¡No somos carne de matadero!

La explosión de la epidemia de Covid-19 ha puesto de manifiesto la imposibilidad general de la sociedad capitalista para apoyarse en un sistema racional y científicamente probado de prevención contra las consecuencias de los fenómenos naturales catastróficos (terremotos, deslizamientos de tierra, inundaciones, sequías, desertificación, maremotos, epidemias, etc.), sacando a la superficie, y a conocimiento de todos, la desastrosa situación en la que está sumido el sistema sanitario nacional de cada país. Pero la epidemia de Covid-19 también ha puesto de relieve una práctica habitual de todas las empresas, la de la falta de unas adecuadas «medidas de seguridad en el empleo», o su reducción al mínimo, en nombre de la reducción de los «costes de producción» en los que el «costo de la mano de obra» es, por excelencia, el costo más variable sobre el que el capital actúa sistemáticamente. El capitalismo vive de la explotación cada vez mayor de la mano de obra -que es el motor de la economía real- y de la competencia, que a su vez es cada vez más despiadada, a nivel nacional y, aún más, a nivel internacional.

Por un lado, los gobiernos de cada país tienen la tarea de apoyar y estimular el crecimiento económico nacional – para que cada empresa y, sobre todo, los grandes grupos, produzcan beneficios (logrando una productividad cada vez mayor para vencer a la competencia) – y, por otro lado, tienen la tarea de gestionar los presupuestos de sus respectivos estados para que no falten recursos financieros y para apoyar la competitividad de la economía nacional en el mercado mundial, y existen los recursos para silenciar al menos las necesidades vitales básicas de las masas trabajadoras, con la política de amortiguadores sociales que todos los estados industrializados han adoptado después de que las luchas de clases y las revoluciones obreras del siglo pasado pusieran en peligro la resistencia internacional del capitalismo imperialista.

Pero la competencia internacional y la secuencia cíclica de crisis económicas y financieras que el desarrollo capitalista sufre y nunca logrará evitar, ponen periódicamente a los Estados burgueses en la posición de tener que enfrentarse y chocar entre sí, sobre la base de relaciones de poder cambiantes, lo que requiere, por parte del poder político, un control social cada vez más estricto y una canalización de los recursos nacionales, financieros, económicos y sociales, en apoyo sobre todo de la economía nacional y de la rentabilidad capitalista. Es bien sabido que una de las partidas más importantes del gasto público se refiere al servicio de salud pública, al menos en los países europeos. Y cuando el Estado tiene que ahorrar en alguna parte para trasladar los recursos financieros a campos más rentables para el capital, recorta los costos sociales, es decir, los amortiguadores sociales, luego las pensiones, los servicios de salud y toda la serie de costes que en tiempos de expansión económica han servido de pegamento capaz de fortalecer la colaboración entre las clases, llevando al proletariado a someterse a las necesidades capitalistas sin rebelarse demasiado.

Si consideramos sólo los últimos diez años, a partir de la crisis financiera y económica de 2008-2009, «la salud ha sido el objetivo preferido de los programas de austeridad europeos. Los presupuestos de investigación han sido diezmados, en Italia, España, Francia, Grecia, Irlanda». Así lo escribió un periodista de investigación francés sobre la epidemia de Covid-19, quien continuó: «En cada semestre europeo, los tecnócratas encargados de revisar los presupuestos de los países miembros han exigido nuevos recortes en el personal sanitario, en los hospitales, en los gastos considerados innecesarios, incluso un lujo, frente al sacrosanto 3% del déficit. En nombre de la «racionalidad» económica, tener camas adicionales se consideraba un desperdicio. (…) Los países europeos no están suficientemente equipados para prepararse para esta crisis sanitaria. La epidemia ni siquiera ha alcanzado su punto máximo y todos los sistemas de salud ya están mostrando signos de colapso. Desde hace once meses, el personal hospitalario está en huelga en Francia para denunciar la falta de medios, humanos, materiales y financieros» (1). La situación en Italia o España es aún más crítica, como lo denuncian continuamente las federaciones profesionales. No sólo hay una falta de personal y de camas en los hospitales, tanto en los cuidados intensivos como en las plantas, sino que también faltan los ventiladores pulmonares y los diversos equipos necesarios en estos casos, hasta los dispositivos más simples e individuales, desde mascarillas hasta guantes, desde gafas hasta escudos protectores, desde monos hasta ropa de protección, etc. Los países más industrializados y más avanzados, que dicen enseñar a todos los demás cómo organizar una sociedad moderna, no están en absoluto preparados para hacer frente a una epidemia que no tiene nada que ver con las plagas de los siglos pasados. Es la misma burguesía la que admite que son los intereses económico-financieros y la competencia los que impiden a la sociedad actual (y a cualquier país capitalista desarrollado) organizarse con modelos de prevención que el conocimiento y la tecnología moderna podrían teóricamente proporcionar más eficazmente ante cualquier evento catastrófico. Pero al beneficio capitalista no le gusta la prevención porque así se multiplica, en cambio, con cada catástrofe.

Ante la inevitable y renovada emergencia de coronavirus, los países europeos no han suspendido en absoluto la competencia entre ellos; por ejemplo, ha habido muchos casos en los que los suministros de protección individual y equipos hospitalarios encargados a otros países por Italia, que fue el primer país europeo que cayó en picado en la epidemia más grave, han sido bloqueados y retenidos en los países de tránsito, en vista de una posible necesidad inminente en su propio suelo; se trata de millones de mallas quirúrgicas y una gran cantidad de equipo de cuidados intensivos, principalmente procedente de China. Y siguen hablando de «Unión Europea», y «Comunidad Europea»… Los países involucrados fueron Alemania, Francia, Polonia, la República Checa, así como Turquía y Rusia. Y se necesitaron muchas y estrechas negociaciones tanto con estos países como con la Comisión Europea para desbloquear formalmente el problema después de diez días, más aun, en el momento en que escribimos, el grueso de esos suministros no ha llegado aún a su destino.

Además de la dramática situación de las instalaciones de salud pública, existe la práctica sistemática de todos los capitalistas de ahorrar lo más posible en medidas de seguridad laboral. Este ahorro se aplica normalmente y, de hecho, la gran mayoría de los accidentes y muertes en el trabajo, cada año, dependen precisamente de estas medidas de seguridad inexistentes o ineficaces.

Pero ante la pandemia de Covid-19 el problema se ha agudizado aún más porque, por un lado, las sucesivas restricciones, a la movilidad personal y a las actividades laborales que cada gobierno ha tomado para detener el contagio. han afectado inevitablemente a la producción de beneficios capitalistas en la mayoría de las empresas, grandes o pequeñas, y, por otro lado, todos los proletarios -obligados a trabajar durante la propagación de la epidemia en los hospitales y en todas las empresas cuya actividad ha sido declarada esencial tanto para la economía del país como para la vida cotidiana de la población- han tenido que hacerlo y deben hacerlo en ausencia de una higienización del entorno laboral, de la necesaria protección individual y de una organización del trabajo diferente, para no permanecer en estrecho contacto unos con otros. Su exposición al contagio, a la muerte, alcanza así niveles excepcionales, convirtiéndose ellos mismos en vectores de la epidemia en su puesto de trabajo, en su hogar y en los medios de transporte. Es ante esta situación que el proletariado se ha rebelado. En los hospitales -dada la gravedad de la situación y la falta de medios adecuados de rescate, intervención, terapia y protección individual, así como de camas- las enfermeras, el personal hospitalario más variado y los empleados de las empresas de limpieza se ven obligados a trabajar en turnos agotadores, sometidos a una extrema fatiga en el desempeño de su labor, y arriesgándose a caer enfermos cada día; no sólo eso, sino que también están bajo una gran presión psicológica porque su trabajo es asistir a los enfermos las 24 horas del día, y si se declararan en huelga contra un sistema que los arroja desnudos, sin protección y sin repuestos, al camino de la enfermedad, se sentirían responsables del empeoramiento de las condiciones de los enfermos y de sus muertes. Es así como los escritores de las gacetas, a quienes la burguesía contrata para ayudar a propagar la necesidad de «unir» a todos en la «guerra contra el coronavirus», aceptando los mayores sacrificios, les han convertido en «héroes» que, desafiando sus propias vidas, trabajan sin descanso para cuidar a los enfermos. Pero la Federación Nacional de Profesiones de Enfermería declara: «Somos tratados como «héroes» por la mañana y tratados como mercancía barata por la tarde». Pero como mercancía de poco valor se trata a todos los proletarios, no sólo a las enfermeras.

Y es contra esta condición que los trabajadores de muchas fábricas se han rebelado. Al grito de NO SOMOS CARNE DE MATADERO, desde el 12 de marzo, al día siguiente del primer decreto del gobierno Conte que decidió un cierre patronal para toda Italia, dejando fuera las fábricas, en muchos lugares los trabajadores se declararon espontáneamente en huelga. Confindustria presionó al gobierno para que no se cerraran las actividades de producción, obteniendo satisfacción, pero sin asegurarse primero de que todas las medidas de seguridad anti-contabilidad «recomendadas» por el gobierno se aplicaran en todas las fábricas. Así es como, al forzar a los representantes sindicales territoriales, en muchas fábricas, como la de Acciai Speciali en Terni, se declararon en huelga durante 8 horas, y luego Fincanteri en Marghera y Ancona, en las fábricas de Brescia, Corneliani en Mantua; y de nuevo hubo protestas, amenazas y huelgas espontáneas desde el Piamonte hasta la Emilia Romana: en Valeo de Mondovì, Dierre en Villanovad’Asti, Cnh Industrial en San Mauro Torinese, el almacén de Amazon en Torrazza Piemonte (república. it, 12/3/2020), y luego Mtm, Ikk, Dierre, Trivium en Vercelli y Cuneo con adhesiones muy altas; en la Toyota y Bonfiglio Riduttori en el área de Bolonia para extenderse también a Génova, a las Reparaciones de Barcos, y a Whirlpool, así como a muchos almacenes logísticos de SDA a Gls, de Fedex-TNT a BRT donde, en particular, actúan las uniones básicas de SiCobas, USB y AdlCobas. Esta respuesta espontánea e inmediata de los trabajadores, especialmente en el sector metalúrgico, llevó a varias industrias a cerrar durante unos días para sanear sus entornos y proporcionar a los trabajadores protección individual; este fue el caso de todas las fábricas de armas de Brescia, Avio en Pomigliano d’Arco, Alstom (fábrica de trenes de alta velocidad) y Leonardo (antes Finmeccanica), GKN en Florencia, Electrolux en Forlì, mientras que Fiat-FCA decidió cerrar todas sus fábricas hasta el 22 de marzo (ilfattoquotidiano.it, 12/3/2020).

Lo que se ha puesto de manifiesto es, por una parte, el impulso espontáneo de los trabajadores de luchar por la defensa de su salud y, por otra, la falta de iniciativa de los sindicatos confederados a nivel nacional que, como es habitual, presionan para reunirse con Confindustria y el gobierno para «acordar las medidas a adoptar», naturalmente para salvaguardar la economía nacional y sus sectores estratégicos y, sólo de palabra, para cuidar la salud de los trabajadores. Aunque habían amenazado con una huelga general si el gobierno no hubiera decretado el cierre de las fábricas que no son esenciales para la supervivencia y el funcionamiento de los hospitales, obligándolos a sanearse, hasta ahora no han tomado medidas.Sí lo han hecho los sindicatos de base, como USB y SiCobas, fuertes sobre todo en el sector de la logística y presentes en el sector de la ingeniería, que, además de disturbios locales, han convocado a sus miembros a una huelga general el 25 de marzo, exigiendo no sólo la protección real de la salud de los trabajadores y el cierre de todas las empresas no esenciales durante este período, sino que a todos, incluidos los trabajadores que se quedan en casa, se les pague el salario completo (lavocedellelotte.it, 17/3/2020).

La visión clasista de la lucha obrera quiere que los proletarios, de las empresas no esenciales para la subsistencia y para el funcionamiento de los hospitales, luchen, demostrando, a sus hermanos de clase, que están obligados a trabajar en su lugar. Sólo ejerciendo esa presión sobre los empleadores y el gobierno central al mismo tiempo los trabajadores podrían lograr resultados concretos tanto en lo que respecta a la salvaguardia de su salud y a unas condiciones de trabajo más sostenibles como en lo que respecta a los salarios.

En la situación provocada por el estallido de esta pandemia, con el cierre de un número considerable de empresas y, por tanto, con la economía sumida en una crisis, es lógico que los capitalistas y sus representantes en el gobierno llamen a todos los ciudadanos y apelen a la sagrada y patriótica unión para salvaguardar la economía nacional y la de las empresas; cuán natural es que aprovechen la situación para aplastar al proletariado en condiciones de aislamiento y de mayor debilidad, aumentando el control social con medidas similares a las de la guerra, desatando policías y militares en todo el territorio para mantener el orden. Pero este orden es única y exclusivamente el orden burgués, el orden capitalista, en el cual por la mañana tocan música para los «héroes» proletarios alabando sus sacrificios por el «bien común», y por la noche los tratan como bienes sin valor.

Ninguna autoridad, ningún amo, ninguna institución burguesa puede mostrar nunca una verdadera solidaridad, especialmente en tiempos de crisis, con la clase proletaria. El gobierno de Conte ha declarado a los trabajadores que «nadie perderá su trabajo por el coronavirus»; pero se olvida de decir que nadie, ni el capitalista individual, ni la asociación de capitalistas, ni el gobierno, garantizan los puestos de trabajo. No sucedió ayer, en tiempos de expansión económica, no sucede hoy y nunca sucederá en tiempos de recesión. La burguesía ha demostrado, en los decenios que han seguido a la crisis mundial de 1975, como pone en situación de desempleo a cientos de miles de trabajadores para la reestructuración de las empresas y reduce sistemáticamente los amortiguadores sociales, ciertamente debidos a la presión de las luchas obreras de los años cincuenta y sesenta, pero que la clase dominante ya había experimentado durante los veinte años de fascismo y que había heredado del fascismo para reforzar la colaboración de clases; amortiguadores sociales que servían para amortiguar las situaciones sociales críticas de vez en cuando y que, en parte, se mantienen sólo gracias a la fuerza económica y financiera del capitalismo nacional, como lo demuestran los últimos acontecimientos relacionados con las medidas financieras puestas en marcha para hacer frente a la crisis económica por el coronavirus.

Los proletarios, aturdidos durante demasiados decenios por los mitos de la democracia, del bienestar que se puede alcanzar gracias a los sacrificios que requiere de vez en cuando el Estado suprapartidista y acostumbrados a considerar la colaboración de clase como un método indispensable para defender los empleos, los salarios y las pensiones, se encuentran hoy más al descubierto que nunca. Décadas de oportunismo político y sindical, décadas de colaboracionismo, han borrado de su memoria y de sus costumbres las tradiciones de lucha y solidaridad obrera que en los años veinte habían hecho temblar a las potencias de toda Europa y del mundo.

Será un largo y difícil camino el que los proletarios tendrán que recorrer para volver a ser la clase revolucionaria que fue. Pero será la propia sociedad burguesa con sus contradicciones y sus crisis irremediables la que empujará al proletariado al terreno de la ruptura de la paz social y de la colaboración interclasista, haciendo estallar esas contradicciones y empujándoles al terreno de la verdadera lucha de clases: ¡el tiempo de guerra de la burguesía debe convertirse en el tiempo de la guerra de clases del proletariado!

¡No somos carne de matadero!, para el proletariado esto se aplica tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz. Para que esto no suceda más es necesario que el proletariado se organice independientemente de las necesidades del capital y de los aparatos de la conservación social, políticos y sindicales, y frente a ellos.

La lucha de la clase proletaria tiene objetivos opuestos y muy superiores a las necesidades del mercado y del capital: el objetivo histórico de la clase proletaria es la abolición del sistema salarial, por lo tanto, del capitalismo. Un objetivo que sólo puede ser fijado por la lucha revolucionaria llevada a cabo por el proletariado de cada país y dirigida por el partido de clase revolucionario. Pero la lucha del proletariado parte de las necesidades materiales inmediatas y es el desarrollo de esta lucha, en el choque inexorable con la burguesía y todas las fuerzas de preservación social, lo que eleva esta lucha económica e inmediata al nivel de la lucha política general, y a la comprensión no sólo del inevitable antagonismo de clase entre el proletariado y la burguesía, sino también a la conciencia de poseer la fuerza social necesaria para esta revolución.


(1) Cfr. Rigore e tagliallaSanità: Errori di Bce e Bruxelles, di Martine Orange, en “ilfattoquotidiano”, 16/3/2020