consumir estos bienes porque (1º) ellos y sus asistentes inmediatos hacen uso solamente de una parte de la riqueza inmediata producida, y (2º) el valor del resto debe convertirse primero en dinero antes de que pueda invertirse de nuevo. A menos que la producción estea sufriendo un colapso permanente, debe encontrarse un campo de venta para el excedente de mercancías proporcionadas…. Puesto que los límites en los que el mercado interno puede dilatarse están dados por el poder adquisitivo de los salarios… el recurso debe ser tener que exportar.”

Luego muestra además cómo en el curso del desarrollo los propios países importadores se convierten en países exportadores. A estas alturas Hook ha alcanzado el límite situado por Luxemburgo; pero mientras que ella salió de él, Hook no lo hace, pues claro, él rechaza con Lenin la “naturaleza mecanicista” de esta idea del derrumbe. En cambio, repite meramente una vez más su punto de partida (p.207):

Este proceso está acompañado por crisis periódicas de sobreproducción. Se vuelven progresivamente peores tanto en las industrias locales como en la industria en conjunto. Las relaciones sociales bajo las que la producción se mantiene, y que hacen imposible para los trabajadores asalariados reapropiarse en cualquier momento de lo que han producido, conduce a una inversión de capital más elevada en las industrias que generan bienes de producción que en las industrias que producen bienes de consumo. Esta desproporción entre la inversión en bienes de producción y la inversión en bienes de consumo es permanente bajo el capitalismo. Pero una vez acabados, los bienes de producción deben por último emplearse en plantas que fabrican los bienes de consumo, las cantidades de mercancías lanzadas al mercado, y para las que no puede encontrarse comprador, se amplían aún en mayor medida. En el momento que estalla la crisis, y en el periodo inmediatamente precedente, el trabajador asalariado puede estar ganando más y consumiendo más que usualmente. Por consiguiente, no es el subconsumo de lo que el obrero necesita lo que causa la crisis… sino su subconsumo en relación a lo que produce. Consecuentemente, un incremento en el nivel de vida absoluto bajo el capitalismo… no eliminaría la posibilidad de la crisis.

Todos los factores involucrados en la interpretación de Luxemburgo están aquí repetidos de una forma más primitiva. La diferencia es que Hook no comparte con ella la conclusión que delineó. Tenemos aquí en Hook la desproporción entre las dos grandes secciones de la producción social, la sobreproducción de mercancías, la imposibilidad de realizar la plusvalía en ausencia de mercados frescos en los países no capitalistas. En resumen, como pasaba con Luxemburgo, para Hook el mundo capitalista se ahoga bajo su superfluidez [o flujo excesivo] de plusvalías que no pueden convertirse en dinero (realizarse). La única diferencia entre las dos formulaciones es que donde Luxemburgo habla de derrumbamiento, con Hook el proceso se detiene en la crisis. Pero todos estos factores de la crisis tienen sus puntos de apoyo en el proceso de circulación, y de aquí que no estean encajados en la esencia del capitalismo.

Sabemos, sin embargo, que Marx desarrolló su teoría de la acumulación primero sobre la base del capital total; en éste, no existe ningún problema de circulación, no hay ni una sobreproducción absoluta ni incluso un “subconsumo” relativo, y los obreros reciben constantemente el valor de su fuerza de trabajo. Incluso en este capitalismo “puro” pintado por Marx, aunque todos los factores de la crisis dados por Hook están ausentes, Marx demuestra todavía que incluso ese capitalismo ideal deberá derrumbarse, y con ningún otro fundamento que el de la contradicción contenida en la producción de valor. Cuando Engels, en el pasaje que Hook cita del Anti-Dühring (p.213), dice que “en la forma de valor de la mercancía hay ya encubierta embrionariamente la forma total de la producción capitalista, la oposición entre capital y trabajo, el ejército industrial de reserva, la crisis“, esto sobreentiende que los fundamentos de la crisis serán buscados en la esfera de la producción, no de la circulación. El mismo Hook dice (p.213):

De modo similar, en interés del análisis, él (Marx) fue compelido a asumir, al comienzo, que el intercambio de mercancías tenía lugar bajo un sistema de capitalismo “puro” en que no había ningún vestigio del privilegio feudal y ningún principio de monopolio; que la totalidad del mundo comercial pudiera considerarse como una nación; que el modo capitalista de producción domina toda la industria; la oferta y la demanda estaban constantemente en equilibrio: que habiéndose abstraido de los inconmensurables valores de uso de las mercancías, la única calidad relevante y mensurable que salió a determinar los valores por los que se cambiaban las mercancías, era la cantidad de fuerza de trabajo socialmente necesaria gastada en ellas.”

¿Por qué, podemos preguntar, Marx demostró primero el funcionamiento de la ley del valor en un capitalismo “puro“? Encontramos una excelente respuesta en los textos póstumos de Lenin: “Procediendo de lo concreto a lo abstracto, el pensamiento… con tal de que sea correcto… no se aparta de la verdad sino que se acerca. La abstracción de la materia, de la ley natural, la abstracción del valor, etc… en resumen, todas las abstracciones científicas reflejan la naturaleza de la forma más completa y más profunda. De la contemplación viva al pensamiento abstracto y de este a la práctica… ése es el camino dialéctico hacia el conocimiento de la verdad.

La ley del valor reveló lo que la realidad concreta, el mundo superficial de la apariencia, ocultó; el hecho de que el sistema capitalista, como por la necesidad de una ley natural, debe derrumbarse. Marx abstrayó en primer lugar todas las contradicciones secundarias de ese sistema, para mostrar el efecto ejercido por la ley de valor como una “ley interna” del capitalismo, para posteriormente, con las modificaciones introducidas por la realidad concreta, señalar el carácter puramente temporal de las tendencias que surgen de las modificaciones y operaciones contra las tendencias al derrumbamiento, que confirman la ley del valor como el factor determinante en última instancia. La ley de valor explica la caída de la tasa de ganancia –un índice de la caída relativa de la masa de ganancia–. El crecimiento de la masa de ganancia puede compensar la caída de la tasa de ganancia sólo durante un tiempo. Si la masa de ganancia cayese primero relativamente, respecto al capital total y al requerimiento de la acumulación ulterior, a largo plazo caería de un modo absoluto.

No es lo que Hook aduce como un factor de crisis lo que puede considerarse como lo principal; al contrario, la cuestión debe entenderse exactamente de la manera inversa. Hook puede citar a Marx para apoyar su planteamiento de que la causa de la crisis es la contradicción entre la producción y el consumo. Pues de hecho, de acuerdo con Marx, “la base final de todas las crisis reales es la pobreza y el consumo limitado de las masas, en contraste con el impulso de la producción capitalista para desarrollar las fuerzas productivas como si su único límite fuera la capacidad de consumo absoluta de la sociedad“… “Pero no podría haber nada más insensato“, escribe Lenin (La teoría marxiana de la realización), “que deducir de este pasaje del Capital que Marx habría planteado la imposibilidad de realizar la plusvalía en la sociedad capitalista o que habría explicado la crisis como el resultado del consumo insuficiente“. Una sobreproducción o subconsumo (lo que finalmente equivale a lo mismo) está necesariamente circunscrito a la forma física de la producción y del consumo. Pero en la sociedad capitalista el carácter material de la producción y del consumo no juega un papel que podría explicar la prosperidad o la crisis. Por mucho que esto pueda ofender “a la lógica“, el capital se acumula, de hecho, por causa de la acumulación. La producción material, así como el consumo, se deja en el capitalismo a los individuos; el carácter social de sus trabajos y de su consumo no está directamente regulado por la sociedad, sino indirectamente por la vía del mercado. El capital no produce cosas, sino valores (de cambio). Pero incluso aunque no sea así, sobre la base de la producción de valor, en condiciones de adaptar su producción y su consumo a las necesidades sociales, estas necesidades reales deben ser tenidas en cuenta, no obstante, si la población no va a perecer. Si el mercado ya no está en las condiciones adecuadas para satisfacer estas necesidades, entonces la producción para el mercado, la producción de valor, será echada a un lado por la revolución, para hacer sitio para una forma de producción que no estea socialmente regulada mediante el rodeo del mercado, sino que tenga un carácter directamente social, y pueda, en consecuencia, ser planificada y sea apta para ser dirigida de acuerdo con las necesidades de los seres humanos. Desde el punto de vista del valor de uso, la contradicción entre producción y consumo en la sociedad capitalista es demencial, pero tal punto de vista no se sostiene para la producción capitalista. Desde el punto de vista del valor, esta contradicción es el secreto del avance capitalista, y cuanto mayor es esta contradicción mejor se desarrolla el capital. Pero por esta misma razón, la acumulación de esta contradicción debe llegar finalmente a un punto que conduce a su abolición, puesto que las condiciones de vida y de producción reales son, después de todo, más fuertes que las relaciones sociales objetivizadas. Por eso, la base última de todas las crisis reales es todavía la limitación del consumo de masas, en contraste con el impulso para, así, desarrollar las fuerzas de producción como si la capacidad de consumo fuese ilimitada. En la producción capitalista de valor, la apropiación de la plusvalía está limitada por la posibilidad de la explotación. El consumo de los obreros no puede reducirse a cero; y es sólo por esa razón que hay un límite económico absoluto, puesto que la producción de valor sólo puede tender a acercarse más y más a este cero punto. Las contradicciones capitalistas surgen de la contradicción entre los valores de uso y el valor de cambio. Esta contradicción convierte la acumulación de capital en acumulación de empobrecimiento. Si el capital desarrolla el margen del valor, asímismo simultáneamente, y en idéntica medida, destruye su propia base, con lo cual disminuye continuamente la parte de sus propios productos que desembocan en los productores. Esta parte no puede ser suprimida absolutamente, ya que el instinto natural de autoconservación por parte de las masas es más fuerte que una relación social, y también porque el capital sólo puede ser capital mientras explote a los obreros, y los obreros muertos no pueden ser explotados.

Para asumir por un momento la posición imposible adoptada por Hook, uno podría decir mucho mejor que la crisis acontece porque este “subconsumo” relativo, y posteriormente absoluto, por parte de los trabajadores no es suficientemente grande, porque no puede aumentar suficientemente a causa de que el “subconsumo” se presenta demasiado poco. No es el subconsumo, sea relativo o absoluto, lo que produce el desempleo; sino que es el subconsumo insuficiente, o sea, la masa insatisfactoria de beneficios, la imposibilidad de aumentar la explotación en la proporción necesaria, la pérdida de perspectivas para la acumulación rentable, lo que produce la crisis y el desempleo.

No es porque estea presente demasiada plusvalía por lo que no puede convertirse en dinero; sino porque no le basta para satisfacer las necesidades de la acumulación ulterior sobre la base de la producción de beneficios, por lo que no se reinvierte. Debido a que se produjo demasiado poco capital, ya no puede funcionar más como capital y hablamos de sobreacumulación de capital. Mientras la masa de plusvalía podría incrementarse correspondientemente, para ser suficiente para la acumulación ulterior, seguimos adelante de crisis en crisis, interrumpidas por periodos de prosperidad. Mientras era posible en los puntos de riesgo de la crisis incrementar la apropiación de plusvalía a través de la agudización de la explotación y a través del proceso de expansión, era posible superar la crisis únicamente para reproducirla en un plano más elevado del desarrollo. Una vez que las tendencias que actúan contra el derrumbe son eliminadas, o han perdido su efectividad en contraste con las necesidades de acumulación, la ley del derrumbe se afirma. La abstracción marxiana del capitalismo “puro“, la ley de valor, resulta ser una ley o proceso interno de la realidad capitalista; ley o proceso que en última instancia determina su desarrollo necesario. [3]

VIII

Ya hemos señalado la íntima conexión entre la peculiar actitud de Hook respecto a la teoría marxiana del valor en particular, y a las doctrinas económicas de Marx en general, y su desviación idealista de la dialéctica marxiana. Todos estos factores prosiguen ejerciendo su influencia perniciosa sobre la teoría de la revolución de Hook. En el capítulo titulado “Lucha de clases y psicología social” dice (p.228): “La división del plusproducto social nunca es un asunto automático, sino que depende de las luchas políticas entre las diferentes clases engranadas en la producción“. La lucha por la división de la plusvalía es, sin embargo, bastante limitada: un hecho que debe referirse porque es precisamente esta limitación lo que muestra lo que es la verdadera conciencia de clase. Por ejemplo, Marx señaló cómo el salario del obrero no puede exceder un cierto nivel durante cualquier gran lapso de tiempo ni a la larga puede hundirse debajo de un cierto nivel. La ley de valor es finalmente decisiva. E incluso independientemente de estas variaciones el derrumbe del capitalismo es exclusivamente manifiesto por la teoría del valor. Además, la lucha de clases no determina en última instancia la porción de la plusvalía que va al estrato medio, sino que esta porción determina su lucha. El proceso de concentración es más fuerte que las tácticas defensivas de las clases medias. Que estas clases existan a pesar de todo, es debido al hecho de que el capital, mientras destruye los elementos de la clase media por un lado, continúa reproduciéndolos por el otro. Ciertamente, la división de la plusvalía no es un proceso automático, ciertamente la lucha de clases en la totalidad del proceso dialéctico contribuye a determinar esta porción, pero fuera de la lucha por la distribución de la plusvalía se levanta, en el curso del desarrollo, una lucha por la abolición del sistema del beneficio, queramos nosotros o no.

Hasta ahora, durante años a los obreros de todo el mundo se les ha pagado menos de su valor, y este hecho es sólo otra indicación de la permanencia de la crisis presente. En la crisis de muerte del capitalismo la población activa sólo puede volverse más afligida por la pobreza; si lucha para una porción más grande de la plusvalía, entonces prácticamente está luchando por la abolición de la producción de plusvalía, incluso sin ser consciente de este hecho y de sus consecuencias.

La oposición de clase inherente a las relaciones de producción determina la naturaleza de la lucha de clases. Se forman los partidos políticos, puesto que fracciones de los trabajadores se vuelven conscientes de la necesidad de la lucha de clases más rápidamente que la gran masa. Si el partido puede, por un lado, acelerar el desarrollo general y acortar la agonía del nacimiento de la nueva sociedad, también puede, inversamente, dilatar el desarrollo y actuar como un obstáculo en el camino. De acuerdo con esto, cuando uno habla como lo hace Hook, de la necesidad del partido y además se compromete uno mismo con él en la idea de que sin un partido una revolución triunfante está descartada, entonces en primer lugar de lo que él está hablando es una abstracción y, segundo, él identifica el partido con la revolución o con la conciencia de clase; con la ideología marxiana. De hecho, si la conciencia de clase revolucionaria, que en el partido toma la forma de una ideología, está obligada a manifestarse en el partido… ésa es una cuestión que no puede establecerse en abstracto sino solamente en el sentido práctico. No es únicamente en la forma específica del partido donde la conciencia de clase, que se ha convertido en una ideología, necesita expresarse. Esa conciencia puede también asumir otras formas, por ejemplo, la forma de células de fábrica, y éstas serían lo que el partido es aún hoy. La afirmación de que sin conciencia de clase cristalizada en una ideología una revolución está descartada no es debatible, aunque sólo por la razón de que el marxismo, que no separa el ser de la conciencia, presupone que en un periodo revolucionario los elementos conscientes, también, están presentes como algo natural. Cuanto más fuertes sean éstos, mejor; pero como pueden ser débiles, la conciencia de clase para el marxismo no es una ideología, sino las necesidades de la vida material de las masas, sin tener en cuenta su posición ideológica. La idea de Hook de la revolución como un asunto de partido pertenece a un periodo que ya está sobrepasado –el periodo del reformismo, por el cual el marxismo se había congelado en una ideología, y cuya posición Hook, a pesar de toda su crítica, aprueba ahora después de todo–.

Si en la situación presente el partido será considerado todavía como un centro para la cristalización de la conciencia de clase, sólo puede determinarse, como ya se expuso, por la práctica actual. Y aquí, si Hook estuviera obligado a proporcionar una prueba de la necesidad del partido, fracasaría desconsoladamente. Hoy el partido no es nada más que un estorbo para el despliegue de la conciencia de clase real. Dondequiera que la conciencia de clase real se ha expresado, en los últimos treinta años, ha asumido la forma de comités de acción y de consejos obreros. Y en esta forma organizativa la conciencia de clase, expresándose en la acción, han visto todos los partidos un poder hostil que combatieron. La historia revolucionaria europea del siglo XX será investigada en vano por un único caso en el que el partido, en una situación revolucionaria, tuvo la dirección del movimiento; en todas las ocasiones ese movimiento estaba en las manos de los comités de acción, de los consejos espontáneamente formados. Dondequiera que los partidos se pusieron a la cabeza de un movimiento, o se identificaron con él, sólo era para despuntar su filo. Los ejemplos: la revolución rusa –y la alemana–.

Ni la socialdemocracia ni los bolcheviques fueron ni son capaces de concebir un movimiento que no controlen. Los bolcheviques nunca han sido otra cosa que socialdemócratas radicales. En la pugna sobre la forma de organización del movimiento de la clase obrera, tan implacablemente sostenida entre Lenin y Rosa Luxemburgo, la historia ha decidido finalmente a favor de Luxemburgo. El reconocimiento de este hecho histórico puede sin duda retardarse por el “socialismo” ruso de Potemkin [4], pero la historia misma se alza ahora en lugar de Rosa Luxemburgo y, con las derrotas más vergonzosas inscritas en sus anales, machaca en las cabezas de los trabajadores que la revolución no es una materia de partido sino el asunto de la clase. La concepción de Lenin del partido, con la que Hook se compromete, es específicamente rusa, completamente sin sentido para la Europa y América industriales.

Si la dictadura del partido –qué necesariamente lleva a la burocracia– era una necesidad para Rusia, donde, debido al atraso del país, el sistema de soviets puede admitirse meramente como una frase y no como una realidad, sin embargo los soviets genuinos constituyen la única forma en que la dictadura proletaria puede expresarse en los países desarrollados. No más sobre el partido, sino sobre las masas mismas, debe depositarse el peso de la decisión revolucionaria. El partido de la reforma acabó con la traición social de la Segunda Internacional en la Guerra Mundial. La “socialdemocracia revolucionaria“, el partido de Lenin, la Tercera Internacional, vino a su ignominioso final en la colisión con el fascismo. Los actos del capitalismo desenmascararon la lucha fingida mantenida por estas organizaciones. El fin de la Tercera Internacional podría verse tan cercano como en 1920, cuando los revolucionarios fueron expulsados para no perder el contacto con el mixto U.S.P.D. (socialistas independientes) y los otros partidos de masas medio reformistas. La lucha contra el cretinismo parlamentario emprendida con tal muestra de enconamiento por el “parlamentarismo revolucionario“, acabó en el “cretinismo parlamentario revolucionario“, que en su ansia de detener la acción inscribió en su bandera (1933): “¡No Hitler, sino Thalmann le dará comida y trabajo! ¡Contesta el fascismo el 5 de marzo! ¡Elige a los comunistas!” ¿A qué partido se refiere Hook cuando habla del partido como una necesidad? ¿Está pensando en la bufonería de los trotskistas, que al mismo tiempo reivindican la revolución permanente y créditos a largo plazo para Rusia, o el chiste político de los brandleritas, que una vez creyeron que la dictadura del proletariado era posible dentro del marco de la Constitución de Weimar? Seguramente, Hook habla (en su libro) del partido en abstracto, pero no obstante siempre quiere decir el partido de Lenin, que contiene y desarrolla todo lo que condujo a la disolución del movimiento obrero tal como ha existido hasta ahora, sin que por esa razón condujese a un movimiento obrero real.

El partido tiene todavía todo por hacer excepto impedir el desarrollo de la iniciativa de masas. No se ha revelado como un instrumento de la revolución, sino que ha impuesto su voluntad sobre el movimiento. La identificación del partido con la revolución ha conducido a la organización de las masas a cualquier precio, pues el partido tenía ahora que tomar el lugar del movimiento de masas. En el mejor de los casos, no obstante, el partido no es nada más que un instrumento de la revolución, no la revolución misma.

La concepción mecanicista del materialismo dialéctico sostenida por Lenin, que Hook adopta en las más variadas conexiones a lo largo de su libro, una concepción que no veía en la conciencia nada más que el reflejo del mundo externo, necesariamente llevaba también a infravalorar el papel de la espontaneidad en la historia. Aunque Hook descarta el mecanicismo de Lenin, no evita los errores a que este mecanicismo da lugar –como, por ejemplo, el rechazo de la espontaneidad— [#]. Lenin compartió con Kautsky la idea de que “no el proletariado sino la intelectualidad burguesa deben considerarse como los representantes de la ciencia“. Para Kautsky, la conciencia socialista no es idéntica con el proletariado, sino que es traída a los obreros desde el exterior. Ésta es la tarea del partido en el sentido kautskiano. Para Marx, sin embargo, la lucha de clases es idéntica con la conciencia de clase. Ni Kautsky ni su pupilo Lenin podían comprender esto. En su folleto ¿Qué hacer? Lenin escribe:

No puede concevirse una ideología separada, madurada por las masas obreras mismas en el curso de su desarrollo… La historia de todos los países da testimonio de que la clase obrera, por sí misma, sólo es capaz de desarrollar una conciencia sindicalista… es decir, la convicción de la necesidad de agruparse juntos en uniones, de dirigir una lucha contra el patrón, de exigir del Gobierno esta o esa medida legislativa en interés de los trabajadores, etc. La doctrina socialista, sin embargo, ha procedido de las teorías filosóficas, históricas y económicas que crearon los representantes ilustrados de las clases poseedoras, los intelectuales.”

El conjunto del movimiento obrero hasta hoy ha tomado una conciencia idéntica con la ideología socialista. Por tanto, si la organización, considerada como la ideología organizada, estaba creciendo, eso significaba que la conciencia de clase estaba aumentando. El partido expresó la fortaleza de la conciencia de la clase. El ritmo de la revolución era el ritmo del triunfo del partido. Por supuesto, las relaciones estaban condicionadas por el buena gana con que las masas aceptaban la propaganda del partido, pero las masas mismas, sin la propaganda, eran incapaces de dirigir un movimiento genuino. La revolución dependía de la propaganda correcta. Esto dependía a su vez de la dirección del partido, y esto del genio del líder. Y así, si bien de forma indirecta, la historia era sólamente, después de todo, en último análisis, la obra de los “grandes hombres”.

Hasta que punto el movimiento de la clase obrera es todavía dominado por esta concepción burguesa de “hacer la historia” se muestra por la impudencia de los derrotados estrategas del partido comunista, cuya única respuesta a la crítica revolucionaria hoy es la afirmación de que la derrota del proletariado alemán en 1933 es nada menos que una jugada magistral por parte de los revolucionarios profesionales. Así, el órgano del partido comunista, Contraataque, escribe, con fecha del 15 de agosto (1933) de su exilio en Praga: “Hay perros poco inteligentes que corren detrás del tren e imaginan que lo están persiguiendo. Entretanto, los constructores de tesis se sientan en sus mesas y calculan la velocidad del tren en relación con su suministro de carbón, para determinar el momento preciso en el que puede descarrilar con mayor certeza.” Ninguna crítica, por favor, sólo paciencia; el comité central hará el trabajo. Hoy todavía está calculando, pero mañana –¡ah, mañana…!–. Entretanto, los grandes estrategas se infunden confianza de su grandeza los unos a los otros y el movimiento de la clase obrera está siendo absorbido en el mar de estupidez del partido comunista, cuya mayor sabiduría ha sido bien expresada en las simples palabras del camarada Kaganovich: “El dirigente del comunismo mundial, el camarada Stalin, el mejor pupilo de Lenin, es el más grande materialista dialéctico de nuestra época“… Ése es el nivel del movimiento obrero actual, que ve en el partido la revolución misma y mientras tanto ha degenerado en el más fuerte baluarte de la contrarrevolución.

Nombrar a Marx y Lenin juntos como lo hace Hook cuando dice: “Marx y Lenin comprendieron que, dejada a sí misma, la clase obrera nunca desarrollaría una filosofía socialista“, es quizás justo para Lenin, pero nunca para Marx. Para Marx, el proletariado es la actualización de la filosofía; la existencia del proletariado, sus necesidades vitales, su lucha, sin tener en cuenta sus necedades ideológicas… ¡ése es el marxismo vivo!

Por mucho que Hook pueda insistir en que “el antagonismo de clases sólo puede desarrollarse hasta la conciencia revolucionaria bajo la dirección de un partido político revolucionario“, pensando que con ello ha rendido justicia al papel de la conciencia de clase en la historia; si imagina que por eso ha rotulado la teoría de la espontaneidad con la etiqueta mecanicista, en tal caso ha hecho lo mismo con el mecanicismo de Kautsky y Lenin y participa de su visión antidialéctica del marxismo —una visión que se ilustra mejor como antidialéctica precisamente en el rechazo del factor de la espontaneidad–.

De la misma manera antidialéctica y absoluta con la que Hook aborda la cuestión del partido, también aborda todas las demás cuestiones que tienen que ver con la conciencia. Simplemente a modo de ejemplo, permítasenos tomar el parlamentarismo. Hook escribe (p.302): “En todas partes debe emprenderse una lucha por el sufragio universal… no porque esto cambie la naturaleza de la dictadura del capital, sino porque elimina fuentes de confusión y permite que la cuestión de la propiedad salga claramente al frente“. En realidad, sin embargo, el parlamentarismo en una cierta época histórica no sólo elimina muchas fuentes de confusión, sino que también crea nuevas ilusiones, que en otras situaciones históricas se vuelven completamente contra el proletariado. Si el sufragio universal fue una vez grito político de agrupamiento del proletariado, en la actualidad esta reivindicación puede haberse vuelto –y se ha vuelto– completamente carente de sentido. Si la lucha por el voto fue una vez una lucha política, ahora está convirtiéndose en una lucha fingida que meramente distrae la atención de la real. Si el viejo movimiento obrero ya descendido en el cretinismo parlamentario, la reivindicación actual en favor de la actividad parlamentaria es un crimen. Pues la necesidad de hoy es la vivificación de la iniciativa de masas y el desarrollo de la acción directa de los trabajadores –una necesidad que está desviándose a cauces inocuos a través de la actividad parlamentaria–. El parlamentarismo –inclusive el de “marca revolucionaria”– es la traición a la clase. Y no necesitamos dirigirnos a Marx: el marxismo no sería marxismo si la tarea propia del movimiento obrero en los tiempos de Marx y Engels fuese todavía al detalle su propia tarea hoy.

IX

Recapitulando, podemos decir del libro de Hook que, en comparación con el hasta ahora marxismo embrionario en los Estados Unidos, sin duda será considerado como un avance. Es enteramente adecuado para servir como punto de partida para una nueva y muy necesaria discusión, con objeto de construir el contenido del nuevo movimiento obrero ahora en proceso de formación. Como opuesto al “ortodoxismo” de la escuela kautskiana, Hook expone debidamente lo activo como el elemento esencial del marxismo. Pero en cuanto a que es realmente la conciencia revolucionaria, a la que todo el libro se dedica… Hook sólo es capaz de explicarla al modo kautskiano. También para Hook, la conciencia de clase, a pesar de todos sus esfuerzos para lo contrario, sigue siendo absolutamente nada más que ideología. En Marx, sin embargo, la existencia del proletariado es al mismo tiempo la existencia de la conciencia de la clase revolucionaria proletaria, pues a partir de sus necesidades sociales el proletariado sólo puede actuar, y debe actuar, de acuerdo con el marxismo; pero para Hook esta conciencia ya se vuelve ideología; el partido, es el punto central de su concepción de la revolución. Abandona así su propio punto de partida, el de la totalidad dialéctica, y aunque contra su voluntad, retrocede al idealismo. Ciertamente, Hook sale al paso con Lenin del “ortodoxismo” de la escuela kautskiana, pero sólo para detenerse al poco con la nueva edición del “ortodoxismo“. La necesidad, sin embargo, es completar el paso a medias dado por Lenin. Para ese fin primero era requerido el derrumbe político de la Tercera Internacional. Pero, para apelar de nuevo, como Hook, a la ya históricamente sobrepasada posición de Lenin, pretende detenerse a medio camino. Después de todo, como Karl Korsch ha expresado tan admirablemente en su libro Marxismo y Filosofía: “En las discusiones fundamentales tocantes a la totalidad de la situación del marxismo actual, en todas las cuestiones grandes y decisivas la vieja ortodoxia marxiana de Karl Kautsky y la nueva ortodoxia del marxismo ruso o leninista, estarán, a pesar de todas las pequeñas y secundarias disputas pasajeras, juntos en un mismo lado, y todas las tendencias críticas y progresivas en la teoría del presente movimiento de la clase obrera presente estarán en el otro.”

X

El “marxismo ortodoxo“, escribe Georg Lukacs en su libro Historia y Conciencia de Clase (y pensamos que tiene razón), “no significa una aceptación acrítica de los resultados de las investigaciones de Marx, no significa una “creencia” en esta o aquella tesis, ni la exégesis de un “libro sagrado”. La ortodoxia en las cuestiones del marxismo se relaciona, de modo preferente, exclusivamente con el método. Es la convicción científica de que este método puede expandirse, extenderse y profundizarse sólo en el sentido de su fundador. Y esta convicción descansa en la observación de que todos los esfuerzos por superar o “mejorar” ese método han llevado, y tan necesariamente, sólo a la trivialidad, a la vulgaridad y al eclecticismo…“. Pero aunque los resultados obtenidos por medio del método marxista pueden ser estimados de modo totalmente diferente, la mayoría de los intérpretes confía casi exclusivamente, como ellos mismos afirman, en el materialismo dialéctico. El método es a menudo subordinado a las interpretaciones, así como una herramienta puede emplearse de maneras diferentes, por personas diferentes, y para finalidades diferentes. Y así surge una propensión actual, como ilustró Herman Simpson [5], a designar el método dialéctico como “una herramienta para gigantes“, que puede ser manejada mejor por una persona y peor por otra, y esta circunstancia se toma para indicar su grandeza revolucionaria. Pero esta actitud “respetuosa” descuida realmente el hecho de que el método dialéctico es sólo el movimiento real, concreto, captado dentro, y parcialmente determinado, por la conciencia. La continuidad del proceso se ha comprendido, y uno interviene en el proceso como un resultado de esa comprensión.

Con el avance del desarrollo humano general, el papel de la conciencia se incrementa. Llegado un punto elevado del desarrollo, sin embargo, como las relaciones capitalistas de producción impiden el despliegue ulterior de las fuerzas productivas, del mismo modo impiden también la aplicación plena del factor consciente en el proceso social. Y, no obstante, la conciencia debe finalmente afirmarse y, bajo tales condiciones, sólo puede hacerlo volviéndose concreta, [creciendo en concrección]. Las personas hacen por necesidad lo que harían por su propia voluntad dentro de relaciones de libertad. De la misma manera que las fuerzas productivas (aunque restringidas por las relaciones productivas) se afirman eruptivamente, por los cauces revolucionarios, así también lo hace la conciencia. El materialismo dialéctico no pone evolución y revolución enfrentadas la una contra la otra, sin percibir al mismo tiempo su unidad. Cualquier evolución se convierte en revolución, y todas las revoluciones tienen fases evolutivas. Que esa conciencia puede manifestarse de varias maneras es, por consiguiente, algo natural para el marxismo. Lo que se designa como conciencia en los periodos de desarrollo tranquilo, pacífico, no tiene nada que ver con la conciencia de clase con que las masas están henchidas en los períodos revolucionarios, aunque la una condiciona la otra y aunque no podemos separar las dos sin percibir al mismo tiempo su unidad.

Justo como la relación de intercambio en el capitalismo, aunque sólo una relación entre personas y no una cosa palpable, cumple funciones totalmente concretas, se objetiviza, del mismo modo ahora, en la situación revolucionaria, la alternativa (una absolutamente realista para la gran masa de los seres humanos) Comunismo o Barbarie se convierte en una práctica activa, como si esta actividad saltase directamente de la conciencia. Si las relaciones pueden llegar a ser objetivizadas (verdinglicht) y asumir una forma palpable, así también, inversamente, las cosas pueden ser transformadas en relaciones. La situación realista se convierte en una relación revolucionaria, que como tal llena e impele a las masas, aunque la conexión total de los acontecimientos no sea comprendida por ellas intelectualmente. Es únicamente por esta razón por lo que ese otro dicho está justificado: “Im Anfang war die Tat!” (¡En el comienzo era la acción!). El levantamiento de masas, sin el que un derrocamiento revolucionario es imposible, no puede desarrollarse a partir de la “conciencia intelectual“: las relaciones capitalistas de la vida excluyen esta posibilidad, pues la conciencia es finalmente, en definitiva, sólo la conciencia de la práctica existente. Las masas no pueden ser “educadas” para convertirse en revolucionarias conscientes; y todavía la necesidad material de su existencia las compele a actuar como si actualmente hubieran recibido una educación revolucionaria: se vuelven “conscientes-en-acto“. Sus necesidades vitales deben recurrir a la posibilidad revolucionaria de expresión, y una vez aquí, para usar una expresión de Engels, un día de revolución tiene más peso que veinte años de educación política.

Esto no es ningún secreto para cualquiera que haya participado directamente en una insurrección revolucionaria. En los campos de batalla, los obreros que son ideológicamente más atrasados a menudo se vuelven los revolucionarios que luchan más enconadamente, no porque hayan cambiado ideológicamente la noche pasada, sino porque no había para ellos ninguna otra salida que tomar, pues de otra parte habrían sido cercenados, simplemente por el hecho de que eran obreros. Tienen que defenderse a sí mismos, no porque deseen luchar sino porque “quieren vivir”. En el caso de los obreros combatientes del ejército rojo del distrito del Ruhr, por ejemplo, era imposible registrar cuales de ellos eran católicos estrictos y cuales comunistas conscientes. El levantamiento abolió estas distinciones. Y esto no sólo es una verdad del distrito de Ruhr. Una historia de la revolución sin la masa anónima como su “héroe” no es una historia de la revolución.

Pero si la propia lucha de clases real toma para sí la función de la conciencia, esto no significa que la conciencia no sea capaz de expresarse también como conciencia (pensamiento). Totalmente lo contrario. Se vuelve concreta para ser capaz de funcionar como conciencia, así como, por otro lado, las relaciones reales de la vida bajo el capitalismo se afirman, ciertamente, por la vía del mercado, y, no obstante, también en su actualidad. La modalidad indirecta, condicionada a través de la producción de valor, explica las malfunciones del mecanismo económico y la necesidad de la revolución. Sólo por esta razón las personas, como dice Marx, no hacen su historia fuera del tejido total [de las relaciones sociales]; las relaciones, en este caso las capitalistas, les compelen a acciones que se consagran a la superación de esta compulsión.

Debe hacerse referencia a este respecto al hecho adicional de que el movimiento de masas es algo diferente de lo que el individuo es capaz de comprender como tal, dado que su entendimiento está parcialmente determinado por sus condiciones individuales. Igualmente, el movimiento de un grupo no es lo mismo que el de la masa. Cada grupo, aunque sólo a causa de su tamaño, tiene leyes diferentes de automovimiento y reacciona diferentemente a la influencia externa. La voluntad y la conciencia del individuo, como las del grupo, son incapaces de reconocer adecuadamente y juzgar el movimiento de masas. El individuo o el grupo no pueden identificarse más con el movimiento revolucionario que el océano compararse con un vaso de agua. El “dirigente” y el “partido“, precisamente porque son tales, pueden captar y buscar determinar el movimiento revolucionario solamente con referencia a ellos mismos; pero, no obstante, este movimiento sigue sus propias leyes. Ganar influencia en el movimiento sólo es posible para el individuo o el grupo cuando se subordinan a esas leyes. Sólo cuando siguen, no cuando compiten por seguidores, pueden considerarse como llevando más allá el movimiento. Esto no quiere decir (para usar una expresión de Lenin para designar una tendencia que él combatió) que el partido estea para formar la “parte de atrás” de la revolución, sino que buscará operar desde el punto de vista de la revolución, no desde el del partido, puntos de vista que son necesariamente diferentes. Esto, claro, no puede, por tanto, lograr realizarse completamente; pero la amplitud en que es capaz de acercarse al punto de vista de la revolución puede servir como una medida de su valor revolucionario. Si el partido no se toma a sí mismo como punto de partida, esto implica ya un reconocimiento del hecho de que, el método dialéctico, como deducido de la realidad, es sólo la imagen teórica de la realidad, y que sólo puede ser aplicado porque la persona que lo aplica está sujeta a ella. Pero el obrero más atrasado está sujeto al movimiento dialéctico exactamente de la misma manera que el “gigante” del Sr. Simpson; el anterior tiene que hacer lo que el otro no sólo tiene que hacer, sino que también quiere hacer. Dado que el movimiento dialéctico de la revolución es un movimiento social, es únicamente el imperativo de la multitud, no la voluntad de los individuos, lo que puede considerarse como la conciencia real. De hecho, las relaciones actuales excluyen totalmente la posibilidad de una voluntad social. La expresión social de la voluntad sólo llega a través del imperativo social. Por eso una concepción errónea del método dialéctico es una concepción errónea del propio movimiento real, aunque el movimiento no sea cambiado en nada a consecuencia de eso. Esto aclara también, no obstante, que el “gigante” de Simpson puede, en ciertas circunstancias, servir para llevar más allá el movimiento, pero no es decisivo en él.

XI

Un marxista ortodoxo tiene que rechazar el “ortodoxismo” de las escuelas kautskiana y leninista. Hook se opone al dogmatismo de estas escuelas [6], pero sin comprender que ese “dogmatismo” sólo puede combatirse desde el punto de vista ortodoxo. La pseudo-orthodoxia de la socialdemocracia y de los bolcheviques no tiene nada que ver con el marxismo ortodoxo. Una vez al “ortodoxismo” kautsiano se le opuso el eslogan: “Volver a Marx con Lenin“. Hoy, uno está obligado a volverse contra Lenin con el eslogan ortodoxo: “Volver a Marx“. Ni Kautsky ni Lenín vieron en el método dialéctico algo más de una herramienta útil. Disputaron entre si sobre la manera de manejarla. Sus diferencias son, por consiguiente, de una naturaleza exclusivamente táctica (desatendiendo la confusión arbitraria de cuestiones tácticas con cuestiones de principios): no hay ninguna diferencia de principios entre ambos. Con el arma de la dialéctica, los dos quisieron hacer historia por el proletariado. El que ellos mismos podrían únicamente desempeñar el papel de un arma era, en consecuencia, un pensamiento que permanecía completamente extraño a ellos; se identificaron a sí mismos, como “gigantes de la dialéctica“, con el propio movimiento social dialéctico, y estuvieron necesariamente obligados a impedir el movimiento revolucionario real en la misma magnitud en que fortalecieron sus propias posiciones. Cuanto más hicieron por sí mismos, menos lograron para la revolución, pues la magnitud de su influencia dependida para ellos del desvanecimiento de la iniciativa de las masas. Estas últimas serían puestas bajo control, para que pudiesen ser dirigidas. Si, para Kautsky, la Iglesia era inconfesadamente el modelo de organización, para Lenin ese modelo era, por su propia confesión, la fábrica. Por unidad de la teoría y la practica ellos no entendieron nada más que la simple unificación dejefes y masas“; organización desde arriba hacia abajo, órdenes y obediencia, estado mayor y ejército. El principio burgués de organización tenía que servir también para los objetivos proletarios.

Pero la unidad de la teoría y la práctica sólo se origina a través de la acción revolucionaria misma; puede lograrse, bajo las relaciones capitalistas, sólo por los cauces revolucionarios, eruptivos, no a través de una “política astuta” que garantizase una armonía entre dirigentes y dirigidos. Pero tal acción puede únicamente ser llevada más allá o impedida; no puede fabricarse o evitarse, dado que depende de los movimientos económicos, y éstos no están todavía sujetos a la voluntad y la inteligencia humanas. El viejo movimiento obrero no entendió por conciencia de clase nada más de su propia visión del proceso histórico. El partido era todo, el movimiento perceptible únicamente por vía del partido. De este modo, surgió desde la lucha de clases entre capital y trabajo –en cuanto esa lucha era subordinada al partido– la lucha entre grupos diferentes por la supremacía sobre los trabajadores.

No hay mejor prueba de la corrección del método marxiano que la castración que el marxismo ha sufrido. Las cualidades de los epígonos sirven para ilustrar el desarrollo capitalista, e inversamente este desarrollo proporciona la explicación del epigonismo. En otras palabras, las varias escuelas del epigonismo, o revisionismo, pueden remontarse a las fases varias del desarrollo capitalista. El marxismo “original” ha sobrevivido a sus niños degenerados, y hoy el movimiento revolucionario está forzado, en el nombre de ese marxismo original, a una nueva orientación sobre la base de la adhesión ortodoxa al método marxista. El “malentendimiento” del método dialéctico en manos de los pseudomarxianos no se expresó en ninguna parte más claramente que en el abandono de la teoría marxista de la acumulación y el derrumbe. Los revisionistas alardearon del rechazo de esa teoría, y los marxistas “ortodoxos” contemporáneos no se aventuraron a defenderlo. El “malentendimiento” se expresó además en la separación de la filosofía marxiana de la economía. Había y hay “marxistas” que se “especializan” en la una o en la otra, quienes no alcanzan a entender que las leyes económicas son dialécticas. Cualquiera que, por ejemplo, abandona la teoría marxista del derrumbe no puede al mismo tiempo sostener el método dialéctico; y cualquiera que acepta el materialismo dialéctico “filosóficamente” no tiene opción salvo considerar el movimiento dialéctico de la sociedad actual como un movimiento de derrumbe.

La crisis mundial del capitalismo tenía primero que hacerse una realidad antes de que el problema del derrumbe pudiese llevarse de nuevo al centro de la discusión y por tanto, también, antes de que la lucha por la dialéctica marxiana pudiese reavivarse. No es tanta teoría sino la realidad misma lo que ahora sirve para el desarrollo ulterior del marxismo. Pero este desarrollo ulterior es hoy, en realidad, sólo la reconstrucción del marxismo original, que está siendo depurado de la corrupción de los epígonos. Se vuelto claro que las “abstracciones” marxianas eran más reales que los esfuerzos “realistas” que los epigonos hicieron para suplementarlas, con el deseo de darles “carne y sangre“, intentando “completar” el “torso“, etc. Entretanto, Kautsky ha rechazado completamente la dialéctica marxiana, y Lenin recomendó, poco antes su muerte, que el estudio de Hegel y del problema dialéctico en general se empezase nuevamente. Cincuenta años de “teoría marxista” ofrecieron como su resultado la confusión más irremediable. No ha llevado más allá el marxismo, sino que lo ha arrojado hacia atrás incluso antes de su punto de partida. Cualquier ortodoxismo real es cien veces superior al sucesor “marxiano”. El marxismo como teoría revolucionaria permanece en contradicción con el movimiento obrero que se estaba desarrollando en el periodo de ascenso del capitalismo, y, en consecuencia, fue modificado por ese movimiento de acuerdo con sus propias necesidades, modificación que luego fue confundida con la esencia.

Uno no está justificado a considerarse como defensor de una posición avanzada sólo porque no está conforme con el epigonismo, o porque tiene opiniones diferentes en esta o aquella cuestión. Uno debe rechazar completamente ambos, la socialdemocracia y el bolchevismo, así como todos sus vástagos, para situarse sobre una base marxista. Pero mientras Hook quiere renovar el marxismo por medio de la superación de varios “dogmas“, no ha combatido, en la lucha contra el dogmatismo, las crastraciones del marxismo, sino que en su ardor ha abandonado el marxismo mismo. Lo que él ataca como “dogmatismo” no ha sido atacado por primera vez; el grito de “dogmatismo” siempre ha sido usado como un argumento político contra las corrientes radicales en el movimiento obrero. Los mismos argumentos que Hook ahora dirige contra el “dogmatismo” del movimiento comunista “oficial” fue una vez lanzado por Lenin contra el movimiento consejista-comunista de izquierda, que era reacio a sacrificar la revolución mundial al capitalismo de Estado ruso. Y todavía con más anterioridad, la socialdemocracia dirigía estos mismos argumentos contra Lenin y el movimiento comunista en general. La lucha contra el dogmatismo, como ha sido dirigida hasta ahora, estaba limitada a una lucha contra las tendencias radicales en el movimiento obrero, tendencias que amenazaban con llegar a ser peligrosas para las organizaciones ya establecidas y sus propietarios. El debate de preguerra dentro de la socialdemocracia, dirigido contra la oposición revolucionaria, el argumento de la socialdemocracia contra los bolcheviques, las exhortaciones de Lenin contra los comunistas consejistas, y ahora la lucha de Hook contra el “dogmatismo” son totalmente indistinguibles. Todos fueron acusados de dogmatismo: la socialdemocracia, mientras tuvo un carácter revolucionario; los bolcheviques, mientras fueron revolucionarios; y el movimiento consejista, porque se dirigió contra la autosuficiencia de los partidos. Todas las posiciones ideológicas (incluyendo la de Hook) dirigidas contra el movimiento radical fueron asumidas bajo el pretexto de combatir el dogmatismo. El socialdemócrata Curt Geyer ha proporcionado la mejor expresión de sus características comunes, y sus argumentos se asemejan perfectamente a los de Hook. Geyer escribe [7]:

El comunista radical cayó en el error de confundir la probabilidad con la necesidad, de ver en las tendencias económicas e históricas establecidas por sí mismas, leyes en el sentido de las leyes naturales de las primeras ciencias de la naturaleza, leyes que son dadas a priori y gobiernan el mundo como una providencia ciega… Su filosofía de la historia revela un rasgo sumamente mecanicista. El papel del proletariado como un factor activo en el desarrollo histórico, en general el papel del hombre en la historia, no vale de mucho en el fondo… Este mecanismo descansaba, en parte, en la derivación de todo el desarrollo histórico a partir de la economía, que era concebida como automotora, y en parte, en una concepción teleológica de la función de las masas en la historia. El radicalismo atribuye a la masa la capacidad de conseguir una percepción propia de una determinada situación histórica y de su función en el desarrollo general, no intelectualmente, es cierto, sino instintivamente, y de aquí la capacidad de asumir la acción instintivamente en la dirección del progreso social. Esta capacidad se remonta a una conciencia de clase mística que guía la actitud de la masa y de este modo el curso de la historia –una conciencia de clase que surge automáticamente, como a través de una necesidad de la naturaleza, a través de la posición de clase de las masas, como el efecto de la causa. Esta conciencia de clase no es vista por el radicalismo como la visión intelectual del individuo dentro de su situación social y la concepción de esa situación desde el punto de vista de una determinada filosofía social, sino como un algo místico que puede existir fuera del contenido de la conciencia del miembro de la clase y no entra en la conciencia excepto (y aquí tenemos la fase teológica de esta concepción) bajo determinadas condiciones, es decir, cuando el avance social lo requiere. Y así, para el radicalismo, la acción de las masas siempre se encuentra en la dirección del progreso social…

La acusación de Geyer de confundir la probabilidad con la necesidad es una frase vacía. La probabilidad presupone la posibilidad de decisión; según Geyer, y también según Hook, uno puede decidir a voluntad de tal o cual manera. Cuando y por qué, no depende, según ellos, directamente del hombre, pero sí lo hace. Esta concepción presupone para el movimiento social la existencia de una voluntad social, una cosa que, sin embargo, no está presente en la sociedad capitalista. Consecuentemente, esta concepción relaciona el movimiento social con la incertidumbre del individuo, lo que es naturalmente un sinsentido. Pero es precisamente este sinsentido lo que explica la introducción de la acusación de misticismo dirigida contra el radicalismo (o “dogmatismo“), dado que es evidentemente imposible para personas que sostienen tal visión concebir de cualquier otra manera que la “conciencia intelectual“, o, a lo más, aún conceder la validez de otras cosas que no sean “instintos“. La crítica de Geyer del radicalismo, tal y como ejemplificaba anteriormente, deja el radicalismo bastante indemne; se limita a revelar la debilidad de la “crítica“, que fracasó en comprender que en el capitalismo no es la “voluntad” sino el mercado sin voluntad lo que determina los destinos de la humanidad. No es el hombre quien determina en el capitalismo –y sólo en estos términos es posible hablar de probabilidad–, sino que la voluntad de la humanidad, así como la vida de la sociedad, están completamente sujetas al mercado, sus acciones son necesariamente las compelidas por la relación del mercado. Si no se conforman a esta compulsión del mercado, dejan de existir, en cuyo caso, naturalmente, en lo que hasta aquí les concierne, desaparece todo problema. La desorganización de esta relación de mercado, que actualmente está siendo efectuada por las crecientes fuerzas de producción y sin la adición suplementaria de la voluntad por parte de la humanidad, no está condicionada sino que es necesariamente, porque no tiene que hacer nada con la voluntad. Si la revolución fuese dependiente del partido, del dirigente, o de la conciencia intelectual, entonces no sería necesaria sino condicionada. Y es sólo esta voluntad del partido y del jefe lo que Geyer tiene en mente cuando habla del papel activo del hombre en la historia. El papel del proletariado como un factor activo en el desarrollo histórico resalta en un relieve muy pronunciado precisamente con la aceptación del concepto de necesidad.

El progreso social es idéntico a la abolición del trabajo asalariado. En consecuencia, el proletariado, tan pronto como actúe por sí mismo, no puede actuar falsamente y debe actuar por necesidad de acuerdo con el progreso social. Caracterizar esto como teleología presupone un entendimiento completamente equivocado de las leyes del movimiento económico. La lucha del proletariado por su existencia –no la lucha ideológica de los revolucionarios entre el proletariado, sino la lucha del proletariado tal y como es– debe conducir a la abolición del trabajo asalariado y asegurar así la liberación de las fuerzas productivas restringidas por el capitalismo. La misma circunstancia de que los obreros se manifiestan en nombre de sus intereses específicamente materiales les hace revolucionarios y capaces de actuar de acuerdo con el progreso social general. Esta concepción no tiene en absoluto necesidad de cualquier conciencia de clase mística, siendo indiferente su fuente. Los argumentos de Geyer, que Hook debe ciertamente compartir, muestran que en la lucha contra el dogmatismo siempre es únicamente el movimiento radical el que se toma como blanco. Este movimiento es necesariamente autosuficiente, y no puede ceder a las demandas de los varios individuos o grupos, sino que asume literalmente la idea de que la liberación de los trabajadores sólo puede ser el resultado de sus propias acciones.

Podría anotarse más allá que el “dogmatismo” que Hook atribuye al movimiento del partido comunista “oficial” se mantiene todavía allí, a lo más, como una manera tradicional de disertación. En realidad, el único principio del movimiento del partido comunista –para usar una frase de Rosa Luxemburgo con referencia al oportunismo en general– es “la falta de principios”. Si el Partido comunista fuera tan “dogmático” como a Hook le gusta creer, quizás podría todavía considerarse como un movimiento revolucionario; pues el “dogmatismo” del que está acusado, pero que no está presente, no sería otra cosa que los primeros comienzos del marxismo revolucionario. Pero el viejo movimiento obrero –de Noske a Trotsky– no tiene conexión con el marxismo, y por eso tampoco puede ser acusado de dogmatismo. Nunca fueron las organizaciones más antidogmáticas, más carentes de principios, más antiortodoxas, más venales, más oportunistas, que las dos grandes corrientes del “movimiento obrero” y sus varias filiales, que ahora están consumadas. Reprocharles dogmatismo es confundir la frase con la realidad. Si uno aprecia estas organizaciones, no por lo que dicen sino por lo que hacen, no se encontrará ningún rastro de dogmatismo.

XII

En el artículo ya mencionado [8], Hook ha repudiado de plano la concepción de la inevitabilidad del comunismo y la concepción de la espontaneidad que la acompaña. Según Hook, el “dogma” de que el comunismo es inevitable ha de ser rechazado porque “hace ininteligible cualquier actividad en nombre del comunismo” (p.153). Dispensando que esto fuese así (aunque en nuestra opinión no lo es), este argumento, así como los argumentos ulteriores que Hook emplea, no aportan nada para refutar la concepción de la necesidad del progreso social, que únicamente puede ser vista en el comunismo. El argumento de Hook, rechazando la idea de la necesidad es justamente tan imposible de aceptar como la negativa de que el agua es húmeda simplemente por razón de que la humedad sea desagradable. Que este supuesto dogma “niega que el pensamiento ocasione diferencias en el desenlace final” (p.153) es un argumento inventado por Hook: aquellos que sostienen este presunto dogma no cuestionan lo que Hook se complace tomar por dado. De hecho, este “dogmatismo” no tiene ninguna necesidad de disputar el papel determinante del pensamiento, entre otros factores; simplemente se niega a ver en el pensamiento el papel decisivo. Pero la idea de la necesidad tiene que ser rechazada por Hook, puesto que el toma como punto de partida la asunción de que es “absurdo (creer) que la clase obrera por su propio poder, sin ayuda, puede lograr la victoria” (p.146). Para Hook, de acuerdo con esto, es “la tarea de los comunistas educarlos” (a los obreros en su propia conciencia de clase y dirigirlos) (p.146). En este mismo terreno, como ya hemos visto, la teoría del valor no tenía para Hook ningún poder predictivo. La circulación del capital sobre la base del valor no es, sin embargo, nada más que el movimiento dialéctico de la sociedad misma, y el conocimiento del método dialéctico es aquí solamente el conocimiento de este movimiento. Si uno rechaza la capacidad predictiva de la teoría del valor, uno rechaza al mismo tiempo el método dialéctico. Si uno sigue la circulación del capital mientras sostiene al mismo tiempo firmemente el método dialéctico, se ve que el presunto dogma con que nos involucramos no es otra cosa que el reconocimiento realista del movimiento real del capital.

En un artículo que aparecía recientemente en la Revista para el Estudio Social (Zeitschrift für Sozialforschung, 1933, Nº 3), Max Horkheimer ha hecho suyo el problema de la predicción en las ciencias sociales, llegando a conclusiones que compartimos y que no podemos abstenernos de oponer a esas de Hook:

La objeción” (de que las ciencias sociales excluyen las predicciones) escribe Horkheimer, “se aplica sólo a casos especiales y no por principio… Hay campos amplios de conocimiento en los que no estamos limitados al postulado: “en caso de que estas condiciones se cumplan, ocurrirá” sino en los que podemos decir: “estas condiciones se cumplen ahora, y por consiguiente ese esperado acontecimiento ocurrirá sin ninguna intervención de nuestra voluntad”… Es ciertamente incorrecto decir que la predicción sólo es posible cuando el acontecimiento de las condiciones necesarias depende de la persona que predice, sino que la predicción será, no obstante, la más plausible puesto que las relaciones condicionantes dependen más de la voluntad humana, es decir, del grado en que el efecto predicho no es el producto de la naturaleza ciega sino el resultado de decisiones razonables. La manera en la que la sociedad capitalista mantiene y renueva su vida tiene más parecido al curso de un mecanismo natural que a una acción dirigida hacia una meta… Puede postularse como ley, que con el cambio creciente de la estructura (de la sociedad presente) en la dirección de la organización unificada y planificada, las predicciones también ganarán un grado superior de certidumbre. Según el grado en que la vida social pierde el carácter de un proceso ciego de la naturaleza y la sociedad emprende formas en las que se constituye a sí misma como un sujeto racional, más definitivamente puede predecirse el proceso social. En este, la posibilidad de predicción no depende exclusivamente del refinamiento de los métodos y de la sensibilidad de los sociólogos, sino igualmente del desarrollo de su objeto, de los cambios estructurales en la sociedad misma… Así que la preocupación de los sociólogos concerniente a llegar a predicciones más exactas se convierte en el esfuerzo político por la realización de una sociedad racional.”

La abstracción marxiana, que inicialmente dejó el problema del mercado real completamente fuera de consideración, y que recurrió sólo a la distribución de las condiciones de producción entre capital y trabajo (medios de producción y fuerza de trabajo), omitiendo de esta manera el carácter de un proceso natural ciego que posee la vida social bajo el capitalismo y sosteniendo estrictamente la teoría del valor, llevó al reconocimiento de que el sistema capitalista debe derrumbarse. De este modo también era posible, sobre la base de la situación necesariamente creada por el capitalismo en el curso de su desarrollo, llegar a una conclusión con respecto al carácter de la revolución y a sus resultados. La sociedad capitalista ha llevado más allá las fuerzas de producción en tal medida que su socialización completa es inevitable, que ya no pueden funcionar realmente excepto bajo relaciones comunistas de producción. Si, para Marx, el derrumbe era inevitable, del mismo modo también era inevitable el comunismo. Si el movimiento presente sólo es posible sobre la base del anterior, entonces podemos juzgar desde el presente acerca de la naturaleza del movimiento futuro. Acerca de cómo de distante, eso depende del nivel que el movimiento presente ha logrado, mas esta consideración siempre continua limitada. Sobre lo que vendrá a partir de la sociedad comunista, eso no puede decirse antes de que tal sociedad exista: pero lo que vendrá a partir de la sociedad capitalista se revela por sus propias condiciones materiales. Cuanto más se desarrolla la sociedad capitalista, y en consecuencia se despedaza, más claros se vuelven los rasgos de la sociedad comunista. Mientras Marx, que nada odiaba tanto como a los utópicos, no podía ir más allá del derrumbe del capitalismo, hoy es posible, en medio del derrumbamiento, esbozar las leyes del movimiento de la sociedad comunista con cierto grado de exactitud. Un análisis de la sociedad capitalista, que implica estudiar sus propias leyes internas de desarrollo, no permite otra conclusión, con una base científica y con la aceptación de la teoría del valor, que que el comunismo es inevitable. Cualquiera que tome una actitud hostil a esta “dogma” sólo ilustra la debilidad de su comprensión de la economía, y no tiene actualmente nada que le quede por hacer excepto encerrarse dentro de sí mismo, de su voluntad, de su inteligencia; para abreviar, debe adherirse fuertemente al mundo ideológico de la burguesía, y su conciencia debe necesariamente nublarse. Y precisamente por esa razón sus ataques sobre el “dogmatismo” y el “misticismo” deben hacerse cada vez más salvajes, cuanto más sucumba a la prestidigitación capitalista.

No hace falta decir que el rechazo del concepto de la inevitabilidad del comunismo también envuelve el rechazo de la teoría de la espontaneidad. Y, de hecho, encontramos que para Hook, “la doctrina de la espontaneidad, que enseña que las experiencias diarias de la clase obrera generan espontáneamente conciencia de clase política“, es un sinsentido patente. Para él, como ya hemos visto, es más bien la “educación” proporcionada por los comunistas, que cuidan de la “propiaconciencia de la clase. La educación está aquí puesta contra la experiencia, como si la una no estuviese condicionada por la otra, como si ambas no fueran las dos caras del mismo proceso. También estos argumentos, como aquéllos que Hook emplea contra la inevitabilidad, son gratuitos. Pero aun si alguno estaba por aceptarlos como razones inevitables, qué sumarían en vista del hecho de que, a pesar de estos argumentos, todos los movimientos revolucionarios reales –como incluso la autosuficiencia de un Trotsky se ve obligada a menudo a admitir– tenían un carácter espontáneo. Rosa Luxemburgo, en sus escritos contra la socialdemocracia así como contra los bolcheviques, ya ha demostrado esto con fuerza suficiente, por lo que es superfluo hacer recuento aquí una vez más de la historia del movimiento revolucionario contemporáneo. Nos parece más importante desechar por anticipado un argumento que se avanza frecuentemente contra el concepto de espontaneidad, a saber, que incluso desde el punto de vista de la espontaneidad las masas han mostrado a menudo su insuficiencia.

¿Por qué fracasaron las masas, les gusta comentar irónicamente a estos críticos, por ejemplo para prevenir la institución de la dictadura de Hitler? Esta es la misma clase de pregunta que se opone a la teoría del derrumbe: ¿por qué, entonces, el capitalismo todavía no se ha derrumbado nunca? En ambos casos, nos enfrentamos simplemente a un mal entendimiento de las teorías en cuestión. La tan frecuentemente mencionada fórmula dialéctica de la conversión de la cantidad en calidad, las cuales están necesariamente separadas por el proceso de desarrollo, también proporciona la explicación de nuestro punto de vista, el de aquéllos que aceptan las doctrinas de la espontaneidad y del derrumbe. En ambos casos, la pregunta se refiere al momento de la conversión. Es, de hecho, una conversión que se repite una y otra vez en una escala más extensiva, por lo que, para emplear una expresión de Henryk Grossmann “cada crisis es un fenómeno de derrumbamiento y el derrumbamiento final no es otra cosa que una crisis insoluble“. La teoría del derrumbe no descansa en ningún proceso automático, ni el concepto de espontaneidad asume ningún fundamento místico por el que las masas un día u otro estallarán en revuelta. El derrumbe y la espontaneidad han de ser considerados solamente desde el punto de vista de la conversión de la cantidad en calidad.

¿Por qué, aunque cada crisis es un derrumbe en miniatura, el sistema es capaz de refrenarlo? Simplemente porque las tendencias dirigidas contra el derrumbamiento –tendencias que surgen por entre las realidades de la situación– no están agotadas todavía. Si están agotadas con referencia a las necesidades ulteriores de acumulación, la crisis ya no puede superarse y debe necesariamente convertirse en derrumbe. Es la misma manera en que el movimiento de masas está circunscrito en este proceso. Mientras las contratendencias contra la revolución son suficientemente fuertes, el movimiento espontáneo de las masas no será capaz de afirmarse. De hecho, revelará tal debilidad que dará la impresión de que nunca sería más importante que en el presente y que, por consiguiente, por su propia parte (pues por supuesto nadie niega el factor espontáneo por completo) tiene necesidad del partido para distribuir y dirigir este factor espontáneo, como todos los demás factores, según el interés de la revolución. Únicamente a causa de que las tendencias económico-políticas dirigidas contra la acción espontánea de las masas eran tan fuertes, podría parecer que las acciones reales eran despertadas conscientemente. Los pocos movimientos revolucionarios reales que Alemania, por ejemplo, podría apuntar, entraron en acción contra la voluntad de los múltiples partidos, incluso contra la voluntad del Partido comunista (Considera, como un ejemplo clásico, el movimiento de marzo de 1921). Mientras el Partido comunista participó en estas acciones, lo hizo sólo porque no tenía nada mejor que hacer; en ningún caso surgieron de la iniciativa del partido –la iniciativa era constantemente procurada por las masas mismas–. No fue hasta que el tamaño del partido era tal como para ser decisivo, que podría negarse a seguir la compulsión de la iniciativa de masas, que podría prevenir los movimientos del proletariado –y los previno, aunque haciéndolo tenía necesariamente que derrumbarse como partido–.

Sólo después de una ingente cantidad de “educación” de partido podrían las masas ser decisivamente derrotadas durante años. ¿De qué otra manera se explicará que la conciencia de clase de las masas retrocedió continuamente con el crecimiento de los partidos y su influencia? ¿Cómo se explicará, por otra parte, que incluso en Rusia, donde el partido revolucionario “podría montarse sobre un carro de heno“, los obreros y campesinos llevaron a cabo su revolución sin haber sido “educados” para ello? De hecho, condujeron la revolución hasta el final con mayor esmero donde los “educadores” eran completamente deficientes. Las masas, que dieron los pasos para expropiar las fábricas contra la voluntad de los bolcheviques, forzaron primero a Lenin a dar la orden para la nacionalización. Nadie puede negar esto sin falsificar la historia. No fue el demagogo Hitler quien destruyó el Partido comunista alemán y la socialdemocracia, sino las masas mismas, en parte activamente y en parte a través de la inactividad. Puesto que estos partidos habían adoptado una posición insostenible: no representaban el interés de los obreros, y no se conformaron con los intereses de la burguesía. Esta última, que no podría enlazar sus ambiciones imperialistas con las de Moscú y su campaña militarista, tuvo que imponerse en tales proporciones y a tal ritmo como no podrían estar asegurados por un “movimiento obrero” circunscrito a la tradición. El papel de estos partidos fue simplemente el papel que la burguesía les permitió. El hecho de que los movimientos espontáneos son muchas veces incapaces de afirmarse no es ninguna prueba de su inexistencia. El diluvio puede, ciertamente, se evitado mediante un dique, pero el dique no puede suprimirlo. Acerca de cuánto tiempo puede represarse el diluvio, depende de los medios a disposición de los constructores del dique. Las limitaciones de estos medios bajo el capitalismo son bien conocidas. El diluvio de la sublevación espontánea de masas se llevará por delante todos los diques.

La idea de Hook de que la doctrina de la espontaneidad puede ser y es utilizada como “una justificación para la política de división y ruptura cismática” (p.154) es incomprensible. Como si las divisiones saltasen por la voluntad de los disidentes en lugar de por la naturaleza de las organizaciones dentro de la sociedad capitalista. ¿Pero, dejando este factor a un lado, que será, según la concepción de Hook, de la revolución proletaria cuando ya es totalmente imposible edificar partidos influyentes, fuertes, que sean “decisivos” en la lucha de clases? ¿Qué será de la revolución cuándo la clase dominante ha tenido éxito destruyendo todos los “gigantes” –los dirigentes, los partidos, la educación comunista, etc.– y en privarlos permanentemente de la posibilidad de ejercer sus funciones? Desde el punto de vista de Hook, la única respuesta es que entonces no puede simplemente haber ninguna revolución. La revolución, de acuerdo con el, es, en último análisis –como quiera que esto pueda sonar a chiste–, dependiente de la indulgencia democrática de la burguesía. Justo como para el Sr. G.D.H. Cole, por ejemplo, las perspectivas de socialismo han declinado como resultado de la crisis capitalista, y considera que el socialismo se desarrolla mucho mejor a partir de la prosperidad capitalista, lo mismo para Hook, aunque no reconocidamente, la existencia de la democracia es la presuposición para la revolución proletaria (no hace falta decir que el movimiento obrero ilegal no puede ser comprendido en el concepto hookiano del partido). En ambos casos, para Hook como para Cole, es la conciencia intelectual la que triunfa convenciendo al mundo, o por lo menos a un porcentaje preponderante de los trabajadores, de las bendiciones del socialismo o de la belleza de la revolución, y por consiguiente ambos sean “deseados“. Esta actitud de maestría escolar puede concordar con el curso de la instrucción política, pero con respecto a la revolución sólo puede producir un efecto cómico.

El análisis de Marx de las leyes capitalistas de acumulación termina en la revolución proletaria. No hace falta decir que para Marx no había ningún problema puramente económico. Mucho antes de que el desarrollo capitalista haya alcanzado el punto final económico fijado por las consideraciones teóricas, las masas ya habrán puesto fin al sistema. La crisis cíclica se convierte en crisis permanente, una condición en la que el capitalismo es todavía capaz de existir sólo a través del continuo y absoluto empobrecimiento del proletariado. Este periodo, una fase histórica entera, compele a la burguesía al terrorismo permanente contra la población obrera, dado que bajo tales condiciones cualquier disminución de la ganancia por la vía de la lucha de clases pone en cuestión más y más el sistema mismo. El proceso de concentración también ha creado la base para la dominación de la burguesía, tan estrecha que una práctica social relativamente exenta de fricción sólo es aún posible por medio de la dictadura abierta. El final de la democracia ha llegado. Con él también desaparecen las organizaciones obreras circunscritas a la democracia, la libertad de palabra y de prensa, etc. Cuanto más se alarga la vida del capitalismo, más profunda la crisis y más afilado el terrorismo. Esta necesidad capitalista no puede eludirse por medio de la democracia. La misma salvaguarda de la “democracia formal” compele la caída del capitalismo, por lo que naturalmente la democracia capitalista se convierte en algo del pasado. El fin de la democracia envuelve el final del movimiento obrero en el sentido hookiano; él ya no tiene nada que hacer sino despedirse desilusionado de los obreros que fallaron a escucharle lo suficientemente pronto. La historia mundial se detiene porque los obreros mismos no se dejaron “educar”.

Pero el concepto de espontaneidad también se adecuará a esta situación. La crisis permanente agudiza la lucha de clases en la misma medida en que suprime esa lucha. El zarismo no sólo explicó el retraso de la Revolución rusa sino al mismo tiempo su poder maravilloso y terrible cuando estalló, a pesar de la ausencia de “educadores” y de organizaciones preponderantes. La acción era simultáneamente la organización, los luchadores activos eran sus propios dirigentes. ¿Quien fue el que “persuadió” en las masas la concepción de los soviets? ¿No nació de las relaciones mismas? ¿De las masas y de sus necesidades? Sólo después de que los hubiesen formado, los soviets empezaron a ser discutidos por los “educadores“. La lucha de clases es el movimiento de la sociedad de clases. Pueden destruirse organizaciones, asesinarse a los dirigentes, la educación transformada en barbarismo; pero no pueden enajenar la lucha de clases, excepto dejando aparte las clases. La misma destrucción de la organización obrera legal es una mejor indicación que cualquier otra de la profundización de la lucha de clases, aunque esto no es proclamar la calidad revolucionaria de los partidos destruida.

No hay, sin embargo, ningún punto fijado en el tiempo para la revolución. Aunque uno sostenga que la revolución será inevitable, nada se ha dicho con eso en lo que estima a su tiempo de llegada. Y cualquier argumento al efecto de que el Estado fascista es inevitable es un sinsentido, sirviendo meramente para ocultar la traición perpetrada por la Tercera Internacional. En 1918, por ejemplo, se había vuelto posible para la socialdemocracia suprimir el movimiento de consejos con la sangre de los obreros. Podría haber sido igualmente el caso opuesto, y sólo posteriormente se volvió claro que lo anterior ocurrió en lugar de lo último. El factor del “accidente“, de la “dirección“, etc. es innegable y no será negado, pero uno también debe reconocer sus límites y su papel cambiante en el proceso histórico. Así como era posible en 1923 para el Partido Comunista de Alemania apartar a las masas del levantamiento revolucionario, podría también igualmente haber fracasado en ese esfuerzo. La revolución fue pospuesta, pero meramente pospuesta. Puede también estallar prematuramente, y de este modo complicar su propio curso. Pero prematura o retrasada, la revolución –la locomotora de la historia– y con ella la sociedad comunista, se afirma de la necesidad, y se lleva a cabo por los obreros mismos, pues el curso previo de la historia ha creado un estado que no permite otra solución, porque esa solución es idéntica a las necesidades de la vida presente de la mayoría de la humanidad. Y la revolución proletaria, mientras cambia el mundo, no descuidará educar a los pasmados “educadores“.

Notas

[1] Sidney Hook, Hacia la comprensión de Karl Marx. (John Day Company, New York, 1933).

[*] La apreciación de Mattick puede llevar a confusión, puesto que condensa en una afirmación lo que el proletariado es en potencia y a la vez en realidad. En su actualidad, el proletariado es la negación de la propiedad privada en cuanto está desposeído de los medios de producción de su vida. Pero también, a causa del desarrollo de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, y de la contradicción interna de estas relaciones -el antagonismo entre las clases-, está compelido históricamente a superar la propiedad privada capitalista y la sociedad de clases en general. Así lo concebía Marx:

 

[2] Las comillas en las que Marx incluye sus “accidentes” muestran el sentido estricto en que desea haberlos considerado. La palabra primera (zuerst) hacia el final del pasaje enfatiza esto todavía más (la palabra se omite en el texto de Hook). Las cursivas son mías.

[3] Nos llevaría demasiado tiempo desarrollar más plenamente la teoría marxiana de la acumulación y el derrumbe. Este asunto se tratará extensamente en otra parte.

[4] Potemkin era Primer Ministro bajo Catherina de Rusia. Cuando la Zarina hizo un viaje a través de las provincias, Potemkin tenía fachadas artificiales de pueblos construidas a lo largo de su curso para hacerle creer que todo era leche y miel en sus dominios. El nombre del ministro, en consecuencia, se ha vuelto un sinónimo para “espurio”.

[#] “If Hook discards Lenin’s mechanism, he does now eschew the errors to which this mechanism gives rise“. El verbo “eschew” en tercera persona singular tiene terminación en s (eschews), el auxiliar “does” está presente tras el pronombre “he”, y la conjunción “if” determina el significado del conjunto de la oración. Por todo lo cual, y de acuerdo con el conjunto del folleto –sobre todo las últimas partes que tratan acerca de la concepción de la espontaneidad–, lo más probable y aceptable es que lo que Mattick afirma en esta oración es que Hook, aunque descarta el mecanicismo de Lenin, “NO evita los errores” del mismo en la comprensión de la sociedad, la lucha de clases, el movimiento obrero y la revolución.

[5] La Nueva República, Feb. 28, 1934.

[6] Compara, en adición al libro de Hook, también su artículo en el número de abril (1934) de El Mensual Moderno: “Comunismo sin dogmas“.

[7] Der Radikalism us in der deutschen Irbeiterbewegung (Jena 1923).

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LA RUSIA QUE AMAMOS Y DEFENDEMOS

Este artículo fue el primero que escribió Onorato Damen en Prometeo, la publicación clandestina del Partido comunista internacionalista que acababa de fundarse. Su objetivo en aquel momento era el de oponerse a los aliados de la URSS -los Estados Unidos y el Reino Unido- en la guerra imperialista contra las potencias del Eje. Tras la caída de Mussolini, en efecto, todos los sectores de la burguesía italiana corrieron en apoyo de los “aliados”. El nuevo Partido Comunista Italiano de Togliatti, bajo la bandera de la “defensa de la democracia”, apoyaba activamente a este bando. Este artículo tenía como objetivo subrayar la necesidad, para la clase obrera, de luchar por su propio programa revolucionario, el de los primeros años de la Revolución Rusa de 1917, totalmente opuesto al que se realizó con la degeneración estalinista.

 Prometeo n° 2, diciembre de 1943.

No es casualidad que nosotros, comunistas, partidarios y defensores inquebrantables de la Revolución rusa, de sus ideas y de sus primeras acciones, rechacemos esa acusación que ahora nos hacen, de habernos tornado contra esta gran experiencia histórica. Esta acusación la lanzan quienes combatieron más abierta y ferozmente a la Revolución, especialmente cuando los burgueses de las coaliciones liberal y socialdemócrata hacían todo lo posible por estrangularla, ya fuera en el plano militar, valiéndose de la peor gentuza, o bien mediante el hambre, y por aislarla del resto del planeta encerrándola tras un muro construido de mentiras y complots.
Este cambio de pensamiento y de posición política ante Rusia es mucho menos sorprendente de lo que se piensa.
A la luz del marxismo, se explica fácilmente. Actualmente, sus amistades y solidaridades van desde la Iglesia a los capitanes de la industria, desde los socialistas a los magnates financieros.
Nosotros no formamos parte de toda esa gente; y los obreros -que defendieron y aún defienden a Rusia como primera gran experiencia de su clase- deben comprender finalmente la razón por la cual nosotros, comunistas, no vacilamos a la hora de expresar nuestra oposición a la Rusia de Stalin, sin por ello dejar de ser nunca combatientes convencidos por la Rusia de Lenin.
Para nosotros, los acontecimientos revolucionarios no son hechos insignificantes y, dada nuestra absoluta confianza en la causa de la revolución mundial a la que la revolución rusa dio comienzo, nos adherimos totalmente a las ideas de Octubre. Desde hace más de veinte años, la mayor parte de nosotros ha consagrado su vida a esta causa: sus recursos financieros, su vida familiar, su libertad, hasta llegar a perderla en las prisiones, en los campos de internación o en los campos de concentración. Y por eso nos corresponde la responsabilidad, ciertamente ingrata pero necesaria e insoslayable, de no guardar silencio sobre la realidad de Rusia. Hemos aprendido, en la escuela del marxismo, a luchar abierta y firmemente contra los mitos, contra los “tabús” de todo tipo, y por las verdades más concretas de la lucha de clases.
Y antes de exponer nuestras ideas, nos gustaría que los obreros –los que han conservado su capacidad crítica y cuyo instinto de clase aún no se ha contaminado- se dieran cuenta de cuál es el origen de la repentina y profunda solidaridad de tantos burgueses reaccionarios con la Rusia actual, qué es lo que nos permite definir su verdadera naturaleza. En cuanto a nosotros, queremos precisar aquí algunos aspectos de este difícil problema y estamos convencidos de todos llegaremos a las mismas conclusiones.
1. Los grandes y escandalosos sentimientos que hoy profesa la burguesía hacia la Rusia de Stalin obedecen directamente a su interés fundamental de preservar el sistema capitalista. Es decir, que lo que nosotros defendemos, la burguesía naturalmente lo odia, debido al antagonismo de clase. Cuando nuestra crítica teórica y las acciones de nuestro Partido nos colocan al frente del combate de clase, la burguesía no lo soporta.

2. La justificación de la segunda guerra imperialista con el argumento de la “guerra popular por la democracia” de Stalin, y su reconocimiento oficial por la Iglesia ortodoxa -la cual, naturalmente, ha defendido “la guerra por la gran patria eslava”- ha impresionado profundamente a los honestos burgueses, siempre tan sensibles al amor por la patria. Justificar la guerra implica que las masas obreras se unan a ellos, encadenarlas mediante la fuerza más brutal y odiosa al chovinismo, con el fin de asegurar la victoria y así salvaguardar al capital.

3. La bolchevización del Partido (comunista) ruso y de la Internacional, la liquidación de los órganos de combate, expresiones organizadas del proletariado, y su reemplazo por estúpidos lacayos del oportunismo; las desigualdades de salario que, inevitablemente, restablecen las desigualdades sociales; la función asumida por la burocracia de Estado y el partido, el dominio de la clase de los técnicos, frutos todos de la industrialización forzada; el ascenso de la Iglesia como fuerza de primer orden; la preeminencia del Estado sobre la dictadura del proletariado; los planes quinquenales para la explotación intensiva de una clase de trabajadores explotados renovada; son todas estas evidentes características confirman que los intereses de la Rusia actual no son ya los del proletariado… Es en esta situación, quienes han dejado sucumbir a la revolución han juzgado oportuno demostrar su lealtad, así como la coherencia de la nueva orientación de la política rusa, a la burguesía internacional, sacrificando en el altar de la “concordia democrática” a los hombres de la “vieja guardia”, a los incorruptibles constructores de la Revolución de Octubre. Esa es la querida Rusia de los Roosevelt, de los Churchill y de todos los radicales del mundo, pero no es la nuestra.

4. La Rusia que nosotros amamos y defendemos, en tanto que obra revolucionaria, es la Rusia del proletariado y del campesinado pobre que, bajo la dirección de Lenin y del partido revolucionario, osó destrozar la coraza del feudalismo y del capitalismo e imponer la dictadura del proletariado, el poder del Estado proletario del periodo de transición, cuyo objetivo es lograr su propia abolición y la de las clases mismas. La Rusia que amamos y defendemos es la Rusia que, durante años, permitió desarrollar, en el seno de su proletariado y en el seno del proletariado internacional, la conciencia de su fuerza, el sentido histórico de su papel revolucionario, la manifestación del nuevo mundo de los trabajadores, cuya base son los “soviets”.

La Rusia que amamos y defendemos es la Rusia que, desde hace años, actúa clandestinamente, a la sombra del actual partido “bolchevique”, la que en las prisiones, en los campos de deportación diseminados por la inmensa Rusia, ha conservado intacta su fe en los principios de Octubre, y espera el momento en que su despertar revolucionario se fusionará con el del proletariado internacional. La Rusia del combate contra la burguesía, la Rusia de nuestra llama revolucionaria imperecedera.
Onorato Damen, diciembre de 1943.

Marylin y los drones

Marylin sosteniendo una hélice de un drone.

En los años 40 durante la segunda guerra mundial un exactor del cine mudo y aficionado a aeromodelismo, Denny Reginal , fundo en Los Angeles Radio Plane company, para proveer “targe drones” al ejercito de USA que los usaba para entrenar a los artilleros antiaéreos.
Norma Jeane Dougherty más conocido luego como Marilyn Monroe, fue una de las tantas mujeres obreras que se incorporaron al “esfuerzo de guerra” en la Radio Plane Company. En una foto se la ve sosteniendo una hélice para un drone.
Terminada la guerra Norma se convertiría en Marilyn y en una súper estrella de Hollywood y sex symbols universal.

Los drones también siguieron su camino ascendente en el campo militar, pasaron de ser “targe drones” a ser un elemento esencial en el campo de batalla de la guerra moderna.
Durante la guerra de Vietnam los yanquis lo desarrollaron el Lightning Bugs fabricado por la Ryan como drone de reconocimiento, para evitar las pérdidas de pilotos producidos por los misiles tierra–aire rusos.
Terminada la guerra de Vietnam USA prácticamente no siguió desarrollando tecnología para usar en drones.  La posta la tomo Israel que comenzó a investigar y mejorar la técnica, en los aparatos que había heredado de USA.

Los drones israelí fuero usado con éxito en combate en la guerra de Yom Kipur (1973), como aviones de reconocimiento, luego en el Libano , en Sudáfrica y en Siria en la meseta de Bekaa (1981-1982).
Justamente en la meseta de Bekaa Israel desplego su flota de drones Mastiff y Scouts que marcaron las baterías antiaéreas a los aviones de combate.

IAI-Scout-hatzerim

USA relanza su programa de drones empezados los años 80 del siglo pasado, después de evaluar el éxito de Israel en el uso de esto vehículos aéreos no tripulados para misiones de observación y vigilancia.

Pero fue recién después del año 2000 entre Kosovo y Afganistán cuando USA empieza a acelerar los proyectos de desarrollo de drones no solo de vigilancia sino de combate. Desarrolla el Predator que es usado en Kosovo para iluminar blanco que luego eran bombardeados por los F16. Pocos meses después de iniciada la guerra de Afganistán Bush dice que la guerra contra los talibanes le había enseñado al ejercito de USA más que cientos de coloquios y reuniones de think tanks y agregaba “ es evidente que el ejército no posee suficiente vehículos sin pilotos”.
Y a principio del 2001 ya el Predator es armado con un misil Hellfire AGM-114C y se convierte en un arma mortal para atrapar objetivos vivientes.

Desde entonces las fuerzas armadas de muchos países los vienen desarrollando y perfeccionado como arma no solo táctica sino estratégicas, que no solo han cambiado el campo de batalla sino la “visión”, junto con la inteligencia artificial y las TI, de la geopolítica de los imperios.

@cdiviani

Artificial Intelligence and the Future of Warfare

The impact of the rapid expansion of the commercial market on autonomous systems development cannot be overstated.

 

Summary

  • Both military and commercial robots will in the future incorporate ‘artificial intelligence’ (AI) that could make them capable of undertaking tasks and missions on their own. In the military context, this gives rise to a debate as to whether such robots should be allowed to execute such missions, especially if there is a possibility that any human life could be at stake.
  • To better understand the issues at stake, this paper presents a framework explaining the current state of the art for AI, the strengths and weaknesses of the technology, and what the future likely holds. The framework demonstrates that while computers and AI can be superior to humans in some skill- and rule-based tasks, under situations that require judgment and knowledge, in the presence of significant uncertainty, humans are superior to computers.
  • In the complex discussion of if and how the development of autonomous weapons should be controlled, the rapidly expanding commercial market for both air and ground autonomous systems must be given full consideration. Banning an autonomous technology for military use may not be practical given that derivative or superior technologies could well be available in the commercial sector.
  • A metaphorical arms race is in progress in the commercial sphere of autonomous systems development, and this shift in R&D effort and expenditure from military to commercial settings is problematic. Military autonomous systems development has been slow and incremental at best, and pales in comparison with the advances made in commercial autonomous systems such as drones, and especially in driverless cars.
  • In a hotly competitive market for highly skilled roboticists and related engineers across the sectors most interested in AI, aerospace and defence, where funding is far outmatched by that of the commercial automotive or information and communication sectors, is less appealing to the most able personnel. As a result, the global defence industry is falling behind its commercial counterparts in terms of technology innovation, with the gap only widening as the best and brightest engineers move to the commercial sphere.
  • As regards the future of warfare as it is linked to AI, the present large disparity in commercial versus military R&D spending on autonomous systems development could have a cascading effect on the types and quality of autonomy that are eventually incorporated into military systems. One critical issue in this regard is whether defence companies will have the capacity to develop and test safe and controllable autonomous systems, especially those that fire weapons.
  • Fielding nascent technologies without comprehensive testing could put both military personnel and civilians at undue risk. However, the rapid development of commercial autonomous systems could normalize the acceptance of autonomous systems for the military and the public, and this could encourage state militaries to fund the development of such systems at a level that better matches investment in manned systems.    Author: Mary ‘Missy’ L. CummingsDirector, Humans and Autonomy Laboratory, Duke University

La Comuna de Paris

El 21 de mayo del año 1871 “semana sangrienta” donde más de 100 mil soldados del ejército burgués invadieron el casco urbano de la ciudad de Paris.

“Si la Comuna es destruida, la batalla sólo quedará pospuesta. Los principios de la Comuna son eternos e indestructibles; se presentarán una y otra vez hasta que la clase obrera sea liberada”. (Marx, Acta de un Discurso sobre la Comuna de París).

Las escuelas quedaron abiertas para todos, a todos los niveles. Los alquileres de las casas quedaron cancelados y todas las casas de empeño clausuradas. Se prohibieron los turnos de noche. Las fábricas de los capitalistas que habían huido fueron incautadas, para ser dirigidas por los propios obreros. La Columna de la Victoria, un monumento a las guerras de agresión chovinistas de Francia, fue derribada. “La bandera de la Comuna”, declararon los obreros”, es la bandera de la República Mundial”.

“Los curas fueron enviados de vuelta a los recesos de la vida privada, para alimentarse allí entre las almas de los fieles a imitación de sus predecesores, los Apóstoles”. (Marx, La Guerra Civil en Francia).

,“no se me debe ningún mérito por descubrir la existencia de las clases en la sociedad moderna, ni la lucha entre ellas. Mucho antes de mí los historiadores burgueses habían descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases y los economistas burgueses la anatomía económica de las clases. Lo que yo hice nuevo fue demostrar: 1) que la existencia de las clases está únicamente vinculada con fases particulares e históricas en el desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado: 3) que la dictadura misma sólo constituye la transición hacia la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases”.Marx, carta a Weydemeyer,1852.

, “No existe traza alguna de utopismo en Marx, en el sentido que fraguó o inventó una “nueva” sociedad. No, él estudió el nacimiento de la nueva sociedad a partir de la vieja, y las formas de transición de la última a la primera, como un proceso histórico-natural. Él examinó la experiencia misma de un movimiento proletario de masas, y trató de extraer lecciones prácticas de este. Él “aprendió” de la Comuna, al igual que todos los grandes pensadores revolucionarios aprendieron sin vacilar de la experiencia de los grandes movimientos de las clases oprimidas…”. Lenin, El Estado y la Revolución.

 

Carta al intendente
de Montmartre,
Georges Clemenceau
Señor:
Nuestro Comité Republicano de Vigilancia (femenino) del 18º distrito desea desempeñar su papel en nuestra patriótica tarea.
Dada la pobreza de la gente y que ya no puede soportar la visión de niños de pecho que se están muriendo de hambre, le pido a Usted que tome las siguientes medidas: Llevar a cabo una inmediata encuesta en cada casa del 18º distrito para determinar la cantidad de ancianos, enfermos y niños.
Requisar inmediatamente todos los edificios abandonados en el 18º distrito para dar abrigo a los ciudadanos que carecen de techo y organizar albergues donde los niños puedan ser alimentados.
Que todo el vino y el carbón en los sótanos de las casas abandonadas se ponga inmediatamente a disposición de los débiles y enfermos.
La completa abolición en el 18º distrito de todos los burdeles y casas de trabajo para muchachas jóvenes.
Que se fundan las campanas de Montmartre para hacer cañones.
Louise Michel,
Presidenta en funciones
Calle Oudot, 24, Montmartre.

Sobre los derechos
de las mujeres
En 1870, la primera organización pro derechos de las mujeres comenzó
a reunirse en la calle Thevenot. En las reuniones de este grupo, y en otras
reuniones, los hombres más avanzados aplaudían la idea de la igualdad. Noté –ya
lo había visto antes, y lo vería después– que los hombres, independientemente de sus declaraciones, aunque pudiese parecer que nos apoyaban, se contentaban siempre con la mera apariencia. Esto se debía a la costumbre y a la fuerza de antiguos prejuicios, y me convenció de que nosotras las mujeres debemos simplemente ocupar nuestro lugar sin rogar por ello…
El tema de los derechos políticos esta agotado. Igualdad de educación, igualdad en el trabajo, de modo que la prostitución no fuese la única profesión
lucrativa disponible para las mujeres, esto es lo que era real en nuestro programa.
Los revolucionarios rusos tienen razón: la evolución ha terminado y ahora hace falta la revolución o la mariposa morirá en su capullo.
Se podían hallar mujeres heroicas en todas las clases sociales. En la escuela profesional se reunían mujeres de todos los niveles sociales, y todas preferirían
la muerte a la rendición. Organizaron la Sociedad de Ayuda a las Víctimas de la Guerra. Entregaban sus recursos lo mejor que podían, mientras exigían que París resistiera y siguiera resistiendo el asedio prusiano… Más tarde, cuando me apresaron, la primera visita que recibí fue la de
madame Meurice, de la Sociedad de Ayuda a las Víctimas de la Guerra. Durante mi último juicio, detrás de los espectadores cuidadosamente seleccionados, entre quienes habían logrado deslizarse dentro, divisé los ojos resplandecientes de otras dos mujeres que habían sido miembros de la sociedad.
Saludo a todas estas valientes mujeres de la vanguardia que fueron llevadas de grupo en grupo: el Comité de Vigilancia Femenino, las asociaciones femeninas, y más tarde la Liga de las Mujeres. El viejo mundo ha de temer el día en que estas mujeres decidan que ya han tenido bastante. Estas mujeres no flaquearán.
La fortaleza ha encontrado su refugio en ellas. Cuidado con ellas!
Cuidado con quienes hacen ondear por toda Europa la bandera de la libertad, y cuidado con la más pacífica hija de Galia que duerme hoy en la profunda resignación de los campos. Cuidado con las mujeres cuando se
sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el mundo nuevo.
Tomado de: The Red Virgin: Memoirs of Louise Michel
Extractos de la Primera Parte, X-XIV.

Llamamiento a las mujeres
ciudadanas de París
Mujeres Parisinas (11 de abril, 1871)
…La locura fratricida que se ha apoderado de Francia, este duelo a muerte, es el acto final en el eterno antagonismo entre el derecho y el poder, la fuerza del trabajo y la explotación, el pueblo y sus tiranos.
Las clases privilegiadas del actual orden social son nuestras enemigas; quienes han vivido de nuestro trabajo, prosperando merced a nuestra miseria.
Ellos han visto que el pueblo se alza exigiendo: “¡No más obligaciones sin derechos! ¡No más derechos sin obligaciones! Queremos trabajar, pero también
deseamos el producto de nuestro trabajo. No más explotadores. No más jefes. Trabajo y seguridad para todos. El pueblo ha de gobernarse a sí mismo. Deseamos la Comuna; deseamos vivir en libertad o morir luchando por ella”…
Mujeres de París, la hora decisiva ha llegado. ! El viejo mundo tiene que acabar! i Queremos ser libres! Y Francia no se ha alzado sola. Las naciones civilizadas del mundo entero tienen sus ojos puestos en París. Están esperando nuestra victoria para liberarse ellas a su vez…
Un grupo de mujeres parisinas
Nota:
Invitamos a las mujeres patrióticas a reunirse hoy, martes 11 de abril, para tomar medidas concretas sobre la creación de comités en cada distrito a fin de organizar un movimiento femenino para la defensa de París, en caso de que la reacción y sus gendarmes traten de apoderarse de la ciudad.
¡Necesitamos la colaboración activa de todas las mujeres de París que comprendan que la salvación de nuestra capital depende de los resultados de este conflicto; que sepan que el actual orden social lleva en sí el germen de la pobreza y la muerte de la libertad y la justicia; que saluden por lo tanto el advenimiento del reino de trabajo y de igualdad y estén preparadas para luchar a la hora de la verdad y morir por el triunfo de esta revolución por la que sus hermanos están sacrificando sus vidas!
Tomado de Journal Officiel (Comuna). 11 de abril, 1871.

León Trotsky
Las lecciones de la Comuna

Cada vez que volvemos a estudiar la historia de la Comuna descubrimos un nuevo matiz gracias a la experiencia que nos han proporcionado las luchas revolucionarias ulteriores, tanto la revolución rusa como la alemana y la húngara. La guerra franco-alemana fue una explosión sangrienta que presagiaba una inmensa carnicería mundial, la Comuna de París fue como un relámpago, el anuncio de una revolución proletaria mundial.

La Comuna nos mostró el heroísmo de las masas obreras, su capacidad para unirse como un bloque, su virtud para sacrificarse por el futuro… Pero al mismo tiempo puso de manifiesto la incapacidad de las masas para encontrar su camino, su indecisión para dirigir el movimiento, su fatal inclinación a detenerse tras los primeros éxitos permitiendo de este modo que el enemigo se recupere y retome sus posiciones.

La Comuna llegó demasiado tarde. Tuvo todas las posibilidades para tomar el poder el 4 de septiembre, lo que hubiera permitido al proletariado de París ponerse a la cabeza de todos los trabajadores del país en su lucha contra las fuerzas del pasado, tanto contra Bismarck como contra Thiers. Pero el poder cayó en manos de los charlatanes democráticos, los diputados de París. El proletariado parisino no tenía ni un partido ni jefes a los que hubiera estado estrechamente vinculado por anteriores luchas. Los patriotas pequeño burgueses, que se creían socialistas y buscaban el apoyo de los obreros, carecían por completo de confianza en ellos. No hacían más que socavar la confianza del proletariado en sí mismo, buscando continuamente abogados célebres, periodistas, diputados, cuyo único bagaje consistía en una docena de frases vagamente revolucionarias, para confiarles la dirección del movimiento.

La razón por la que Jules Favre, Picard, Garnier-Pagès y Cia tomaron el poder en París el 4 de septiembre es la misma que permitió a Paul-Boncour, A. Varenne, Renaudel y otros muchos hacerse durante un tiempo los amos del partido del proletariado.

Por sus simpatías, sus hábitos intelectuales y su comportamiento, los Reanaudel y los Boncour, e incluso los Longuet y Pressemane, están mucho más cerca de Jules Favre y de Jules Ferry que del proletariado revolucionario. Su fraseología socialista no es más que una máscara histórica que les permite imponerse a las masas. Y justamente porque Favre, Simon, Picard y los demás abusaron de la fraseología democrático-liberal, sus hijos y sus nietos tuvieron que recurrir a la fraseología socialista. Pero se trata de hijos y nietos dignos de sus padres, continuadores de su obra. Y cuando se trate de decidir no la composición de una camarilla ministerial sino qué clase debe tomar el poder, Renaudel, Varenne, Longuet y sus semejantes estarán en el campo de Millerand -colaborador de Gallifet, el verdugo de la Comuna… Cuando los charlatanes reaccionarios de los salones y del Parlamento se encuentran cara a cara, en la vida, con la Revolución, no la reconocen nunca.

El partido obrero -el verdadero- no es un instrumento de maniobras parlamentarias, es la experiencia acumulada y organizada del proletariado. Sólo con la ayuda del partido, que se apoya en toda su historia pasada, que prevé teóricamente la dirección que tomarán los acontecimientos, sus etapas, y define las líneas de actuación precisas, puede el proletariado liberarse de la necesidad de recomenzar constantemente su historia: sus dudas, su indecisión, sus errores.

El proletariado de París carecía de un tal partido. Los socialistas burgueses, de los que estaba llena la Comuna, elevaban los ojos al cielo esperando un milagro o una palabra profética, dudaban y durante ese tiempo, las masas andaban a tientas, desorientadas a causa de la indecisión de unos y la franqueza de otros. El resultado fue que la Revolución estalló en medio de ellas demasiado tarde. París estaba cercado.

Pasaron seis meses antes de que el proletariado recuperase el recuerdo de las revoluciones anteriores, de sus lecciones, de los combates anteriores, de las reiteradas traiciones de la democracia, y tomara el poder.

Estos seis meses fueron una pérdida irreparable. Si en septiembre de 1870, se hubiera encontrado a la cabeza del proletariado francés el partido centralizado de la acción revolucionaria, toda la historia de Francia, y con ella toda la historia de la humanidad, hubiera tomado otra dirección.

Si el 18 de marzo el poder pasó a manos del proletariado de París, no fue porque éste se apoderase de él conscientemente, sino porque sus enemigos habían abandonado la capital.

Estos últimos iban perdiendo terreno constantemente, los obreros los despreciaban y detestaban, habían perdido la confianza de la pequeña burguesía y los grandes burgueses temían que ya no fueran capaces de defenderlos. Los soldados estaban enfrentados a sus oficiales. El gobierno huyó de París para concentrar en otra parte sus fuerzas. Entonces el proletariado se hizo el amo de la situación.

Pero no lo comprendió hasta el día siguiente. La Revolución le cayó encima sin que se lo esperase.

Este primer éxito fue una nueva fuente de pasividad. El enemigo había huido a Versalles. ¿Acaso eso no era una victoria? En esos momentos se habría podido aplastar a la banda gubernamental sin apenas efusión de sangre. En París, se habría podido detener a todos los ministros, empezando por Thiers. Nadie habría movido un dedo para defenderlos. No se hizo. No había un partido organizado centralizadamente, capaz de una visión de conjunto sobre la situación y con órganos especiales para ejecutar las decisiones.

Los restos de la infantería no querían retroceder hacia Versalles. El vínculo que ligaba oficiales y soldados era muy débil. Y si hubiera existido en París un centro dirigente de partido, habría introducido entre las tropas en retirada -puesto que había posibilidad de retirada- algunos centenares o al menos unas decenas de obreros leales, a los que se les habrían dado instrucciones para alimentar el descontento de los soldados contra los oficiales y aprovechar el primer momento psicológico favorable para liberar a la tropa de sus mandos y conducirla a París para unirse al pueblo. Habría sido fácil hacer esto, según confesaron incluso los partidarios de Thiers. Pero nadie lo pensó. No había nadie que pensara. En los grandes acontecimientos, por otra parte, tales decisiones sólo puede tomarlas un partido revolucionario que espera una revolución, se prepara, se mantiene firme, un partido que está habituado a tener una visión de conjunto y no tiene miedo a la acción.

Y precisamente el proletariado francés carecía de partido de combate.

El Comité central de la Guardia nacional era, de hecho, un Consejo de Diputados de los obreros armados y de la pequeña burguesía. Un tal Consejo elegido directamente por las masas que han entrado en el camino de la revolución, representa una excelente estructura ejecutiva. Pero al mismo tiempo, y justamente a causa de su ligazón inmediata y elemental con unas masas que se encuentran tal y como las encontró la revolución, refleja no sólo los puntos fuertes de masas sino también sus debilidades, y refleja antes las debilidades: manifiesta indecisión, atentismo, tendencia a la inactividad tras los primeros éxitos.

El Comité central de la Guardia nacional necesitaba ser dirigido. Era indispensable disponer de una organización que encarnase la experiencia política del proletariado y estuviese presente por todas partes -no solo en el Comité central, sino en las legiones, en los batallones, en las capas más profundas del proletariado francés. Por medio de los Consejos de Diputados, -que en este caso eran órganos de la Guardia nacional- el partido habría podido estar continuamente en contacto con las masas, pulsando así su estado de ánimo; su centro dirigente habría podido lanzar diariamente una consigna que los militantes del partido habrían podido difundir entre las masas, uniendo su pensamiento y su voluntad.

Apenas el gobierno hubo retrocedido sobre Versalles, la Guardia nacional se apresuró a declinar toda responsabilidad, precisamente cuando esta responsabilidad era enorme. El comité central imaginó elecciones “legales” a la Comuna. Entabló conversaciones con los concejales de París para cubrirse, por la derecha, con la “legalidad”.

Si al mismo tiempo se hubiera preparado un violento ataque contra Versalles, las conversaciones con los ediles hubieran significado una astucia militar plenamente justificada y acorde con los objetivos. Pero en realidad, estas conversaciones se mantuvieron para intentar que un milagro evitase la lucha. Los radicales pequeño burgueses y los socialistas idealistas, respetando la “legalidad” y a las gentes que encarnaban una parcela de estado “legal”, diputados, concejales, etc., esperaban, desde lo más profundo de su corazón, que Thiers se detendría respetuosamente ante el París revolucionario tan pronto como éste se hubiera dotado de una Comuna “legal”.

La pasividad y la indecisión se vieron favorecidas en este caso por el principio sagrado de la federación y la autonomía. París, como podéis comprobar, no es más que una comuna entre otras. París no quiere imponerse a nadie; no lucha por la dictadura, en todo caso sería la “dictadura del ejemplo”.

En resumidas cuentas, esto no fue más que una tentativa para reemplazar la revolución proletaria que se estaba desarrollando por una reforma pequeño burguesa: la autonomía comunal. La verdadera tarea revolucionaria consistía en asegurar al proletariado en el Poder en todo el país. París debía servir de base, punto de apoyo, plaza de armas. Para alcanzar este objetivo era preciso derrotar a Versalles sin pérdida de tiempo y enviar por toda Francia agitadores, organizadores, fuerzas armadas. Era necesario entrar en contacto con los simpatizantes, reafirmar a los que dudaban y quebrar la oposición de los adversarios. Pero en lugar de esta política de ofensiva y agresión, la única que podía salvar la situación, los dirigentes de París intentaron limitarse a su autonomía comunal: ellos no atacarían a los demás si éstos no les atacaban a ellos; cada ciudad debía recuperar el sagrado derecho al auto-gobierno. Este parloteo idealista -una especie de anarquismo mundano- cubría en realidad la cobardía ante una acción revolucionaria que era preciso llevar hasta sus últimas consecuencias, pues, de otro modo, no se hubiera debido empezar…

La hostilidad a una organización centralizada -herencia del localismo y autonomismo pequeño burgués- es sin lugar a dudas el punto débil de cierta fracción del proletariado francés. Para algunos revolucionarios, la autonomía de las secciones, de los barrios, de los batallones, de las ciudades, es la suprema garantía de la verdadera acción y de la independencia individual. Pero esto no es más un gran error que costó muy caro al proletariado francés.

Bajo la forma de “lucha contra el centralismo despótico” y contra la disciplina “asfixiante” se libra un combate por la conservación de los diversos grupos y sub-grupos de la clase obrera, por sus mezquinos intereses, con sus pequeños líderes de barrio y sus oráculos locales. La clase obrera en su totalidad, aunque conserve la originalidad de su cultura y sus matices políticos, puede actuar con método y firmeza, sin ir a remolque de los acontecimientos y dirigiendo sus golpes mortales contra los puntos débiles del enemigo, a condición de que esté liderada, por encima de barrios, secciones y grupos, por un aparato centralizado y cohesionado por una disciplina de hierro. La tendencia hacia el particularismo, cualquiera que se su forma, es una herencia de un pasado muerto. Cuanto antes se libere de ella el comunismo francés -comunismo socialista y comunismo sindicalista-, mejor será para la revolución proletaria.

*

El partido no crea la revolución a su gusto, no escoge según le convenga el momento para tomar el poder, pero interviene activamente en todas las circunstancias, pulsa en todo momento el estado de ánimo de las masas y evalúa las fuerzas del enemigo, determinando así el momento propicio para la acción definitiva. Esta es la más difícil de sus tareas. El partido no cuenta con una solución que valga para todos los casos. Necesita una teoría justa, un estrecho contacto con las masas, una acertada comprensión de la situación, una visión revolucionaria y una gran decisión. Cuando más profundamente penetra un partido revolucionario en todas las esferas de la lucha revolucionarias y cuanto más cohesionado está en torno a un objetivo y por la disciplina, mejor y más rápidamente puede llevar a cabo su misión.

La dificultad consiste en ligar estrechamente esta organización de partido centralizado, soldado interiormente por una disciplina de hierro, con el movimiento de las masas, con sus flujos y reflujos. No se puede conquistar el poder sin una poderosa presión revolucionaria de las masas trabajadoras. Pero, en esta acción, el elemento preparatorio es inevitable. Y cuanto mejor comprenda el partido la coyuntura y el momento, mejor preparadas estarán las bases de apoyo, mejor repartidas estarán las fuerzas y sus objetivos, más seguro será el éxito y menos víctimas costará. La correlación entre una acción cuidadosamente preparada y el movimiento de masas es la tarea político-estratégica de la toma del poder.

La comparación del 18 de marzo de 1871 con el 7 de noviembre de 1917 es, desde este punto de vista, muy instructiva. En París se sufrió una absoluta falta de iniciativa para la acción por parte de los círculos dirigentes revolucionarios. El proletariado, armado por el gobierno burgués, era, de hecho, dueño de la ciudad y disponía de todos los medios materiales del poder -cañones y fusiles- pero no se dio cuenta de ello. La burguesía hizo una tentativa para arrebatar al gigante sus armas: intentó robarle al proletariado sus cañones. Pero el intento fracasó. El gobierno huyó aterrado desde París a Versalles. El campo estaba libre. Pero el proletariado no se dio cuenta de que era el amo de París más que al día siguiente. Los “jefes” iban a remolque de los acontecimientos, tomaban nota de ellos cuando ya se habían producido y hacían todo lo posible para embotar el filo revolucionario.

En Petrogrado los acontecimientos se desarrollaron de forma muy distinta. El partido caminaba firme y decidido hacia la toma del poder. Dispuso a sus hombres por doquier, reforzando todas las posiciones y aprovechando toda ocasión para ahondar la brecha entre los obreros y la guarnición de una parte y el gobierno de otra.

La manifestación armada de las jornadas de julio fue un vasto reconocimiento que hizo el partido para sondear el grado de unión entre las masas y la fuerza de resistencia del enemigo. El reconocimiento de transformó en lucha de avanzadillas. Fuimos rechazados, pero al mismo tiempo mediante la acción se estableció la conexión entre el partido y las más amplias masas. Durante los meses de agosto, septiembre y octubre se desarrolló un poderoso flujo revolucionario. El partido lo aprovecho y aumentó de manera considerable sus apoyos entre la clase obrera y la guarnición. Más adelante la armonía entre los preparativos de la conspiración y la acción de masas fue casi automática. El Segundo Congreso de los Soviets fue fijado para el 7 de noviembre. Toda nuestra agitación anterior debía conducir a la toma del poder por el Congreso. El golpe de Estado quedó fijado para el 7 de noviembre. Se trataba de un hecho perfectamente conocido y comprendido por el enemigo. Por ello Kerensky y sus consejeros intentaron consolidar su posición en Petrogrado, en la medida de lo posible, cara al momento decisivo. Sobre todo necesitaban sacar de la capital al segmento más revolucionario de la guarnición. Por nuestra parte nos aprovechamos de esta tentativa de Kerensky para derivar de ella un nuevo conflicto que tuvo una importancia decisiva. Acusamos abiertamente al gobierno de Kerensky -y nuestra acusación se vio después confirmada por escrito en un documento oficial- de proyectar el alejamiento de una tercera parte de la guarnición de Petrogrado, no por consideraciones de orden militar, sino por intereses contrarrevolucionarios. El conflicto hizo que estrecháramos aún más nuestras relaciones con la guarnición e implicó que esta última se planteara una tarea bien definida: apoyar el Congreso de los Soviets fijado para el 7 de noviembre. Y puesto que el gobierno insistía -aunque de forma poco enérgica- en que la guarnición fuera desplazada, con el pretexto de verificar las razones militares del proyecto gubernamental creamos en el Soviet de Petrogrado, que ya dominábamos, un Comité revolucionario de guerra.

De este modo nos dotamos de un órgano puramente militar, a la cabeza de las tropas de Petrogrado, que era realmente un instrumento legal de insurrección armada. Al mismo tiempo nombramos comisarios (Comunistas) en todas las unidades militares, almacenes, etc. La organización militar clandestina ejecutaba las tareas técnicas especiales y proporcionaba al Comité revolucionario de guerra militantes de plena confianza para las operaciones militares de importancia. Lo esencial del trabajo de preparación y realización de la insurrección armada se hacía abiertamente, con un método y una naturalidad que la burguesía, con Kerensky a su cabeza, apenas se apercibió de lo que pasaba ante sus narices. En París, el proletariado sólo comprendió que era el dueño de la situación inmediatamente después de su victoria real, una victoria que, por otra parte, no había buscado conscientemente. En Petrogrado las cosas sucedieron de muy distinta forma. Nuestro partido, con el apoyo de los obreros y de la guarnición, se apoderó del poder, y la burguesía, que pasó una noche bastante tranquila, sólo se dio cuenta a la luz del día que el gobierno del país se encontraba ya en manos de sus enterradores.

En lo que concernía a la estrategia, se dieron en nuestro partido muchas divergencias de opinión.

Como es sabido, parte del Comité Central se declaró opuesta a la toma del poder pues creían que aún no había llegado el momento de actuar, que Petrogrado se encontraría aislada del resto del país, que los proletarios no contarían con el apoyo de los campesinos, etc.

Otros camaradas creían que no prestábamos suficiente importancia a los detalles del complot militar. En octubre, uno de los miembros del Comité Central exigía que se cercara el Teatro Alejandrina, sede de la Conferencia Democrática, y se proclamase la dictadura del Comité Central del Partido. Decía que con la agitación y trabajo militar preparatorios del Segundo Congreso mostrábamos nuestros planes al enemigo y le ofrecíamos así la posibilidad de prevenirse e incluso asestarnos un golpe preventivo. Pero no cabe duda que la tentativa de un complot militar y el asedio del Teatro Alejandrina hubieran sido elementos ajenos al desarrollo de los acontecimientos que habrían provocado el desconcierto de las masas. Incluso en el Soviet de Petrogrado, en el que nuestra fracción era mayoritaria, una acción tal que se anticipara al desarrollo lógico de la lucha no hubiera sido comprendida en ese momento, sobre todo entre la guarnición, en la que aún habían regimientos que dudaban y en los que no se podía confiar, principalmente la caballería. A Kerensky le hubiera resultado mucho más fácil aplastar un complot inesperado para las masas que atacar a la guarnición, y le hubiera permitido consolidarse mucho más en su posición: la defensa de su inviolabilidad en nombre del futuro Congreso de los Soviets. La mayoría del Comité Central rechazó con razón el plan de asedio a la Conferencia democrática. La coyuntura había sido evaluada perfectamente: la insurrección armada, sin apenas derramamiento de sangre, triunfó precisamente el día que había sido fijado, previa y abiertamente, para la convocatoria del Segundo Congreso de los Soviets.

Sin embargo esta estrategia no puede convertirse en norma general, necesitaba unas condiciones organizadas. Nadie creía ya en la guerra contra Alemania, e incluso los soldados menos inclinados hacia la revolución no querían marchar al frente. Y aunque sólo por esta razón la guarnición entera estaba de parte de los obreros, se reafirmaba cada vez más en su decisión a medida que iban conociéndose las maquinaciones de Kerensky. Pero el estado de ánimo de la guarnición de Petrogrado tenía una causa aún más profunda en la situación del campesinado y el desarrollo de la guerra imperialista. Si la guarnición se hubiera escindido y Kerensky hubiera tenido oportunidad de apoyarse en algunos regimientos, nuestro plan hubiera fracasado. Los elementos puramente militares del complot (conspiración y gran rapidez en la acción) hubieran prevalecido. Y está claro que hubiera sido necesario escoger otro momento para la insurrección.

La Comuna tuvo también la posibilidad de apoderarse de los regimientos, incluso aquellos formados por unos campesinos que habían perdido totalmente la confianza y el aprecio por el poder y sus mandos. Sin embargo no hizo nada en este sentido. La culpa no hay que achacársela a las relaciones entre los campesinos y la clase obrera, sino a la estrategia revolucionaria.

¿Qué puede pasar en este sentido en la Europa actual? No es nada fácil preverlo. Sin embargo, teniendo en cuenta que los acontecimientos se desarrollan lentamente y que los gobiernos burgueses han aprendido bien la lección, es de prever que el proletariado tendrá que superar grandes obstáculos para ganarse la simpatía de los soldados en el momento preciso. Será preciso que la revolución lleve a cabo un ataque hábil en el momento adecuado. El deber del partido es prepararse para ello. Justamente por eso deberá conservar y acentuar su carácter de organización centralizada que dirigiendo abiertamente el movimiento revolucionario de las masas, es, al mismo tiempo, un aparato clandestino para la insurrección armada.

La cuestión de la electividad de los mandos fue uno de los motivos del conflicto entre la Guardia nacional y Thiers. París rehusó aceptar el mando que había designado Thiers. Varlin formuló inmediatamente la reivindicación de que todos los mandos de la Guardia nacional, sin excepción, fueran elegidos por los propios guardias nacionales. Ese fue el principal apoyo del Comité central de la Guardia nacional.

Esta cuestión debe ser considerada desde dos perspectivas: la política y la militar. Ambas están relacionadas entre sí, pero es preciso distinguirlas. La tarea política consistía en depurar la Guardia nacional de los mandos contrarrevolucionarios. El único medio para conseguirlo era la total electividad, ya que la mayoría de la Guardia nacional estaba compuesta de obreros y pequeño burgueses revolucionarios. Más aún, la divisa de electividad debía ampliarse también a la infantería. De un solo golpe Thiers se hubiera visto privado de su principal arma, la oficialidad contrarrevolucionaria. Pero para realizar este plan al proletariado le faltaba un partido, una organización que dispusiera de adeptos en todas las unidades militares. En una palabra, la electividad, en este caso, no tenía como objetivo inmediato dotar a los batallones de mandos adecuados, sino liberarlos de los mandos adictos a la burguesía. Hubiera sido como una cuña para dividir el ejército en dos partes, a lo largo de una línea de clase. Así sucedieron las cosas en Rusia en la época de Kerensky, sobre todo en vísperas de Octubre.

Pero cuando el ejército se libera del antiguo aparato de mando inevitablemente se produce un debilitamiento de la cohesión en sus filas y la disminución de su espíritu de combate. El nuevo mando elegido es a menudo bastante débil en el terreno técnico-militar y en lo tocante al mantenimiento del orden y la disciplina. De manera que cuando el ejército se libera del viejo mando contrarrevolucionario que lo oprimía, surge la cuestión de dotarle de un mando revolucionario capaz de cumplir su misión. Y este problema no puede ser resuelto por unas simples elecciones. Antes que la gran masa de soldados pudiera adquirir la suficiente experiencia para seleccionar a sus mandos la revolución sería aplastada por el enemigo, que ha aprendido a escoger sus mandos durante siglos. Los métodos de democracia informe (la simple electividad) deben ser completados, y en cierta medida reemplazados, por medidas de cooptación. La revolución debe crear una estructura compuesta de organizadores experimentados, seguros, merecedores de una confianza absoluta, dotada de plenos poderes para escoger, designar y educar a los mandos. Si el particularismo y el autonomismo democrático son extremadamente peligrosos para la revolución proletaria en general, son aún diez veces más peligrosos para el ejército. Nos lo demostró el ejemplo trágico de la Comuna.

El Comité central de la Guardia nacional basaba su autoridad en la electividad democrática. Pero cuando tuvo necesidad de desplegar al máximo su iniciativa en la ofensiva, sin la dirección de un partido proletario, perdió el rumbo y se apresuró a transmitir sus poderes a los representantes de la Comuna, que necesitaba una base democrática más amplia. Y jugar a las elecciones fue un gran error en ese momento. Pero una vez celebradas las elecciones y reunida la Comuna, hubiera sido preciso que ella misma creara un órgano que concentrara el poder real y reorganizara la Guardia nacional. Y no fue así. Junto a la Comuna elegida estaba el Comité central, cuyo carácter electivo le confería una autoridad política gracias a la cual podía enfrentarse a aquélla. Al mismo tiempo se veía así privado de la energía y firmeza necesarias en las cuestiones puramente militares que, tras la organización de la Comuna, justificaban su existencia. La electividad, los métodos democráticos no son más que una de las armas de las que dispone el proletariado y su partido. La electividad no puede ser de ningún modo un fetiche, un remedio contra todos los males. Es necesario combinarla con las designaciones. El poder de la Comuna procedía de la Guardia nacional elegida. Pero una vez creada, la Comuna hubiera debido reorganizar toda la Guardia nacional con mano firme, dotarla de mandos seguros e instaurar un régimen disciplinario muy severo. La Comuna no lo hizo, privándose por ello de un poderoso centro dirigente revolucionario. Por ello fue aplastada.

Podemos hojear página por página toda la historia de la Comuna y encontraremos una sola lección: es necesaria la enérgica dirección de un partido. El proletariado francés se ha sacrificado por la Revolución como ningún otro lo ha hecho. Pero también ha sido engañado más que otros. La burguesía lo ha deslumbrado muchas veces con todos los colores del republicanismo, del radicalismo, del socialismo, para cargarlo con las cadenas del capitalismo. Por medio de sus agentes, sus abogados y sus periodistas, la burguesía ha planteado una gran cantidad de fórmulas democráticas, parlamentarias, autonomistas, que no son más que los grilletes con que ata los pies del proletariado e impide su avance.

El temperamento del proletariado francés es como una lava revolucionaria. Pero por ahora está recubierta con las cenizas del escepticismo, resultado de muchos engaños y desencantos. Por eso, los proletarios revolucionarios de Francia deben ser más severos con su partido y denunciar inexcusablemente toda disconformidad entre las palabras y los hechos. Los obreros franceses necesitan una organización para la acción, fuerte como el acero, con jefes controlados por las masas en cada nueva etapa del movimiento revolucionario.

¿Cuánto tiempo nos concederá la historia para prepararnos? No lo sabemos. Durante cincuenta años la burguesía francesa ha mantenido el poder en sus manos, tras haber erigido la Tercera República sobre los cadáveres de los comuneros. A los luchadores del 71 no les faltó heroísmo. Lo que les faltaba era claridad en el método y una organización dirigente centralizada. Por ello fueron derrotados. Y ha transcurrido medio siglo antes de que el proletariado francés pueda plantearse vengar la muerte de los comuneros. Pero ahora intervendrá de manera más firme, más concentrada. Los herederos de Thiers tendrán que pagar la deuda histórica, íntegramente.

 

 

SOBRE LOS PRINCIPIOS DE MORAL POLITICA

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¡Ciudadanos, representantes del pueblo!

Hace algún tiempo expusimos los principios de nuestra política exterior; hoy desarrollaremos los principios de nuestra política interior. Después de haber actuado durante tanto tiempo al azar, y casi llevados por el movimiento de las acciones contrarias, los representantes del pueblo francés han mostrado finalmente un carácter y un gobierno. Un cambio repentino en la suerte de la nación anunció a Europa la regeneración que se había operado en la representación nacional.

Pero, hasta el momento preciso en que os hablo, hay que reconocer que, en circunstancias tan tempestuosas, hemos sido guiados por el amor al bien y por la intuición de las necesidades de la patria, y no por una reoría exacta o por reglas precisas de conducta, que ni siquiera teníamos tiempo disponible para trazar.

Es hora, pues, de determinar con exactitud los objetivos de la Revolución y el término al que queremos llegar. Es hora de que nos demos cuenta de los obstáculos que todavía nos alejan de esta meta y de los instrumentos que debemos emplear para alcanzarlo: es una idea simple pero importante y que me parece que todavía no ha sido muy definida.

Por otra parte, ¿cómo podría realizarla un gobierno vil y corrompido? Un rey, un senado orgulloso, un César, un Cromwell, deben ante todo, intentar cubrir sus proyectos con un velo religioso, transigir con todos los vicios posibles, halagar a todos los partidos y aplastar el de las personas que quieren hacer el bien; oprimir y engañar al pueblo con el fin de realizar su pérfida ambición.

Si no hubiéramos tenido otras tareas más importantes que realizar, si aquí no se hubiese tratado de nada más que de los intereses de una facción o de una nueva aristocracia, quizás hubiéramos podido creer —como creen algunos escritores más ignorantes que perversos., que el plan de la Revolución Francesa ya estaba trazado totalmente en los libros de Tácito y Maquiavelo; y hubiéramos buscado los deberes de los representantes del pueblo en la historia de Augusto, de Tiberio o de Vespasiano, o bien en la de ciertos legisladores franceses. Puesto que —excepto determinados matices de perfidia o de crueldad— todos los tiranos se asemejan entre sí.

En cuanto a nosotros, hoy confiaremos al mundo entero vuestros secretos, vuestra manera de conducir la política, a fin de que todos los amigos de la patria puedan sumarse a la voz de la razón y del interés público; a fin de que la nación francesa y sus representantes sean respetados en todos los países del mundo a los que puedan llegar sus principios; y a fin de que los intrigantes que siempre intentan reemplazar a otros intrigantes sean juzgados de acuerdo con reglas seguras y fáciles.

Es conveniente tomar precauciones con mucha antelación para poder poner la suerte de la libertad en manos de la verdad -que es eterna- antes que ponerla en las de los hombres -que pasan-; de manera que, si el gobierno olvida los intereses del pueblo, o si cae en manos de hombres corrompidos, según el curso natural de las cosas, la luz de los principios reconocidos pueda iluminar sus traiciones, y toda nueva facción encuentre la muerte al sólo pensamiento de su crimen.

¡Afortunado el pueblo que puede llegar hasta este punto, puesto que, cualesquiera que sean los nuevos ultrajes que se le preparen, un orden de cosas en el que la razón pública es la garantía de la libertad, le da infinitos recursos!

¿Hacia qué objetivo nos dirigimos? A1 pacífico goce de la libertad y de la igualdad; al reino de la justicia eterna cuyas leyes han sido escritas, no ya sobre mármol o piedra, sino en el corazón de todos los hombres, incluso en el del esclavo que las olvida y del tirano que las niega.

Queremos un orden de cosas en el que toda pasión baja y cruel sea encadenada; en el que toda pasión bienhechora y generosa sea estimulada por las leyes; en el que la ambición sea el deseo de merecer la gloria y de servir a la patria; en el que las distinciones no nazcan más que de la propia igualdad; en el que el ciudadano sea sometido al magistrado, y el magistrado al pueblo, y el pueblo a la justicia; en el que la patria asegure el bienestar a todos los in dividuos, y en el que todo individuo goce con orgullo de la prosperidad y de la gloria de la patria; en el que todos los ánimos se engrandezcan con la continua comunión de los sentimientos republicanos, y con la exigencia de merecer la estima de un gran pueblo; en el que las artes sean el adorno de la libertad que las ennoblece, el comercio sea la fuente de la riqueza pública y no la de la opulencia monstruosa de algunas casas.

En nuestro país queremos sustituir el egoísmo por la moral, el honor por la honradez, las costumbres por los principios, las conveniencias por los deberes, la tiranía de la moda por el dominio de la razón, el desprecio de la desgracia por el desprecio del vicio, la insolencia por el orgullo, la vanidad por la grandeza de ánimo, el amor al dinero por el amor a la gloria, la buena sociedad por las buenas gentes, la intriga por el mérito, la presunción por la inteligencia, la apariencia por la verdad, el tedio del placer voluptuoso por el encanto de la felicidad, la pequeñez de los “grandes” por la grandeza del hombre; y un pueblo “amable”, frívolo y miserable por un pueblo magnánimo, poderoso y feliz; es decir, todos los vicios y todas las ridiculeces de la Monarquía por todas las virtudes y todos los milagros de la República.

En una palabra, queremos realizar los deseos de la naturaleza, cumplir los destinos de la humanidad, mantener las promesas de la filosofía y liberar a la providencia del largo reinado del crimen y de la tiranía.

Que Francia, en otro tiempo ilustre en medio de países esclavos, eclipsando la gloria de todos los pueblos libres que jamás hayan existido, pueda convertirse en modelo de las naciones, en terror de los opresores, consuelo de los oprimidos, adorno del universo; y que, sellando nuestra obra con sangre, podamos ver brillar la aurora de la felicidad universal… Esta es nuestra ambición: este es nuestro objetivo.

¿Qué tipo de gobierno puede realizar estos prodigios? Solamente el gobierno democrático, o sea republicano. Estas dos palabras son sinónimos a pesar de los equívocos del lenguaje común, puesto que la aristocracia no es república, como no lo es la monarquía.

La democracia no es un Estado en el que el pueblo -constantemente reunido- regula por sí mismo los asuntos públicos; y todavía menos es un Estado en el que cien mil facciones del pueblo, con medidas aisladas, precipitadas y contradictorias, deciden la suerte de la sociedad entera. Tal gobierno no ha existido nunca, ni podría existir sino fuera para conducir al pueblo hacia el despotismo.

La democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son el fruto de su obra, lleva a cabo por sí mismo todo lo que está en sus manos, y por medio de sus delegados todo aquello que no puede hacer por sí mismo.

Debéis, pues, buscar las reglas de vuestra conducta política en los principios del gobierno democrático.

Pero, para fundar y para consolidar la democracia entre nosotros, para conseguir el pacifico reinado de las leyes constitucionales, es necesario llevar a término la guerra de la libertad contra la tiranía, y atravesar con éxito las tempestades de la Revolución. Tal es el objetivo del sistema revolucionario que habéis regularizado. Todavía debéis regular vuestra conducta de acuerdo con las circunstancias tempestuosas en que se encuentra la República; y el plan de vuestra administración debe ser el resultado del espíritu revolucionario combinado conjuntamente con los principios generales de la democracia.

Entonces, ¿cuál es el principio fundamental del gobierno democrático o popular, es decir, la fuerza esencial que lo sostiene y lo mueve? Es la virtud. Hablo de aquella virtud pública que tantos prodigios obró en Grecia y Roma y que en la Francia republicana deberá producir otros mucho más asombrosos, hablo de la virtud que es, en sustancia, el amor a la patria y a sus leyes.

Pero, dado que la esencia de la República, o sea de la democracia, es la igualdad, se deduce de ello que el amor a la patria implica, necesariamente, el amor a la igualdad.

Además, este sublime sentimiento presupone la prioridad del interés público sobre todos los intereses particulares; de ahí resulta que el amor a la patria presupone también -o produce- todas las virtudes. En efecto, ¿acaso las virtudes son otra cosa que la fuerza de ánimo que hace posibles tales sacrificios? ¿Acaso puede el esclavo de la avaricia o de la ambición sacrificar sus ídolos a la patria?

No sólo la virtud es el alma de la democracia, sino que ésta sólo puede existir en este tipo de gobierno. En efecto, en la Monarquía solamente conozco a un individuo que pueda amar a la patria pero que, precisamente por ello, no tiene ninguna necesidad de la virtud: el monarca. La razón de ello se debe a que —entre todos los habitantes de sus Estados— el monarca es el único que tiene una patria. ¿Acaso no es él el soberano, por lo menos de hecho? ¿Acaso no ocupa el lugar del pueblo? ¿Qué es la patria sino el país en que todo ciudadano es partícipe de la soberanía? Como consecuencia del mismo principio, en los Estados aristocráticos, la patria sólo significa algo para las familias patricias que han usurpado la soberanía. Únicamente en un régimen democrático el Estado es verdaderamente la patria de todos los individuos que lo componen y puede contar con tantos defensores interesados en su causa, como ciudadanos haya en su seno.

Este es el origen de la superioridad de los pueblos libres sobre los demás. Si Atenas y Esparta triunfaron sobre los tiranos de Asia, y los suizos sobre los tiranos de España y de Austria fue debido a esta superioridad de pueblos libres.

Pero los franceses son el primer pueblo del mundo que han instaurado la verdadera Democracia, concediendo a todas las personas la igualdad y la plenitud de los derechos del ciudadano. Esta es, en mi opinión, la verdadera razón por la cual todos los tiranos aliados contra la República serán vencidos.

Hay que sacar grandes consecuencias de los principios que hemos expuesto.

Dado que el alma de la República es la virtud, la igualdad, y dado que vuestro objetivo es fundar y consolidar la República, es evidente que la primera norma de vuestra conducta política debe ser dirigir todas las obras al mantenimiento de la igualdad y al desarrollo de la virtud; puesto que la principal preocupación del legislador debe ser la de fortificar el principio sobre el que se basa su poder de gobierno. Así pues, todo aquello que tienda a aumentar el amor a la patria, a purificar las costumbres, a elevar los espíritus, a dirigir las pasiones del corazón humano hacia el interés público, deben ser adoptadas e instauradas. Mientras que todas las cosas que tiendan a concentrar las pasiones en la abyección del yo personal, a resucitar el interés por las pequeñas causas y el desprecio por las grandes deben ser rechazadas o reprimidas.

En el sistema instaurado por la Revolución Francesa, todo lo inmoral es contrario a la política, todo acto corruptor es contrarrevolucionario.

La debilidad, los vicios, los prejuicios son el camino hacia la monarquía.

Quizá, arrastrados demasiado a menudo por el peso de nuestras antiguas costumbres, al igual que por la inclinación insensible de la debilidad humana hacia ideas falsas y hacia sentimientos pusilánimes, debemos defendernos, no tanto de los excesos de vigor como de los excesos de debilidad. Quizá el mayor escollo que debamos evitar no sea ya el fervor del celo, sino más bien el relajamiento en obrar el bien y el temor a nuestro propio valor.

Apoyad, pues, sin cesar, la sagrada fuerza del gobierno republicano en vez de dejarla de la mano.

No creo necesario deciros que no pretendo justificar ningún exceso. Se puede abusar de los principios más sagrados. Corresponde al gobierno saber consultar las circunstancias, escoger el momento propicio y los medios idóneos; pues la manera con que se preparan las grandes cosas es una parte esencial del talento de realizarlas, de la misma manera que la sensatez es una parte de la virtud.

No pretendemos modelar la República Francesa según el ejemplo de Esparta; no queremos darle ni la austeridad ni la corrupción de los claustros. Os hemos presentado con toda su pureza el fundamento moral y político del gobierno popular. Tenéis, pues, una brújula que puede indicaros la ruta en medio de las tempestades de todas las pasiones y en medio del torbellino de todas las intrigas que os rodea. Tenéis la piedra de toque con la que podéis ensayar todas vuestras leyes, todas las proposiciones que se os hagan.

Comparándolas sin cesar con ese principio, a partir de ahora podréis evitar el escollo ordinario de las grandes asambleas: el peligro de sorpresas y de medidas precipitadas, incoherentes y contradictorias. Podréis dar a todas vuestras obras la complejidad, la unidad y la dignidad que deben distinguir a los representantes del primer pueblo del mundo.

No son las consecuencias fáciles del principio de democracia las que hay que explicar detalladamente, sino el principio simple y fecundo el que merece ser desarrollado.

La virtud republicana puede ser considerada en relación al pueblo y en relación al gobierno. Es necesaria en ambos casos. Pues, cuando el gobierno está privado de ella, queda una válvula de seguridad en la del pueblo; pero cuando el pueblo se corrompe, entonces la libertad se pierde para siempre.

Afortunadamente, la virtud es innata en el pueblo, a pesar de todos los prejuicios de los aristócratas.

Una nación está realmente corrompida cuando —después de haber perdido gradualmente su carácter y su libertad— pasa de la democracia a la aristocracia o a la monarquía. Se produce entonces la muerte del cuerpo político por decrepitud.

Cuando, después de cuatrocientos años de gloria, la avaricia consigue desterrar de Esparta las buenas costumbres, junto con las leyes de Licurgo, Agis [2] muere en vano para restaurarlas. Y Demóstenes clama contra Filipo, pero Filipo encuentra en los vicios de la Atenas degenerada abogados más elocuentes que Demóstenes. Todavía existe en Atenas una población tan numerosa como en tiempos de Milcíades y Aristides: pero ya no existen verdaderos atenienses. ¿Qué importa que Bruto haya matado al tirano? La tiranía sobrevive en los corazones y Roma sólo existe en Bruto.

Cuando, con prodigiosos esfuerzos de valor y de razón, un pueblo sabe romper las cadenas del despotismo para ofrecerlas como trofeos a la libertad; cuando, con la fuerza de su temperamento moral, escapa de los brazos de la muerte para recobrar todo el vigor de su juventud; cuando, alternativamente, sensible y fiero, intrépido y dócil, no puede ser detenido ni con bastiones inexpugnables, ni con los innumerables ejércitos de los tiranos armados en contra suyo, y cuando se detiene ante la imagen de la ley; cuando un pueblo no se eleva rápidamente a la altura de sus destinos, será por culpa de los que lo gobiernan.

Por otra parte se puede decir, en cierto sentido, que para amar la justicia y la igualdad, el pueblo no necesita una gran virtud: le basta con amarse a sí mismo.

Pero el magistrado -por el contrario- está obligado a inmolar sus intereses al interés del pueblo; y el orgullo del poder a la virtud de la igualdad. Es necesario que la ley sepa hablar con autoridad a los que son sus ejecutores.

Es necesario que el gobierno tenga fuerza para mantener unidas todas sus partes en armonía con la ley.

Si existe un cuerpo representativo, una autoridad principal constituida por el pueblo, a ella corresponde el deber de vigilar y reprimir incesantemente a todos los funcionarios públicos. Pero, ¿quién reprimirá esta autoridad sino su virtud personal?

Cuanto más elevada es la fuente de donde deriva el poder público, más pura tiene que ser. Es necesario que el cuerpo representativo empiece sometiendo, en su interior, todas las pasiones individuales a la pasión general por el bien público.

¡Afortunados los representantes que están unidos a la causa de la libertad, tanto por su gloria e interés como por sus deberes!

De todo cuanto precede deducimos una gran verdad: que el carácter del gobierno popular consiste en tener fe en el pueblo y en ser severo consigo mismo.

Todo el desarrollo de nuestra teoría podría limitarse a esto último si sólo tuvierais que gobernar la nave de la República en medio de la calma. Pero la tempestad ruge: y el momento de la Revolución en el que os encontráis impone otra tarea.

La gran pureza de los fundamentos de la Revolución Francesa, la sublime condición de su objeto es precisamente lo que constituye nuestra fuerza y nuestra debilidad. Nuestra fuerza, porque nos da la superioridad de la verdad sobre la impostura, y de los derechos del interés público sobre los del interés particular. Nuestra debilidad, porque une contra nosotros a todos los hombres viciosos, a todos los que pretenden despojar al pueblo y a todos los que hubieran querido despojarlo impunemente; ya se trate de los que han rechazado la libertad como una calamidad personal, o bien de los que han abrazado la Revolución como un oficio y la República como una presa. De ahí la decepción de tantas personas ambiciosas o ávidas que, después del punto de partida, nos han abandonado en el camino porque no habían iniciado el viaje con nuestro mismo objetivo.

Se diría que los dos genios opuestos, que hemos representado disputándose el dominio de la naturaleza, combaten en esta gran época de la historia humana para fijar, definitivamente, el destino del mundo, y para que sea precisamente Francia el teatro de esta terrible lucha. En el exterior, los tiranos nos cercan; en el interior, los amigos de los tiranos conspiran: conspirarán hasta que al crimen le sea arrebatada toda esperanza.

Es necesario ahogar a los enemigos internos y externos de la República o perecer con ella. Así, en tal situación, la máxima principal de vuestra política deberá ser la de guiar al pueblo con la razón, y a los enemigos del pueblo con el terror.

Si la fuerza del gobierno popular es, en tiempo de paz, la virtud, la fuerza del gobierno popular en tiempo de revolución es, al mismo tiempo, la virtud y el terror. La virtud, sin la cual el terror es cosa funesta; el terror, sin el cual la virtud es impotente.

El terror no es otra cosa que la justicia expeditiva, severa inflexible: es, pues, una emanación de la virtud. Es mucho menos un principio contingente, que una consecuencia del principio general de la democracia aplicada a las necesidades más urgentes de la patria.

Se ha dicho que el terror era la fuerza del gobierno despótico. ¿Acaso vuestro terror se asemeja al del despotismo? Sí, como la espada que brilla en las manos de los héroes de la libertad se asemeja a la espada con la que están armados los esbirros de la tiranía. Que el déspota gobierne por el terror a sus súbditos embrutecidos. Como déspota, tiene razón. Domad con el terror a los enemigos de la libertad, y también vosotros, como fundadores de la República, tendréis razón.

El gobierno de la revolución es el despotismo de la libertad contra la tiranía. La fuerza no está hecha solamente para proteger el crimen. Está hecha también para fulminar las cabezas orgullosas.

La naturaleza impone a todo ser físico o moral, la obligación de procurar su conservación. El crimen mata la inocencia para reinar, y la inocencia se debate con todas sus fuerzas en las manos del crimen.

Si la tiranía reinase un solo día, a la mañana siguiente no quedaría ni un solo patriota.

Pero, ¿hasta cuándo el furor de los déspotas seguirá siendo llamado justicia, y la justicia del pueblo barbarie o rebelión? ¡Cuánta ternura hay para con los opresores y cuánta inflexibilidad para con los oprimidos!

Nada más natural: quien no odie el crimen, no puede de amar la virtud., Sin embargo, sucede que uno u otro sucumbe. “¡Indulgencia para los realistas! -gritaban algunos-. ¡Gracia para los infames!” ¡No: gracia para los inocentes, gracia para los débiles, gracia para los infelices, gracia para la humanidad!

Sólo se debe protección social a los ciudadanos pacíficos. Y en la República sólo son ciudadanos los republicanos. Y los realistas, los conspiradores no son para ella más que extranjeros, o más bien enemigos.

¿Acaso esta guerra que la libertad está sosteniendo contra la tiranía es indivisible? ¿Acaso los enemigos del interior no están aliados con los enemigos del exterior? ¿Acaso son menos culpables todos los asesinos que laceran la patria en el interior, los intrigantes que compran la conciencia de los mandatarios del pueblo, los traidores que la venden, los libelistas mercenarios a sueldo para deshonrar la causa del pueblo, para hacer morir la virtud pública, para atizar el fuego de las discordias, para prepapar la contrarrevolución política por medio de la contrarrevolución moral, acaso todos estos individuos son menos culpables o menos peligrosos que los tiranos a cuyo servicio están?

Todos aquellos que interponen su dulzura parricida entre estos infames y la espada vengadora de la justicia nacional, se asemejan a quienes se interponen entre los esbirros de los tiranos y las bayonetas de nuestros soldados.

Todos los esfuerzos de su falsa sensibilidad me parecen sólo suspiros hacia Inglaterra y hacia Austria.

Y si no, ¿por quién iban a sentir ternura? ¿Acaso de los doscientos mil héroes, la flor de la nación, caídos bajo el hierro de los enemigos de la libertad, o bajo los puñales de los asesinos monárquicos o federalistas? No, ciertamente: sólo eran plebeyos, sólo eran patriotas. Para merecer su tierno interés hay que ser por lo menos la viuda de un general que haya traicionado veinte veces a la patria; para obtener su indulgencia es casi necesario probar que se han hecho inmolar diez mil franceses, igual que un general romano que, para obtener el triunfo debía haber matado diez mil enemigos.

Es necesario tener la sangre fría para escuchar el relato de los horrores cometidos por los tiranos contra los defensores de la libertad. Nuestras mujeres horriblemente mutiladas; nuestros hijos matados en el seno de sus madres; nuestros prisioneros obligados a expiar con horribles tormentos su conmovedor y sublime heroísmo. ¡Y se osa denominar horrible carnicería el castigo -demasiado lento- de algunos monstruos que se han cebado con la sangre más pura de nuestra patria!

Sufren con paciencia la miseria de las ciudadanas generosas que han sacrificado sus hermanos, sus hijos y sus esposos a la más hermosa de las causas; pero prodigan los más generosos consuelos a las mujeres de los conspiradores. Admiten que pueden seducir impunemente a la justicia, patrocinar, en contra de la libertad, la causa de sus parientes y de sus cómplices. La han convertido casi en una corporación privilegiada, acreedora y pensionada por el pueblo.

¡Con cuánta credulidad seguimos siendo víctimas de las palabras! ¡La aristocracia y el moderantismo nos gobiernan todavía con las máximas asesinas que nos han dado!

La aristocracia se defiende mejor con sus intrigas que el patriotismo con sus servicios. Se pretende gobernar las revoluciones con las argucias de palacio; se tratan las conspiraciones contra la República como si fuesen procesos contra individuos privados. La tiranía mata y la libertad se lamenta; y el código que han hecho los mismos conspiradores es la ley con la que se los juzga.

Cuando se trata de la salvación de la patria, el testimonio de todo el universo no puede suplir la prueba testimonial, ni la misma evidencia puede suplir la prueba literal.

La lentitud de los juicios equivale a la impunidad; la incertidumbre de la pena estimula a todos los culpables. Y todavía se lamentan de la severidad de la justicia: ¡se lamentan por la detención de los enemigos de la República!

Buscan ejemplos en la historia de los tiranos porque no quieren cogerlos de la de los pueblos, ni extraerlos del genio de la libertad amenazada. En Roma, cuando el cónsul descubrió la conjura y la ahogó al instante con la muerte de los cómplices de Catilina, fue acusado de haber violado las formas; ¿y sabéis quién le acusó? El ambicioso César, quequería aumentar su partido con la horda de los conjurados, con Pisón, con Clodio y con todos los perversos ciudadanos, los cuales temían la virtud de un verdadero romano y la severidad de las leyes.

Castigad a los opresores de la humanidad: ¡esto es clemencia! Perdonarles sería barbarie. El rigor de los tiranos tiene como fundamento solamente el rigor: el del gobierno republicano tiene, por el contrario, el bienestar. Así pues, ¡ay de aquel que ose dirigir contra el pueblo el terror que sólo debe dirigirse contra sus enemigos! ¡Ay de aquel que —confundiendo los errores inevitables de la virtud cívica con los errores calculados de la perfidia o con los atentados de los conspiradores— olvida al peligroso intrigante para perseguir al ciudadano pacífico! ¡Perezca el infame que osa abusar del sagrado nombre de la libertad, o de las terrible armas que ésta le ha confiado para llevar el luto o la muerte al corazón de los patriotas!

Es indudable que semejante abuso ha tenido lugar. Sin duda alguna, ha sido exagerado por la aristocracia; y, sin embargo, aunque en toda la República sólo existiera un hombre virtuoso perseguido por los enemigos de la libertad, el gobierno tendría el deber de buscarlo con solicitud y de vengarlo clamorosamente.

Pero, ¿es necesario, concluir de estas persecuciones suscitadas contra los patriotas por el celo hipócrita de los contrarrevolucionarios, que debemos devolver la libertad a estos últimos y renunciar a toda severidad? No: estos nuevos crímenes de la aristocracia no hacen más que demostrar la necesidad de dicha severidad.

¿Qué prueba la audacia de nuestros enemigos sino la debilidad con que han sido perseguidos? Es debido en gran parte a la relajada doctrina que se ha predicado en estos últimos tiempos para tranquilizarles. Y si escucháseis esos consejos, vuestros enemigos conseguirían su objetivo y recibirían de vuestras propias manos el premio al último de sus crímenes.

¡Cuánta ligereza si consideraseis algunas victorias obtenidas por el patriotismo como el fin de todos nuestros peligros! Considerar nuestra situación real: descubriréis que la vigilancia y la energía os son, hoy, más necesarias que nunca. En todas partes existe un odio sordo que se levanta contra las medidas del gobierno. La fatal influencia de las cortes extranjeras no es, por el hecho de estar más ocultas, menos activa ni menos funesta. Se advierte que el crimen, intimidado, no ha hecho más que cubrir sus movimientos con una mayor habilidad.

Los enemigos internos del pueblo francés se han dividido en dos facciones, como en dos cuerpos de ejército. Marchan bajo banderas de colores diversos y por distintos caminos; pero todavía caminan hacia el mismo objetivo: la desorganización del gobierno popular, la ruina de la Convención, es decir, el triunfo de la tiranía.

Una de estas facciones nos empuja a la debilidad, la otra a los excesos. Una quiere convertir la libertad en bacante, la otra en prostituta.

Algunos intrigantes subalternos, y a menudo incluso buenos ciudadanos engañados, se alinean en uno u otro partido: pero los jefes pertenecen a la causa del rey o de la aristocracia y siempre se unen contra los patriotas. Los bribones —aun cuando se hacen la guerra entre sí se odian mucho menos de lo que detestan a la gente honesta. La patria es su presa; se combaten para dividírsela: pero se alían contra aquellos que la defienden.

A unos se les ha dado el nombre de moderados; posiblemente hay más argucia que exactitud en la denominación de «ultrarrevolucionarios» con la que se ha designado a los otros. Es esta una denominación que, mientras no pueda aplicarse en ningún caso a los hombres de buena fe que puedan ser conducidos, por el celo o por la ignorancia más allá de la sana política de la revolución, no caracteriza con exactitud a los hombres pérfidos a quienes la tiranía paga para comprometer, con actuaciones falsas o funestas, los sagrados principios de nuestra Revolución.

El falso revolucionario se encuentra quizá más a menudo entre los citra que entre los ultra de la revolución. Es un moderado o un fanático del patriotismo, según las circunstancias. Lo que pensará mañana depende hoy de los comités prusianos, ingleses, austríacos o incluso moscovitas. Se opone a las medidas enérgicas, pero las exagera cuando no puede impedirlas. Es severo con la inocencia, pero indulgente con el crimen. Incluso llega a acusar a los culpables que no son suficientemente ricos para comprar su silencio, ni suficientemente importantes para merecer su devoción; pero guarda de comprometerse hasta el punto de defender la virtud calumniada. Tal vez, descubre complots ya descubiertos, arranca la máscara a traidores ya desenmascarados o incluso decapitados; pero encomia a los traidores vivos y todavía acreditados. Es solícito en aceptar la opinión del momento, y hace todo lo posible para no analizarla y sobre todo para no obstaculizarla. Está siempre dispuesto a adoptar las medidas más arriesgadas a condición de que no tengan demasiados inconvenientes; calumnia las que no presentan más que ventajas, o bien les añade enmiendas que puedan hacerlas nocivas. Dice la verdad con parsimonia, y solamente cuando puede conquistar el derecho de mentir impunemente después. Destila el bien gota a gota y derrama el mal a torrentes; está lleno de fuego por las grandes resoluciones que ya no significan nada; pero es más que indiferente con las que pueden honrar la causa del pueblo y salvar a la patria. Da mucha importancia a las formas exteriores del patriotismo: aficionadísimo -igual que los devotos de los que se declara enemigo- a las prácticas exteriores; preferiría usar cien gorros frigios antes que hacer una buena acción.

¿Qué diferencia existe entre estas personas y las que llamáis “moderados”? Todos son criados del mismo amo, o bien, si queréis, cómplices que fingen estar en discordia entre sí para mejor enmascarar sus crímenes. Juzgadles no ya por la diversidad de lenguaje sino por la identidad de los resultados.

¿Acaso no están de acuerdo los que atacan la Convención Nacional con discursos insensatos y los que la engañan para comprometerla? Aquel que —con injustos rigores obliga al patriotismo a temer por sí mismo, es el mismo que después invoca la amnistía en favor de la aristocracia y de la traición.

Éste [3] llamaba a Francia a la conquista del mundo, mientras que no tenía más o bjetivo que estimular a los tiranos a la conquista de Francia. Aquel extranjero hipócrita [4], que desde hace cinco años proclama París como capital del globo, no hacía sino traducir a otra jerga los anatemas de los viles federalistas que destinaban a París a la destrucción.

Predicar el ateísmo es solamente una manera de absolver la superstición y de acusar a la filosofía. Y la guerra declarada contra la divinidad no es otra cosa que una diversión en favor de la Monarquía [5].

¿Qué otro sistema queda para poder combatir a la libertad? ¿Seguir el ejemplo de los primeros campeones de la aristocracia, que alaban las dulzuras de la esclavitud y los beneficios de la monarquía, o bien el genio sobrenatural del rey y sus incomparables virtudes? ¿O se proclamará la vanidad de los derechos del hombre y de los principios de la justicia eterna?

¿O se exhumará quizás a la nobleza y al clero, o se reclamarán los derechos de la alta burguesía a la doble sucesión? ¡No! Es mucho más cómodo, por el contrario, adoptar la máscara del patriotismo para desfigurar, con insolentes parodias, el drama sublime de la Revolución, para comprometer la causa de la libertad con una hipócrita moderación o con estudiadas extravagancias.

También la aristocracia se constituye en sociedades populares; el orgullo contrarrevolucionario oculta bajo harapos sus complots y sus puñales; el fanatismo destroza sus propios altares; el realismo canta las victorias de la República; la nobleza, oprimida por los recuerdos, abraza tiernamente la libertad para ahogarla; la tiranía, teñida con la sangre de los defensores de la libertad, arroja flores sobre sus tumbas.

Si todos los corazones no han cambiado todavía, ¡cuántos rostros se han enmascarado! ¡Cuántos traidores se inmiscuyen en nuestros asuntos para arruinarlos!

¿Queréis ponerlos a prueba? Pues bien, pedidles servicios efectivos en lugar de juramentos y declaraciones.

¿Hay que actuar? Ellos declaman. ¿Hay que deliberar? Ellos empiezan a actuar. ¿Los tiempos son pacíficos? Ellos se oponen a todo cambio útil. ¿Son tiempos, por el contrario, tempestuosos? Ellos hablan de reformarlo todo para transtornarlo todo. ¿Queréis reprimir a los sediciosos? Ellos os recordarán la clemencia de César. ¿Queréis arrancar a los patriotas de la persecución? Ellos os propondrán la firmeza de Bruto como modelo. Revelan que tal ciudadano es noble precisamente sirviendo a la República; pero no lo recuerdan cuando la traicionó.

¿Es útil la paz? Ellos os muestran las palmas de la victoria. ¿Es necesaria la guerra? Os muestran las dulzuras de la paz. ¿Hay que defender el territorio? Pretenden castigar a los tiranos más allá de nuestros montes y mares. ¿Es necesario recobrar nuestras fortalezas? Quieren asaltar las iglesias y escalar el cielo. Incluso olvidan a los austriacos para hacer la guerra a los devotos. ¿Hay que sostener nuestra causa con la fidelidad de los aliados? Claman contra todos los gobiernos del mundo y se proponen acusar al Gran Mogol. ¿El pueblo se dirige al Capitolio para dar gracias por sus victorias a los dioses? Entonan lúgubres cánticos por nuestras pasadas derrotas. ¿Hay que obtener nuevas victorias? Siembran entre nosotros el odio, las divisiones, las persecuciones y el desaliento. ¿Hay que hacer realidad la soberanía del pueblo y concentrar su fuerza con un gobierno fuerte y respetado? Consideran que los principios del gobierno ofenden la soberanía del pueblo. ¿Hay que reclamar los derechos del pueblo oprimido por el gobierno? No hablan más que del respeto por las leyes y de la obediencia debida a las autoridades constituidas.

Han encontrado un maravilloso expediente para secundar los esfuerzos del gobierno republicano: desorganizarlo, degradarlo completamente, hacer la guerra a los patriotas que han contribuido a nuestros éxitos. ¿Buscáis los medios para abastecer vuestros ejércitos? ¿Os preocupáis de arrebatar a la avaricia y al temor las subsistencias que ellos restringen? Gimen patrióticamente sobre la miseria pública y anuncian la carestía. Nuestro deseo de prevenir el mal es siempre, para ellos, un motivo para aumentarlo. En el Norte se han matado aves y se nos ha privado de huevos con el pretexto de que las aves comen demasiado grano. En el Midi se ha hablado de destruir los naranjos y las moreras por el pretexto de que la seda es un objeto de lujo y las naranjas una fruta superflua.

Jamás podríais imaginar determinados excesos cometidos por el contrario-rrevolucionarios hipócritas para deshonrar la causa de la Revolución. ¿Creeríais que, en países en donde la superstición ha ejercido mayor influencia, no contentos con sobrecargar las operaciones relativas al culto con todas las formas que podían hacerlas odiosas, han sembrado el terror entre el pueblo, propagando el rumor de que se iba a matar a todos los niños menores de dieciséis años y a todos los viejos mayores de setenta? ¿Y que este rumor ha sido difundido particularmente en la antigua Bretaña y en los departamentos del Rin y del Mosela? Éste es uno de los crímenes imputados al antiguo acusador público del Tribunal Penal de Estrasburgo [6] Los tiránicos desvaríos de este hombre hacen verosímil todo lo que se cuenta de Calígula y de Heliogábalo; pero todavía no podemos darles crédito ni siquiera delante de las pruebas. Llevaba su delirio hasta el punto de requisar a las mujeres para su uso personal: se asegura que ha empleado este procedimiento para casarse.

¿De dónde ha salido -súbitamente- todo este enjambre de extranjeros, de curas, de intrigantes de toda clase, que se ha extendido simultáneamente por la superficie de la República para ejecutar, en nombre de la filosofía, un plan de contrarrevolución que sólo ha podido ser detenido por la fuerza de la razón pública? ¡Concepción execrable, digna del genio de las cortes extranjeras, aliadas contra la libertad, y de la corrupción propia de todos los enemigos internos de la República!

Así ocurre que la intriga mezcla siempre a los milagros continuos operados por la virtud de un gran pueblo, la bajeza de sus tramas criminales, una bajeza, ordenada por los tiranos, que la hacen después materia de sus ridículos manifiestos, a fin de mantener al pueblo ignorante en el fango del oprobio y en las cadenas de la esclavitud.

Pero ¿qué mal pueden hacer a la libertad los crímenes de sus enemigos? ¿Acaso el sol, cuando queda oculto por una nube pasajera, deja de ser el astro que anima la naturaleza? ¿Acaso la impura escoria que el océano arroja sobre sus propias orillas le hacen menos grandioso?

En manos pérfidas, todo remedio a nuestros males se convierte en veneno: y así, todo aquello que podáis hacer, todo aquello que podáis decir, se volverá contra vosotros por su causa: incluso las verdades que acabamos de desarrollar.

Así, por ejemplo, después de haber diseminado por todas partes el germen de la guerra civil con el violento ataque a los principios religiosos, intentaron armar el fanatismo y la aristocracia con las mismas medidas que la sana política os ha aconsejado usar en favor de la libertad de cultos.

Si hubieseis dejado libre curso a la conspiración, ésta habría producido -antes o después- una reacción terrible y universal. Y si la hubieseis detenido, todavía hubieran tratado de sacar provecho de ello, difundiendo que protegéis a los curas y a los moderados. No debéis, pues, maravillaros si los autores de este sistema son los propios curas, precisamente los que han confesado más osadamente su charlatanería.

Si los patriotas -guiados por un celo puro pero irreflexivo- hubiesen sido las víctimas de sus intrigas, ellos lanzarían todas sus censuras sobre los patriotas; porque el primer punto de su maquiavélica doctrina es el de perder a la República perdiendo a los republicanos, así como se somete a un país destruyendo el ejército que lo defiende.

Podremos apreciar, de esta manera, uno de sus principios predilectos: considerar a los hombres como si no fuesen nada. Una máxima de origen monárquico, que significa que debemos entregarles todos los amigos de la libertad.

Hay que observar que el destino de los hombres que sólo buscan el bien público es el de ser víctimas de los que sólo buscan su propio bien. Esto tiene su origen en dos causas: la primera es que los intrigantes atacan con todos los vicios del viejo régimen; la segunda que los patriotas sólo se defienden con las virtudes del nuevo.

Tal situación interna debe pareceros digna de toda vuestra atención, sobre todo si reflexionáis que debéis combatir al mismo tiempo a los tiranos de Europa -es decir, un millón doscientos mil hombres armados que hay que mantener-, y que el gobierno está obligado a reparar constantemente, a fuerza de energía y de vigilancia, todos los males que la infinita multitud de nuestros enemigos nos han inflingido en el curso de cinco años.

¿Cuál es el remedio para todos estos males? No conocemos más que el desarrollo de la fuerza general de la República, que es la virtud. La democracia perece a causa de dos excesos: la actitud aristocrática de los que gobiernan; o bien, el desprecio del pueblo por la autoridad que él mismo ha constituido, desprecio que hace que cada camarilla y cada individuo atraiga hacia sí el poder público, y conduzca al pueblo, a través de los excesos del desorden, hacia el aniquilamiento, o bien hacia el poder de una sola persona.

La empresa combinada de los moderados y de los falsos revolucionarios consiste en agitarse perpetuamente entre estos dos escollos.

Pero los representantes del pueblo tienen la posibilidad de evitarlos: porque el gobierno es siempre dueño de ser justo y sabio; y cuando posee estas características, está seguro de la confianza del pueblo. Es cierto que el objetivo de todos nuestros enemigos consiste en disolver la Convención; es cierto, también, que el tirano de Gran Bretaña y sus aliados prometen a sus parlamentos y a sus súbditos arrebataros vuestra energía y la confianza popular que os ha merecido: tal es la primera instrucción que se ha dado a todos sus agentes.

Existe una verdad que debe considerarse obvia en política: un gran cuerpo investido con la confianza de un gran pueblo sólo puede perderse por sí mismo.

Vuestros enemigos no lo ignoran, así pues, no dudéis que ellos se dedican especialmente a resucitar entre vosotros todas las pasiones que puedan secundar sus siniestros planes.

¿Qué podrían contra la representación nacional si no llegasen a sorprenderla en algunos actos políticamente inoportunos que puedan servir de pretexto para sus criminales protestas?

Deben, pues, desear dos categorías de emisarios: unos, que tratarán de degradar la representación nacional con sus discursos; otros, que, en su seno, se ingeniarán para engañarla a fin de comprometer su gloria y los intereses de la República.

Para atacarla con éxito, sería útil dar comienzo a la guerra civil contra los representantes de los departamentos que se habían hecho dignos de vuestra confianza y contra el Comité de Salud Pública. Y ya han sido atacados de esta manera por hombres que parecían combatir entre sí.

¿Qué mejor cosa podía hacer que paralizar el gobierno de la Convención y quebrantar todas sus fuerzas, precisamente en el momento decisivo para la suerte de la República y de los tiranos? ¡Alejemos de nosotros la idea de que pueda haber en nuestro seno un hombre tan vil como para servir a la causa de los tiranos! ¡Alejemos todavía más el crimen -que no será perdonado- deengañar a la Convención Nacional y de traicionar al pueblo francés con un culpable silencio! Porque existe algo bueno para un pueblo libre: la verdad -que es el azote de los déspotas-, es siempre su fuerza y su salvación.

Ahora bien, es cierto que todavía existe un peligro para nuestra libertad, el único peligro serio -quizá- que le queda por correr. Este peligro es un plan -que en verdad ha existido- de reunir a todos los enemigos de la República, resucitando el espíritu partidista; un plan de perseguir a los patriotas, de desmoralizar, de arruinar a todos los representantes fieles al gobierno republicano, de hacer que falten las partes más esenciales del servicio público. Se ha querido engañar a la Convención Nacional acerca de los hombres y de las cosas; se ha querido engañarla acerca de las causas de los abusos que se han exagerado con el fin de hacerlos irremediables; se ha intentado llenarla de falsos temores para desviarla o para paralizarla; se pretende dividirla. Se ha intentado, sobre todo, dividir a los representantes enviados a los departamentos y al Comité de Salud Pública; se ha querido inducir a los primeros a contrariar las medidas de la autoridad central para crear el desorden y la confusión; se ha querido irritarlos, a su regreso, con el fin de convertirlos, sin que se dieran cuenta, en instrumentos de una confabulación. Los extranjeros aprovechan todas las pasiones individuales y consiguen simular un patriotismo abusado.

Al principio decidieron ir derechos al objetivo, calumniando al Comité de Salud Pública: esperaban que dicho Comité se hundiese bajo el peso de sus penosas funciones.

Pero la victoria y la fortuna del pueblo francés lo impidieron. Después de aquella época decidieron adularlo, paralizándolo y destruyendo el fruto de sus trabajos.

Todas estas vagas protestas contra los representantes de derecho del Comité; todos los proyectos de producir la desorganización, disfrazados con el nombre de reformas -ya rechazadas por la Convención- y reproducidas hoy con extraña ostentación; toda esta prisa para encomiar a ciertos intrigantes que el Comité de Salud Pública debió alejar; todo este terror inspirado a los buenos ciudadanos; toda esta indulgencia hacia favoritos y conspiradores; todo este sistema de imposturas y de intrigas, cuyo autor principal es un hombre a quien habéis apartado de vuestro seno[7] está dirigido contra la Convención Nacional y tiende a realizar los proyectos de todos los enemigos de Francia.

Después de la época en que este sistema había sido anunciado en los libelos y llevado a cabo en actos públicos, la Aristocracia y la Monarquía empezaron a levantar con insolencia la cabeza, y como consecuencia el patriotismo fue perseguido de nuevo en una parte de la República; después de esta época la autoridad nacional encontró una resistencia desacostumbrada.

Por otra parte, tales ataques indirectos aunque no hubiesen tenido más inconveniente que el de dividir la atención y la energía de aquellos que debían cargar con el inmenso peso que les habíais destinado, y de distraerlos -¡demasiado a menudo!- de las grandes empresas de salud pública para que se ocuparan de intrigas peligrosas, podrían ser considerados todavía como una diversión útil a nuestros enemigos.

Pero tranquilicémonos: aquí está el santuario de la verdad, aquí residen los fundadores de la República, los vengadores de la humanidad y los destructores de los tiranos. Aquí, para poder destruir un abuso, basta con indicarlo. En cuanto a ciertos consejos inspirados por el amor propio o por la debilidad de los individuos, nos basta con llamarlos, en nombre de la patria, a la virtud y a la gloria de la Convención Nacional.

Provocamos una solemne discusión sobre todos los objetos de sus inquietudes y acerca de todo lo que puede influir en el camino de la Revolución; conjuramos a la Convención Nacional para que no permita que ningún interés particular y oculto pueda usurpar la preeminencia de la Asamblea y el poder indestructible de la razón.

Nos limitaremos -hoy- a proponeros que consagréis con vuestra formal aprobación las verdades morales y políticas sobre las cuales debe basarse vuestra administración interna y la estabilidad de la República, así como consagrasteis los principios de vuestra conducta con respecto a los pueblos extranjeros. Podréis reunir a todos los buenos ciudadanos alrededor de esos principios, y así quitaréis toda esperanza a los conspiradores. De tal modo aseguraréis vuestro camino y sabréis confundir las intrigas y las calumnias del rey. Honraréis vuestra causa y vuestro carácter a los ojos de todos los pueblos.

Dad al pueblo francés esta nueva prueba de vuestro celo en proteger el patriotismo, de vuestra inflexible justicia hacia los culpables y de vuestra devoción a la causa del pueblo.

Ordenad que los principios de la moral política que acabamos de desarrollar sean proclamados en vuestro nombre dentro y fuera de la República.

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[*] Maximilien de Robespierre (1758-1794) Abogado y político francés Nació en Arras (Francia). Hijo de un abogado que abandonó a la familia para marcharse a América, quedó huérfano de madre a los nueve años. Protegido por el obispo de su ciudad, pudo estudiar como becario en el colegio Luis el Grande de París y en la Escuela de Leyes. Tras graduarse en derecho, regresó a Arras dándose a conocer en los círculos ilustrados. Acérrimo defensor de las teorías sociales de Jean-Jacques Rousseau. Fue diputado de los Estados Generales que se convocaron en mayo de 1789, poco antes de que estallara la Revolución Francesa, y algún tiempo después sirvió en la Asamblea Nacional Constituyente, donde destacó por su brillante oratoria. Presidente del club jacobino, adquirió popularidad como defensor de las reformas democráticas. En agosto de 1792, fue elegido diputado de la Convención Nacional por París. Miembro del grupo de La Montaña, en mayo de 1793 y con el apoyo del pueblo de París consiguió que los girondinos fueran expulsados. En julio, ingresó en el Comité de Salvación Pública y no tardó en hacerse con el control del gobierno ante la falta de oposición. Secundado por el Comité, procedió a eliminar a todos aquéllos que consideraba enemigos de la revolución, tanto extremistas como moderados, con el propósito de restablecer el orden y reducir el peligro de una invasión exterior. Esta política creó el llamado Reinado del Terror. El 27 de julio de 1794 se le prohibió dirigirse a la Convención Nacional quedando bajo arresto, y el 28 de julio pasó por la guillotina junto con sus más próximos colaboradores, Louis Saint-Just, Georges Couthon y diecinueve de sus seguidores.

[1] El título completo de este discurso del 18 lluvioso, año II (5 de febrero de 1794), presentado en la sesión del 17 lluvioso, es: Sobre los principios de moral política que deben guiar a la Convención Nacional en la administración interna de la República.

[2] Rey de Esparta del siglo IV, que intentó restaurar las antiguas leyes de Licurgo.

[3] La persona a que se refiere es probablemente Danton.

[4] Se trata de Cloots.

[5] E1 ataque está dirigido contra Hébert y su propaganda de descristianización.

[6] El acusador del Tribunal Penal de Estrasburgo, a quien Robespierre se refiere, es Schneider.

[7] Se alude a Fabre d’Eglantine, cuya facción ya había sido acusada en la Convención Nacional

El Bar “La Tranquilidad”. Barcelona

latranquilidad

El bar “LA TRANQUILIDAD” y el 19 de Julio de 1936 en el Paralelo

En enero de 1901 se acabó de construir un cobertizo en el que se abrió una taberna llamada La Tranquilidad, situada en la esquina de la avenida del Paralelo con la calle Conde del Asalto (ahora Nou de la Rambla), que hacia 1910 se trasladó al número 69 de la Avenida del Paralelo, al lado del actual teatro Victoria.

Desde principios de siglo varios cafés del Paralelo, especialmente el café Español y La Tranquilidad, se habían convertido en punto de encuentro habitual de anarquistas y sindicalistas, en cuyas mesas circulaban noticias y rumores, se discutían las respuestas armadas a los últimos ataques del Libre, Capitanía y la patronal, o se conspiraba clandestinamente. En las terrazas contiguas de los cafés Español, Concert Sevilla, Paralelo y Rosales, en la gran acera de la avenida Paralelo desde el número 64 al 80, entre las calles Ronda Sant Pau y Abad Safont, se debatía todo lo humano y divino, a menudo sin más trascendencia que el acaloramiento de la discusión entre hombres encendidos por sus ideales. Justo en la acera de enfrente, en el café La Tranquilidad, hallaban cobijo las ideologías más extremistas y se planificaba desde las respuestas más adecuadas a los ataques patronales hasta una insurrección armada o una huelga general. La paradoja del nombre del café-taberna con la realidad del ambiente que respiraban sus parroquianos no podía ser más radical, pues las continuas peleas, trifulcas, discusiones políticas, registros de la policía a la busca de elementos peligrosos o infractores del orden público, que a menudo acaban en tiroteo, no podían dar un mentís más sonoro al tan beatífico como inapropiado nombre del bar La Tranquilidad.

De 1918 a 1923, durante los años más duros del pistolerismo, entre la patronal y los sindicalistas del Único, eran frecuentes las rifas de “pipas” entre la clientela. La “pipa” no era un útil de madera para fumar, sino una Star para defenderse de los asesinos del Libre y de la policía de Martínez Anido. También era posible comprar una pistola por cuarenta y cinco pesetas que, en casos de confianza y necesidad inmediata, podía adquirirse a plazos de una peseta a la semana. Existía una provisión casi inagotable de Stars, fabricadas durante los años de la Gran Guerra para proveer al ejército francés, que a causa del descontrol del gobierno habían surtido abundantemente un próspero mercado negro. La pistola semiautomática Star, conocida como “la sindicalista” era la utilizada por los obreros del Sindicato Único (CNT), mientras la Browning era la predominante entre los asesinos del Sindicato Libre, el Somatén , las bandas parapoliciales y la policía, sin que estuviera demasiado claro los límites entre unos y otros, coordinados todos ellos por Capitanía y el jefe de policía, y generosamente

financiados por la patronal, en un clarísimo y descarado ejercicio de terrorismo de Estado, que alcanzó su máxima expresión en la práctica habitual de la “ley de fugas”.

La denominada ley de fugas consistía en acribillar a balazos a los prisioneros que se trasladaba o liberaba de la cárcel, excusándose en la fuga o provocación de los detenidos, e incluso en una sarcástica “ignorancia” de lo acaecido a las puertas de la prisión a los obreros que acababan de salir “libres” a la calle.

La Federación Patronal y el Fomento del Trabajo financiaron el terrorismo antiobrero que organizó el general Milans desde Capitanía, movilizando una legión de confidentes que elaboraron el fichero Lasarte, donde se recogía toda la información posible sobre los obreros que habían de ser controlados o eliminados.

La extrema violencia social, el terrorismo de Estado y las grandes bandas del crimen organizado de Bravo Portillo o Koening borraron los débiles límites que separaban la delincuencia común de la represión policial al servicio de la patronal. No se sabía bien donde empezaba la corrupción y la acción militar o policial, o donde acababan las competencias parapoliciales de las bandas criminales; cuando se estaba ante una organización patronal o la organización para la financiación de unos pistoleros; donde acababa el sindicalista, o el policía, y empezaba el delincuente; quien ejercía funciones represivas gubernamentales o simplemente la organización sistemática y brutal del asesinato de los obreros.

El 23 de febrero de 1923 Juan García Oliver, en una reunión realizada en el bar La Tranquilidad, con los delegados de varios grupos de afinidad anarquistas, expuso su táctica de la “gimnasia revolucionaria”, que fue aprobada con el nombramiento de un comité de coordinación, constituido por Aurelio Fernández y Ricardo Sanz. El 10 de marzo fue asesinado el dirigente cenetista Salvador Seguí, en la calle Cadena, a la salida del bar La Trona. En septiembre de 1923 el golpe de Estado de Primo de Rivera instauró una férrea dictadura que dio carta blanca al peor enemigo del movimiento obrero, Martínez Anido, que sumió a la CNT en la clandestinidad y una larga oscuridad.

Ya en los años treinta los activistas anarquistas hicieron de La Tranquilidad un asiduo lugar de encuentro nocturno de anarquistas y cenetistas, tras una jornada de trabajo. Tampoco era difícil encontrar en el mismo bar, a la hora del almuerzo, a los pistoleros hermanos Badía, futuros organizadores de la policía catalanista del Gobierno de la Generalidad y fanáticos anticenetistas, tragándose unas enormes ensaladas de cebolla y bebiendo de grandes porrones, con unas monumentales pistolas depositadas sobre la mesa, a modo de chulería y provocación antisindicalista.

Martí, el dueño del bar, era un antiguo militante cenetista, que permitía se sirvieran vasos de agua del grifo, y la permanencia ilimitada en las mesas, sin gasto alguno. Las redadas eran continuas y frecuentes, porque eran el primer lugar que la policía visitaba en caso de disturbios. En diciembre de 1933 Durruti fue detenido en el bar La Tranquilidad, ya que pocos días después de la insurrección del Alto Llobregat había concertado, muy ingenuamente, una reunión en la conocidísima taberna.

A las cuatro y media de la madrugada del 19 de Julio de 1936 las tropas del cuartel del Bruc, en Pedralbes, habían salido a la calle, dirigiéndose por la Avenida 14 de abril (hoy, Diagonal) hacia el centro de la ciudad. Los obreros, apostados en las inmediaciones de los cuarteles, tenían órdenes de dar el aviso y de no hostigar a los soldados hasta que no estuviesen ya muy alejados de los mismos. La táctica del Comité de Defensa Confederal había acordado que sería más fácil batir a la tropa en la calle que si permanecía atrincherada en los cuarteles.

A las cuatro y media de la madrugada del 19 de julio, el regimiento de caballería de Montesa, sito en la calle Tarragona, tras un tiroteo de unos veinte minutos con los guardias de asalto, ocupó la plaza de España, y se desplazó por la Gran Vía hasta la plaza Universidad, y las Rondas de San Antonio, de San Pablo y el Paralelo, con la misión de enlazar con Atarazanas y la División. El primer escuadrón ocupó la plaza de

España con una sección de ametralladoras, confraternizando con los guardias de asalto del cuartel, situado en esa misma plaza, entre Gran Vía y Paralelo, donde ahora se construye la central de los Mossos d´esquadra, en el edificio en el que durante muchos años se expedían los pasaportes. Los guardias de Asalto y el escuadrón de caballería acordaron un curioso pacto de no agresión, y en el transcurso de la mañana salieron del cuartel de asalto refuerzos hacia el Cinco de Oros y la Barceloneta, que no fueron molestados, al tiempo que éstos permitían el dominio de la plaza de España por los sublevados, y posteriormente el paso de una compañía de zapadores desde el cuartel de ingenieros del cuartel de Lepanto (que estaba situado a la altura de la actual plaza Cerdá), por la plaza de España y el Paralelo hasta las Dependencias Militares (actual Gobierno Militar), junto al monumento a Colón.

En la calle de Cruz Cubierta, a la altura de la alcaldía de Hostafranchs, el comité de defensa había levantado una barricada que cerraba la calle. Las tropas sublevadas disponían de dos piezas de artillería, emplazadas junto a la fuente, en el centro de la plaza de España, que habían llegado en camionetas desde el cuartel de los Docks. Los militares dispararon sobre esa barricada, errando al alza un disparo que destruyó un pequeño parapeto, levantado en la esquina de la calle de Riego, produciendo diecinueve bajas: ocho muertos y once heridos. En un escenario dantesco, con trozos de carne humana colgando de árboles, farolas y cables del tranvía, y la cabeza de una mujer decapitada, lanzada a setenta metros de distancia, los comités de defensa siguieron defendiendo la barricada.

El segundo escuadrón, con una sección de ametralladoras, al que se sumó un grupo de derechistas, fueron hostilizados en la calle Valencia, pero consiguieron su objetivo, que era el de dominar la plaza de la Universidad y ocupar el edificio universitario, en cuyas torres emplazaron ametralladoras.

El tercer escuadrón tenía por misión dominar el Paralelo, con el objetivo de enlazar el regimiento con Capitanía. Al llegar a la altura de la Brecha de San Pablo no pudieron superar una monumental barricada de adoquines y sacos terreros, que dibujaba un doble rectángulo, desde el quiosco sito frente a El Molino hasta el centro de la avenida del Paralelo, porque un intenso tiroteo les cerraba el paso. La tropa facciosa consiguió ocupar el sindicato de la Madera de la CNT en la calle del Rosal, y las barricadas, abandonadas por los militantes obreros porque los oficiales al mando amenazaron fusilar, allí mismo, a mujeres y niños del barrio. Los sublevados instalaron tres ametralladoras, una frente al bar La Tranquilidad (junto al Teatro Victoria), otra en el terrado del edifico colindante con El Molino, y la tercera en la barricada de la Brecha de San Pablo, que fueron empleadas a fondo contra el pueblo en armas.

Escofet, el comisario de orden público de la Generalidad, había perdido el control del Paralelo, porque la compañía de guardias de asalto, enviada desde la Barceloneta, había sido vencida y acorralada en el muelle de Baleares. Los facciosos habían obtenido una primera victoria, y dominaban todo el paseo de Colón, desde Correos hasta la Aduana, así como todo el Paralelo, lo que les permitía enlazar con plaza de España y el cuartel de la calle Tarragona. Eran las ocho de la mañana.

El tercer escuadrón había necesitado dos horas para tomar la barricada, defendida por el comité de defensa de Pueblo Seco y los militantes del sindicato de la madera. Pero los obreros seguían hostilizando a la tropa desde el otro lado de la Brecha, desde las terrazas de los edificios cercanos y desde todas las bocacalles. A las once de la mañana el tercer escuadrón había conseguido dominar todo el espacio de la Brecha, tras tres horas de combate.

El intento realizado por las tropas situadas en plaza de España de reforzar a sus compañeros de la Brecha había sido detenido a la altura del cine Avenida (Paralelo 122), por el tiroteo y acoso a que fueron sometidos, desde Paralelo/Tamarit. La creciente presión de los comités de defensa de Sants, Hostafrancs, Collblanc y La

Torrassa no sólo consiguió detener este avance, sino que acto seguido rodearon y atemorizaron a las tropas acampadas en la plaza de España.

Los anarquistas decidieron contraatacar en la Brecha indirectamente, desde Conde del Asalto (hoy Nou de la Rambla) y otros puntos, infructuosamente. Se sumaron a los asaltantes una decena de guardias de asalto que, aunque habían sido requeridos en el lugar por el oficial de Asalto que combatía con los militares sublevados, decidieron sumarse a las fuerzas populares. Poco después, los refuerzos procedentes de plaza del Teatro, tras asaltar el Hotel Falcón, desde donde habían sido tiroteados, se desplazaron desde las Ramblas por la calle de San Pablo, y tras pactar la neutralidad del cuartel de carabineros y vaciar la prisión de mujeres de Santa Amalia, llegaron por la calle de las Flores hasta la Ronda de San Pablo, batida desde la barricada del Paralelo por el fuego de la tropa facciosa.

Antonio Ortiz, con un pequeño grupo, que llevaba las cuatro ametralladoras tomadas en Atarazanas, logró cruzar al otro lado de la Ronda de San Pablo, construyendo rápidamente una barricada que les ponía al abrigo de los disparos de las tres ametralladoras instaladas en la Brecha. Tras subir al terrado, los anarquistas emplazaron sus ametralladoras en la azotea del bar Chicago (el mismo edificio es hoy oficina de la Caixa de Catalunya), que protegieron con sus ráfagas el asalto en tromba, y al unísono, directamente sobre la Brecha, desde el café Pay-Pay en la calle San Pablo (frente a la iglesia románica), desde la calle de las Flores, desde la calle de las Tapias y desde ambos extremos de la calle Aldana.

El capitán que mandaba la tropa junto a la ametralladora, situada en mitad de la Brecha, fue abatido por los disparos de Francisco Ascaso, el más adelantado de los atacantes, que avanzaban corriendo temerariamente a la descubierta. Un teniente intentó revelar en el mando al capitán caído, para seguir resistiendo, pero fue abatido por un cabo de la propia tropa. Era el final del combate abierto en la calle. A mediodía la mayoría de soldados habían confraternizado con los cenetistas.

Los pocos combatientes que aún quedaban del tercer escuadrón se habían ido refugiando en el interior de El Molino, donde se rindieron hacia las dos de la tarde. En este punto crucial de la ciudad los anarquistas, entre los que se encontraban Francisco Ascaso, Juan García Oliver, Antonio Ortiz y Ricardo Sanz, habían derrotado al ejército, tras más de cinco horas de lucha. García Oliver no dejaba de gritar “¡sí que se puede con el ejército!”, mientras Ascaso blandía el fusil sobre su cabeza dando saltos de alegría. Entre los anónimos combatientes cenetistas victoriosos en la Brecha estaba el militante del sindicato único de la Madera Quico Sabaté, que años más tarde se convirtió en uno de los maquis más famosos y temidos.

La Brecha de San Pablo era el primer sitio de la ciudad donde la CNT y el pueblo en armas habían derrotado, sin apreciable ayuda ajena al proletariado, la sublevación del ejército; aunque no sería la última gesta revolucionaria de aquel día en Barcelona.

En treinta y dos horas el pueblo de Barcelona había vencido al ejército en toda la ciudad1. Casi todas las iglesias y conventos, algunas ya desde la noche del 19, volvieron a arder controladamente, o vieron como se encendían fogatas sacrófagas a sus puertas.

1 Para una descripción de la victoria proletaria del 19 de julio en toda la ciudad de Barcelona puede consultarse:

Guillamón, Agustín: Barricadas en Barcelona. Espartaco, Barcelona, 2007. [Relata también los enfrentamientos de las jornadas de mayo de 1937. Próxima edición en francés por Editions Cahiers Spartacus].

Lacruz, Francisco: El alzamiento, la revolución y el terror en Barcelona. Arysel, Barcelona, 1943. [Relato y testimonio de un guardia civil franquista].

Paz, Abel: Paradigma de una revolución (19 de julio de 1936, en Barcelona). Edición de la Asociación Internacional de Trabajadores, Choisy-le-roi, 1967. [Reeditado por Flor del Viento en 2005].

La sublevación militar había provocado una insurrección revolucionaria. El proletariado barcelonés estaba armado con los treinta mil fusiles de San Andrés. Escofet dimitió a finales de julio de su cargo de comisario de orden público, porque ya no podía garantizarlo. La sublevación militar y fascista, que contaba con la complicidad de la Iglesia, fracasó en casi toda España, creando como reacción una situación revolucionaria. La derrota del ejército por el proletariado en la “zona roja” había dinamitado el monopolio estatal de la violencia, brotando de la explosión una miríada de poderes locales, directamente asociados al ejercicio local de la violencia..

En realidad los líderes anarquistas no sabían qué hacer con el poder, ni entendían lo que era. Frente a la amenaza fascista, que había triunfado en media España, se impuso la consigna de unidad antifascista, de unión sagrada con la burguesía demócrata y republicana. Más que una dualidad de poderes entre Generalidad y Comité Central, se daba una duplicidad de poderes.

Hacia mediados de de agosto los comités superiores de la CNT ya habían decidido, en cuanto las condiciones lo hicieran posible, la disolución del Comité Central, que sería sustituido por unas comisiones de delegados antifascistas, coordinadas con el gobierno de la Generalidad. Pero entre tanto los comités, surgidos espontáneamente por doquier, imponían ya la nueva realidad política, social y económica surgida de la victoria insurreccional obrera sobre el ejército, y en Cataluña esos comités, en la fábrica o localmente, ejercían todo el poder.

Se abría en la ciudad una situación revolucionaria, con esperanzadoras posibilidades, que la guerra antifascista diluyó rápidamente en el seno de una tormenta contrarrevolucionaria. Luego, tras una terrible guerra de exterminio, hambre y bombardeos masivos, Barcelona vivió cuarenta años de “paz”, terror y fascismo, que pusieron en práctica un genocidio político del movimiento obrero, que quedó impune.

Hoy, en el número 69 de la avenida del Paralelo, encontramos un anodino bazar o supermercado en el que nada indica qué hubo allí en los años veinte y treinta: un bar llamado La Tranquilidad, frecuentado por sindicalistas y anarquistas. Nada recuerda que allí mismo los obreros barceloneses, organizados en la CNT, derrotaron al ejército faccioso y al fascismo.

La ausencia de una sencilla y barata placa certifica que Franco lo dejó todo bien atado. La omisión de cualquier homenaje o conmemoración, en la Brecha de San Pablo, a la hermosísima victoria del proletariado barcelonés sobre el ejército sublevado, atestigua la amnesia pactada durante la Transición entre franquistas y antifranquistas, y la interesada manipulación que los garantes del orden capitalista, de izquierda o de derecha, hacen de la historia del movimiento obrero.

Pero cuando pases frente a El Molino, recuérdalo y recuérdaselo a otros: ahí, en ese lugar, el 19 de julio de 1936 el pueblo de Barcelona derrotó al ejército y al fascismo. Ésa es la mejor placa y el mejor homenaje a nuestros abuelos. Y quizás el único que nos van a tolerar. Mejor la memoria de la guerra de clases, que una placa de metal oxidada.

Agustín Guillamón (2007)

Regalos del Pepe Stalin

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Cuando Japón se rinde después de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, Mao y el PCCH se preparan para la guerra civil contra el Kuomintang , una vez aceptada la rendición de las fuerzas de ocupación japonesa, capturadas y desarmadas.

Stalin y los estalinista opositores a Mao dentro del PCCH se oponía al desarrollo de una guerra civil y que el PCCH tomara el poder, los “rusos” planteaban algo así como un “frente y un gobierno de amplia coalición democrática “ con el Kuomintang. (*) Moscu ya no estaba interesado  que la revolución comunista triunfara en China , sino en mantener buena relaciones con los yanquis , con los cuales en la Conferencia  de Yalta se habían repartido el mundo en áreas de influencias, USA estaba muy preocupado por los avances del ejercito rojo de Mao , al que habían ayudado y provisto de armas e instructores militares durante la guerra contra Japón, pero terminada la guerra temía que una revolución en China podría “desestabilizar” toda la región.

Finalmente en 1949 PCCH vence a los ejércitos del Kuomintang y Mao toma el poder y funda la República Popular China que rápidamente entra en conflicto con USA y las potencias capitalistas.

Mao viaja a Moscu, por primera vez en su vida, en busca de ayuda , se dice que Stalin lo recibió muy fríamente , de hecho algunos biógrafos de Mao afirman que el Gran Timonel temía por su vida. Después de muchas reuniones y deliberaciones muy tensa, chinos y soviéticos llegaron a un acuerdo, que incluía ayuda militar , tecnológica , económica y asesoramiento de parte de la URSS a cambio China se avenía a entregar una parte de sus territorios septentrional.

Como regalo de buena voluntad Stalin dio a Mao la lista de todos sus “colaboradores”, “camaradas” “agentes” que militaban en el PCCH y en el ejercito.

Miles de ellos fueros inmediatamente fusilados y otros miles fueron enviados a la cárcel o a campo de trabajo forzado. No seria ni la primera ni la ultima vez que el stalinismo soltara la mano o traicionara a “camaradas” o aliados, cuando los interese del Partido o del Estado soviético así lo requiriera.

(*) “El 14 de agosto de 1945 la Unión Soviética dio un paso más. Negoció con el gobierno Chiang Kai-shek un Tratado de Amistad y Alianza Chino-soviética. Posteriormente Stalin aconsejó a los comunistas chinos que su insurrección ‘no tenía perspectiva’, por tanto deberían unirse al gobierno de Chiang y disolver su ejército. El mismo día que los nacionalistas concluían su tratado con la Unión Soviética, Chiang Kai-shek – ante la petición del general Hurley- invitó a Mao Tse-tung a visitar Chungking para mantener una conversación conjunta”. (Edward E. Rice. Mao’s Way)

Julio Cayo