Advierten sobre los alcances y problemas del proyecto de Ley Argentina Digital

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La Fundación Vía Libre difunde su documento de posición sobre el proyecto de telecomunicaciones, en consideración en el Senado Nacional

(Buenos Aires, 1 de diciembre de 2014). La Fundación Vía Libre presenta un extenso documento de análisis sobre el proyecto de ley “Argentina Digital”, según el dictamen emitido en la Comisión de Libertad de Expresión, Sistemas y Medios de Comunicación del Senado el pasado 19 de noviembre. El documento de análisis considera que es necesario modificar y actualizar el régimen que regula las telecomunicaciones en Argentina. Pero, tal como está formulado actualmente el proyecto, hay problemas de gravedad en él que podrían tener serias consecuencias sobre el ejercicio de derechos fundamentales, como la libertad de expresión.

La escasez e inexactitud de las definiciones, la falta de garantía de debido proceso en las sanciones previstas, la enorme designación de funciones a una autoridad de aplicación indeterminada y sujeta a la regulación por parte del Poder Ejecutivo, y la carencia de una autoridad de control independiente, son algunos de los problemas centrales diagnosticados en el extenso estudio presentado por Vía Libre, que cuenta además con una sección de análisis detallado de la norma artículo por artículo, y finaliza con una serie de propuestas de redacción superadora.

La Fundación encuentra inexplicable la premura en el trámite parlamentario de una norma que merece amplio debate interdisciplinario para dotar al país de una regulación moderna de telecomunicaciones que vele por los derechos fundamentales de los usuarios de los servicios de telecomunicaciones.

Un cambio necesario

La actual base regulatoria de las telecomunicaciones en Argentina data de 1972 y es la norma de facto denominada Ley 19798, escrita cuando las dos tecnologías de telecomunicaciones más difundidas hoy, la telefonía móvil y la Internet, estaban lejos de llegar a los consumidores. La norma vigente está impregnada de los preceptos de la doctrina de la seguridad nacional, por lo que una actualización integral que supere la obsolescencia y el carácter antidemocrático de esa norma es fundamental. A esto se suma la baja calidad de los servicios y los costos que pagan los usuarios argentinos. Es, por lo tanto, bienvenida la iniciativa de actualizar el marco regulatorio de las telecomunicaciones en el país, tomando en cuenta que el diseño general de toda política pública debe fundarse en el respeto y sostenimiento de los derechos fundamentales.

El ámbito de aplicación

El documento de Vía Libre expone con gran preocupación la definición del ámbito de aplicación. El proyecto avanza en la regulación de lo que denomina ‘servicios de tecnologías de la información y las comunicaciones’ pero, en realidad, sus previsiones específicas parecen estar dirigidas a la regulación de las redes y los servicios de telecomunicaciones.

Lamentablemente, por fallas de definición, ambigüedades, y hasta contradicciones internas, la pretensión termina generando una amenaza a la declamada intención de independizar transporte y contenido. La difusa y abarcativa definición de “Servicios de TIC” que ofrece el proyecto alcanza tanto al correo postal como a un sinnúmero de aplicaciones que funcionan sobre Internet. Esto incluye servicios que operan exclusivamente en ámbitos privados sin hacer uso de las redes de telecomunicaciones públicamente disponibles, como aquellos que permiten establecer comunicaciones de voz e imagen, o aplicaciones que permiten diálogo escrito interactivo y a distancia u otros servicios de comunicación asincrónica prestados a escala global, como el correo electrónico. Al quedar incluidas en la definición, estarían sujetas a licenciamiento y aprobación por parte de la indeterminada autoridad de aplicación. Esto provoca que el objetivo de no intervenir sobre los contenidos, tal como lo propone la ley, quede malogrado en el articulado de la norma.

Por esto, la Fundación insta a los legisladores a abandonar la pretensión de regular más allá del área específica de las telecomunicaciones, precisar y ampliar las definiciones en el texto para establecer claramente que los servicios de información quedan expresamente excluidos de los alcances de la ley, restringir el alcance de la norma a las redes y servicios de telecomunicaciones de acceso público y excluir la prestación de acceso a Internet a título gratuito y sin fin directo o indirecto de lucro.

Extraordinarias atribuciones de la autoridad de aplicación

En el actual proyecto, la designación de la autoridad de aplicación, así como la definición de sus funciones, recaen en el Poder Ejecutivo. Este es el aspecto más crítico del proyecto, por el peligro de arbitrariedad que implica. Esto no debería quedar en manos del Ejecutivo, en la medida en que el Congreso tiene facultades para determinar funciones, limitaciones, rango y hasta la composición de la autoridad de aplicación, y también para establecer un lineamiento general de políticas públicas que la autoridad de aplicación debería seguir.

No existe en el derecho comparado una autoridad de aplicación de una norma tan trascendente con un nivel semejante de discrecionalidad como el de la norma propuesta. La autoridad de aplicación, según como interprete la ley, puede establecer políticas diametralmente opuestas a las intenciones expresadas en la norma.

La Fundación Vía Libre estima que esta cuestión debe ser resuelta por tres vías convergentes. La primera es fijar, efectivamente, una política pública marco de las telecomunicaciones, que en el actual proyecto sólo se esboza en las intenciones más no en la letra de la ley. La segunda es limitar las atribuciones de la autoridad de aplicación, sustituyéndola por una autoridad regulatoria que tenga como función elaborar las normas técnicas, gestionar el espectro radioeléctrico y administrar los procesos de ejecución de lo que la ley manda. La tercera es la creación de una autoridad de control independiente, que supervise la ejecución de las políticas y el cumplimiento de las normas, intervenga en la relación entre usuarios y operadores y de estos entre sí, fomente la competencia mediante la aplicación de las medidas que la ley establezca para resolver situaciones distorsionadas, y esté a cargo del proceso sancionatorio. Esta autoridad de control debe ser independiente, profesional, colegiada, con relativa estabilidad, con un directorio integrado por profesionales de las telecomunicaciones seleccionados por concurso público abierto de oposición y antecedentes y con aprobación legislativa por mayoría especial.

Sobre el régimen de licencias

Por otro lado, sostiene la Fundación Vía Libre, carece de sentido y puede ser una potencial arma contra la libertad de expresión, someter la aprobación para la prestación de servicios al potencial arbitrio del Poder Ejecutivo. El sistema de licenciamiento debe sustituirse por el simple registro, estableciendo un plazo límite a partir del cual, si no ha sido objetado, el registro se considerará consentido, tal como sucede en algunas legislaciones modernas como la holandesa y limitarse estrictamente a casos donde se deba regular la utilización de un recurso escaso como el espectro radioeléctrico.

El sistema de licenciamiento para servicios en los que no es indispensable otorga a la autoridad de aplicación un poder desproporcionado, una herramienta de coacción con potencial impacto sobre los derechos fundamentales.
Síntesis de las principales preocupaciones

Incluyendo los problemas de gravedad manifiesta ya señalados, una sintética enumeración de los aspectos erróneos u omitidos en el proyecto incluye:

 

    • Una extensión inusitada del alcance, que coloca numerosas aplicaciones en Internet bajo las obligaciones de licenciamiento y sujetas a contribuciones;
      La extensión regulatoria a redes y servicios no disponibles para el público, aunque no utilicen bandas de espectro radioeléctrico para las que se requiere licencia;
      Una autoridad de aplicación casi omnímoda, indeterminada y carente de adecuados mecanismos de control externo;
      La falta de una autoridad de control independiente, profesional y estable;
      La ausencia de un marco general de referencia para las políticas de telecomunicaciones, dejándolo librado al arbitrio de la autoridad de aplicación;
      La ausencia de un marco adecuado de protección de la privacidad y de los datos personales de los usuarios finales;
      La imposición de un marco de licenciamiento compulsivo e innecesario, con graves riesgos para la libertad de opinión y expresión y otros derechos fundamentales;
      Un régimen de sanciones arbitrario y sin las garantías de debido proceso;
      Un desequilibrio negativo en el tratamiento dispensado a los pequeños operadores de capital nacional respecto de los grandes operadores de mercado, que augura fenómenos de aumento de una ya abrumadora concentración del sector en pocas manos;
      Un tratamiento discriminatorio en favor de determinadas sociedades comerciales, por la sola razón de su integración de capital;
      La ausencia de tratamiento de las cuestiones relativas al uso del suelo, subsuelo y espacio aéreo;
      La ausencia de un mecanismo de protección de los derechos de los usuarios en la especificidad de los servicios de telecomunicaciones;
      La ausencia de reglas claras y procedimientos para la determinación de poder significativo de mercado y la progresión de medidas destinadas a corregir los efectos distorsivos que ello causa;
      La omisión en considerar actores novedosos en el campo, como los usuarios que extienden sus puntos terminales o las redes autogestionadas;
      La falta de una norma de indemnidad para los operadores respecto del contenido que meramente transportan;
      La indeterminación de condiciones mínimas de servicio universal;
      La imposición de un gravamen a disposición arbitraria del Ejecutivo denominado Fondo Fiduciario pero no estructurado como tal, y la confiscación de los montos depositados en el fondo constituido conforme al artículo 8 del anexo III del decreto Nº 764/00;
      La carencia de procedimientos de solución prejudicial de controversias entre operadores, y entre estos y los usuarios en las cuestiones cuya especificidad las coloque fuera del marco regular de resolución de conflictos de consumo;
      Sobrerregulaciones contrarias a los compromisos adquiridos por la Nación en función del Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios de la Organización Mundial del Comercio, en particular su Cuarto Protocolo;
      La completa omisión de considerar el servicio de radioaficionados.

 

Con ejemplos claros de los problemas, análisis detallado de los aspectos críticos del proyecto y propuestas superadoras que incluyen definiciones estrictas que deberían incorporarse al proyecto, la Fundación Vía Libre solicita a los legisladores una ampliación de las instancias de debate y consolidación del proyecto para darle al mismo la solidez que el tema exige, e invita a los legisladores a considerar este aporte para que el Congreso pueda aprobar una ley de telecomunicaciones moderna, apropiada y protectora de los derechos fundamentales consagrados en la Constitución Nacional.

Links a documentos PDF relacionados:

Documento Via Libre sobre el proyecto de ley (PDF)

Proyecto de Ley

Citizenfour: un documental sobre Edward Snowden

La película de Poitras muestra a un Snowden vindicado

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Citizenfour tiene que haber sido un documental exasperante de realizar. Su tema es la penetrante vigilancia global, una envolvente actuación digital que se extiende sin visibilidad, de manera que sus escenas se desarrollan en tribunales, salas de audiencia y hoteles. Sin embargo, el virtuosismo de Laura Poitras, su directora y arquitecta, hace que sus 114 minutos restallen con la nerviosa energía de una revelación.

Poitras, la primera periodista con la que entró en contacto Edward Snowden, el divulgador de secretos de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), es reflejo de su tema. Raramente aparece en programas de noticias o de entrevistas. Es un personaje misterioso en su propia película, y se la oye más de lo que se la ve.

Pero subrepticiamente, Poitras ha sido transmisora a lo largo de 16 meses de una oleada de revelaciones que han obligado a la NSA a entrar en una época nueva e infame. Citizenfour le muestra al público el arrojo de aquellos que han trabajado con ella en las historia de la NSA con las que se topa. Su película, culminación de una trilogía posterior al 11 de septiembre que cubre el obscuro horizonte que va de Irak a Guantánamo, es una victoria periodística y una victoria para el periodismo.

En su centro, Citizenfour es la historia de cómo se desplegaron las revelaciones de Snowden a través de los ojos de Poitras, desde las primeras comunicaciones que Snowden le envía a Poitras, atisbando lo que está por llegar, hasta que Snowden se ve vindicado gracias a la emulación (el título de la película proviene de un pseudónimo que Snowden utilizaba con Poitras). El periodo anterior a que Poitras se encuentre con Snowden se ve simbolizado por un coche que viaja a través de un túnel negro como el carbón, apenas iluminado por las brillantes luces rojas del techo, hasta que estalla la luz del sol cuando ella y sus colegas Glenn Greenwald y Ewen MacAskill, del Guardian, llegan a Hong Kong para su transcendental encuentro.

Citizenfour

Los resúmenes de esa historia son ya familiares. Snowden, trabajador independiente de la NSA, suministra a los periodistas voluminosas evidencias de la vigilancia a escala industrial que cubre buena parte de las comunicaciones del planeta y se ve desahuciado de una vida normal en ese proceso. Poitras adiestra a su cámara para contextualizar ambos aspectos de la decisión de Snowden.

Explicar de modo accesible cómo funciona la vigilancia y por qué tiene su importancia, se vuelve algo cada vez más exigente cuanto más se profundiza en el hallazgo del tesoro de la NSA. En el Guardian, eso consumió meses agotadores de cobertura de fondo, de verificación e infinitas revisiones. Poitras, a través de Snowden, emplea lo mínimo de jerga acerca de los “selectores” (cuentas de correo electrónico, direcciones de IP, números de teléfono, etc). Una manera hábil en la que demuestra ella la amplitud del alcance de la NSA consiste en filmar a Jacob Applebaum, investigador de seguridad y periodista, instruyendo a una multitud de Occupy Wall Street acerca de los patrones vitales que quedan a la vista en sus tarjetas de crédito, bonos de transporte y registros telefónicos, el entramado de metadatos que muestra nuestras asociaciones y elecciones, las cuales, fuera de contexto, pueden hacernos parecer sospechosos. Cualquiera que entre en las comunicaciones modernas ha proporcionado valiosa información a la NSA sin sospecharlo.

Desde junio de 2013, Snowden ha sido como un mensaje cifrado para el mundo, dando lugar a menudo a reacciones paranoides (¡Espía ruso! ¡Incauto chino!) por parte de gente comprensiblemente curiosa acerca de sus motivos. Puede que sea demasiado tarde para cambiar la mente de la gente respecto a Snoweden, o al menos demasiado pronto después de sus filtraciones. Pero el Snowden que muestra Poitras – de pelo alborotado, rebelde a sus intentos de estilizarlo – es decidido, sincero y humano.

Si bien a menudo se le describe como arrogante, sobre todo por parte de burócratas de la vigilancia que actúan en su propio interés, , Snowden les cuenta a Poitras, Greenwald y MacAskill que quiere que los periodistas y no él decidan lo que debería hacerse público. Se le ve poseído de una rara tranquilidad cuando está punto de convertirse en blanco para siempre. Pero los ojos de Snowden se enrojecen y su espalda se encorva cuando comprende la carga que pone sobre su familia y su novia –con la que se ha reencontrado ahora en Rusia, un lugar en el que nunca tuvo intención de vivir.

La película deja muchas preguntas sin responder, tales como el papel de Wikileaks en el drama de Snowden – Julian Assange aparece brevemente ante la cámara – y las circunstancias de Snowden en la Rusia autoritaria que le ha otorgado asilo. Pero Citizenfour muestra a Snowden vindicado cuando la película confirma que Greenwald, Poitras y su socio investigador, Jeremy Scahill, están trabajando con un nuevo revelador de secretos, que se inspiró en Snowden. Si bien con discreción, Snowden parece entusiasmado, hasta conmovido.

Dadas las pasiones que han levantado las revelaciones sobre la NSA, resulta notable la atemperada impresión que causa Citizenfour. Reflejo de un estilo que Poitras parece compartir con Snowden, se trata de una película tranquila, cuya banda sonora es un siniestro latido digital, atestada de preguntas acerca de cómo podemos vivir libremente en una invisible red de arrastre. Uno de sus momentos sencillamente bulliciosos ocurre cuando Snowden y Greenwald debaten sobre el espíritu que anima tanto la información periodística como la decisión de descubrirse él mismo. Greenwald lo describes como “falta de miedo y vete-a-la-mierda”.

Esa falta de miedo es lo que le atrajo a Poitras de Snowden, y eso es lo que se trasluce en su cámara.

Spencer Ackerman se ocupa de temas de seguridad nacional en la edición norteamericana de The Guardian. Fue periodista de la revista Wired y en 2012 recibió en los EE. UU. un premio nacional de periodismo por su cobertura de información digital, el National Magazine Award for Digital Reporting.

The Guardian, 11 de octubre de 2014

Levantar el velo de las escuchas

NSA Protest

El año pasado se ofrecieron a los aficionados al cine dos relatos rivales de la historia de Julian Assange: el drama extrañamente inerte de Bill Condon, The Fifth Estate, y el documental más explícitamente dramático We Steal Secrets: The Story of Wikileaks., de Alex Gibney Aunque muy diferentes en forma, contenido y ciertamente, éxito (la película de Gibney fue nominada a los BAFTA, los premios cinematográficos británicos, la de Condon fue saludada como uno de los mayores fiascos del año), ambas películas se debatían en el intríngulis de separar el culto a la divisiva personalidad de Assange con el significado de la información que contribuyó a publicar, para bien o para mal.

Hay una tensión semejante en el corazón de Citizenfour, que documenta íntimamente los esfuerzos del filtrasecretos Edward Snowden por levantar el velo del entrometido sector de escuchas norteamericano posterior al 11 de septiembre. Pero al contrario que Assange (que aparece brevemente), Snowden no muestra ningún ánimo de querer ser el centro de historia alguna; por el contrario, parece decididamente cohibido ante la cámara mientras Laura Poitras, candidata a un Oscar, le capta en una habitación de hotel de Hong Kong en 2013, en ocho tensos días durante las cuales se hicieron públicas por vez primera sus revelaciones. Acompañado por Glenn Greenwald, tan sociable por contraste, y el meticuloso Ewen MacAskill, del Guardian, Snowden intenta sopesar la importancia de significarse dejándose ver contra la posibilidad de que se convierta él en la historia, en lugar de su información. Con encantadora honestidad, reconoce que no tiene experiencia de los medios de comunicación y está dispuesto a confiar las decisiones de lo que habría que revelar, y cuándo, a gente en la que confía por tener más conocimiento, otro contraste notable con el enfoque más egocéntrico de Assange.

Clave en esa confianza de Snowden es Poitras, que se ganó su lugar en la “lista de vigilancia” del Departamento de Seguridad Interior con My Country, My Country, de 2006 (acerca de la vida bajo la ocupación norteamericana en Irak), y The Oath, de 2010 (filmada en Yemen and Guantánamo), y aquí se apoya en su corto de 2012, The Program, en donde William Binney, revelador de secretos de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad) norteamericana descubría de qué modo la tecnología destinada a recoger datos de inteligencia exterior se utilizaba “para espiar a los ciudadanos norteamericanos sin orden judicial”.

Trabajador independiente de la NSA empleado por Booz Allen Hamilton, Snowden se alarmó de manera semejante por estar “diseñando sistemas para ampliar el poder del Estado”. Los correos electrónicos encriptados a Poitras llevaron a encuentros clandestinos del género de los que normalmente sólo tienen lugar en las películas de espías, repletos de intercambios codificados (“¿Sabe a qué horas abre el restaurante?”) en exóticos locales extranjeros. Tras su sigilosa estancia en Hong Kong, durante la cual se filmó el grueso de Citizenfour, las distintas partes se dispersaron, con Snowden ya fuera de la ley buscando refugio en Rusia, Greenwald volviendo a Río y Poitras dirigiéndose a Berlín para completar su película en secreto.

La coda de la película, que quedó cuidadosamente “embargada” hasta el estreno en Nueva York el viernes pasado, reúne a los protagonistas principales en Rusia, donde comparten un diálogo entrecortado en el que se garabatean palabras clave en libretas en lugar de pronunciarlas en voz alta (por temor a las escuchas) para hacerlas luego pedazos ante los ojos fisgones de la cámara. A John le Carré no se le podría haber ocurrido algo así.

Como sucede con buena parte de su trabajo anterior, el documental de Poitras se ubica a ambos lados de la divisoria entre arte y periodismo, cine y reportaje. El “trailer” de Citizenfour, que avisa de que “toda frontera que cruzas, toda compra que haces, toda llamada que realizas…está en manos de un sistema cuyo alcance es ilimitado, pero cuyas salvaguardas no lo son”, lo presenta como la película de suspense más escalofriante del año, y no es una jactancia ociosa; se produce una tensión que puede rivalizar con cualquiera de los tensos dramas del productor ejecutivo, que no es otro que Steven Soderbergh.

Fuera de las entrevistas, Poitras nos presenta líneas de puntos iluminados que podrían ser un código digital, pero que aparecen más nítidamente como una iluminación que cuelga de un largo y obscuro túnel, la madriguera del conejo [de Alicia] por la que tenemos que viajar. Una partitura ominosa, con estrépito, añade amenaza, acordes suspendidos y chirridos electrónicos que sugieren un descenso a cierto mundo de la Estigia. Hasta en las habitaciones de hotel de brillantes luces sigue sobresaltando el sonido, y la aguda alarma de un simulacro de incendio sospechosamente coincidente pone los nervios de nuestros personajes al límite…y los nuestros.

Las revelaciones de que todo ingenio telefónico y móvil se puede utilizar por control remoto como micrófono oculto (en un momento dado, Snowden se esconde bajo una sudadera con capucha para protegerse mientras teclea en un ordenador) elevan la tensión todavía más; cuando sonó un teléfono móvil en una proyección de preestreno a la que asistí, la irritación del público se vio atemperada por una risa demasiado nerviosa. Estoy seguro de que no fui el único que llegó a casa y le quitó la batería al móvil.

A veces me recordaba a Esto no es una película (2011), de Jafar Panahi, que descubría al autor iraní haciendo películas de manera encubierta estando bajo arresto domiciliario en Teherán. En otra parte hay ecos de The Internet´s Own Boy y el juvenil altruismo de Aaron Swartz [1]; una secuencia en la que Snowden trata de disfrazarse aplicándose fijador de cabello no estaría fuera de lugar en una película de John Hughes, con su corte de pelo enmarañado ya familiar, y su sonrisa tan de estudiante de “prepa” que sugiere una ingenuidad de ojos muy abiertos que no casa con su aparente comprensión (y aceptación) de la magnitud de sus acciones. Es un momento de ligero alivio en medio de una película de inquietante obscuridad, hecha con valentía y completamente absorbente.

Nota del t.:

[1] The Internet´s Own Boy, película de 2014, es un documental que relata la historia de Aaron Swartz (1986-2013), jovencísimo prodigio de la informática y activista de la información, que se suicidó a la edad de 26 años.

Fuente:

Mark Kermode (1963) es crítico del diario dominical londinense The Observer y miembro de la British Academy of Film and Television Arts. Trabaja asimismo para conocidos programas de la BBC como The Culture Show y Newsnight Review.

The Observer, 19 de octubre de 2014