LA RUSIA QUE AMAMOS Y DEFENDEMOS

Este artículo fue el primero que escribió Onorato Damen en Prometeo, la publicación clandestina del Partido comunista internacionalista que acababa de fundarse. Su objetivo en aquel momento era el de oponerse a los aliados de la URSS -los Estados Unidos y el Reino Unido- en la guerra imperialista contra las potencias del Eje. Tras la caída de Mussolini, en efecto, todos los sectores de la burguesía italiana corrieron en apoyo de los “aliados”. El nuevo Partido Comunista Italiano de Togliatti, bajo la bandera de la “defensa de la democracia”, apoyaba activamente a este bando. Este artículo tenía como objetivo subrayar la necesidad, para la clase obrera, de luchar por su propio programa revolucionario, el de los primeros años de la Revolución Rusa de 1917, totalmente opuesto al que se realizó con la degeneración estalinista.

 Prometeo n° 2, diciembre de 1943.

No es casualidad que nosotros, comunistas, partidarios y defensores inquebrantables de la Revolución rusa, de sus ideas y de sus primeras acciones, rechacemos esa acusación que ahora nos hacen, de habernos tornado contra esta gran experiencia histórica. Esta acusación la lanzan quienes combatieron más abierta y ferozmente a la Revolución, especialmente cuando los burgueses de las coaliciones liberal y socialdemócrata hacían todo lo posible por estrangularla, ya fuera en el plano militar, valiéndose de la peor gentuza, o bien mediante el hambre, y por aislarla del resto del planeta encerrándola tras un muro construido de mentiras y complots.
Este cambio de pensamiento y de posición política ante Rusia es mucho menos sorprendente de lo que se piensa.
A la luz del marxismo, se explica fácilmente. Actualmente, sus amistades y solidaridades van desde la Iglesia a los capitanes de la industria, desde los socialistas a los magnates financieros.
Nosotros no formamos parte de toda esa gente; y los obreros -que defendieron y aún defienden a Rusia como primera gran experiencia de su clase- deben comprender finalmente la razón por la cual nosotros, comunistas, no vacilamos a la hora de expresar nuestra oposición a la Rusia de Stalin, sin por ello dejar de ser nunca combatientes convencidos por la Rusia de Lenin.
Para nosotros, los acontecimientos revolucionarios no son hechos insignificantes y, dada nuestra absoluta confianza en la causa de la revolución mundial a la que la revolución rusa dio comienzo, nos adherimos totalmente a las ideas de Octubre. Desde hace más de veinte años, la mayor parte de nosotros ha consagrado su vida a esta causa: sus recursos financieros, su vida familiar, su libertad, hasta llegar a perderla en las prisiones, en los campos de internación o en los campos de concentración. Y por eso nos corresponde la responsabilidad, ciertamente ingrata pero necesaria e insoslayable, de no guardar silencio sobre la realidad de Rusia. Hemos aprendido, en la escuela del marxismo, a luchar abierta y firmemente contra los mitos, contra los “tabús” de todo tipo, y por las verdades más concretas de la lucha de clases.
Y antes de exponer nuestras ideas, nos gustaría que los obreros –los que han conservado su capacidad crítica y cuyo instinto de clase aún no se ha contaminado- se dieran cuenta de cuál es el origen de la repentina y profunda solidaridad de tantos burgueses reaccionarios con la Rusia actual, qué es lo que nos permite definir su verdadera naturaleza. En cuanto a nosotros, queremos precisar aquí algunos aspectos de este difícil problema y estamos convencidos de todos llegaremos a las mismas conclusiones.
1. Los grandes y escandalosos sentimientos que hoy profesa la burguesía hacia la Rusia de Stalin obedecen directamente a su interés fundamental de preservar el sistema capitalista. Es decir, que lo que nosotros defendemos, la burguesía naturalmente lo odia, debido al antagonismo de clase. Cuando nuestra crítica teórica y las acciones de nuestro Partido nos colocan al frente del combate de clase, la burguesía no lo soporta.

2. La justificación de la segunda guerra imperialista con el argumento de la “guerra popular por la democracia” de Stalin, y su reconocimiento oficial por la Iglesia ortodoxa -la cual, naturalmente, ha defendido “la guerra por la gran patria eslava”- ha impresionado profundamente a los honestos burgueses, siempre tan sensibles al amor por la patria. Justificar la guerra implica que las masas obreras se unan a ellos, encadenarlas mediante la fuerza más brutal y odiosa al chovinismo, con el fin de asegurar la victoria y así salvaguardar al capital.

3. La bolchevización del Partido (comunista) ruso y de la Internacional, la liquidación de los órganos de combate, expresiones organizadas del proletariado, y su reemplazo por estúpidos lacayos del oportunismo; las desigualdades de salario que, inevitablemente, restablecen las desigualdades sociales; la función asumida por la burocracia de Estado y el partido, el dominio de la clase de los técnicos, frutos todos de la industrialización forzada; el ascenso de la Iglesia como fuerza de primer orden; la preeminencia del Estado sobre la dictadura del proletariado; los planes quinquenales para la explotación intensiva de una clase de trabajadores explotados renovada; son todas estas evidentes características confirman que los intereses de la Rusia actual no son ya los del proletariado… Es en esta situación, quienes han dejado sucumbir a la revolución han juzgado oportuno demostrar su lealtad, así como la coherencia de la nueva orientación de la política rusa, a la burguesía internacional, sacrificando en el altar de la “concordia democrática” a los hombres de la “vieja guardia”, a los incorruptibles constructores de la Revolución de Octubre. Esa es la querida Rusia de los Roosevelt, de los Churchill y de todos los radicales del mundo, pero no es la nuestra.

4. La Rusia que nosotros amamos y defendemos, en tanto que obra revolucionaria, es la Rusia del proletariado y del campesinado pobre que, bajo la dirección de Lenin y del partido revolucionario, osó destrozar la coraza del feudalismo y del capitalismo e imponer la dictadura del proletariado, el poder del Estado proletario del periodo de transición, cuyo objetivo es lograr su propia abolición y la de las clases mismas. La Rusia que amamos y defendemos es la Rusia que, durante años, permitió desarrollar, en el seno de su proletariado y en el seno del proletariado internacional, la conciencia de su fuerza, el sentido histórico de su papel revolucionario, la manifestación del nuevo mundo de los trabajadores, cuya base son los “soviets”.

La Rusia que amamos y defendemos es la Rusia que, desde hace años, actúa clandestinamente, a la sombra del actual partido “bolchevique”, la que en las prisiones, en los campos de deportación diseminados por la inmensa Rusia, ha conservado intacta su fe en los principios de Octubre, y espera el momento en que su despertar revolucionario se fusionará con el del proletariado internacional. La Rusia del combate contra la burguesía, la Rusia de nuestra llama revolucionaria imperecedera.
Onorato Damen, diciembre de 1943.