Informe de Amadeo Bordiga sobre el fascismo IV congreso de la Internacional Comunista


12ª sesión, 16 de noviembre de 1922

 

En el momento en que se instala el IV Congreso de la Internacional Comunista, ya eran viejas las divergencias entre el Partido Comunista de Italia, dirigido por la Izquierda Comunista, y la dirección de la Internacional. Estas se manifestarán durante las discusiones sobre la táctica del «Frente Único» y, por consiguiente, sobre la política de unificación con el Partido Socialista Italiano que quería imponer el Comité Ejecutivo de la Internacional a los comunistas italianos – ¡que venían de separarse de ese partido reformista hacía poco más de dos años! Sobre el análisis del fascismo y la forma de luchar contra él, las divergencias eran muy reales.

El «Llamado del IV° Congreso a los obreros y campesinos italianos», publicado el primer día del Congreso, afirmaba que «Los Fascistas son, ante todo, un arma de los propietarios terratenientes. La burguesía industrial y comercial sigue con inquietud la experiencia de la reacción fascista, considerándola como una especie de bolchevismo negro». En realidad el fascismo era esencialmente el órgano contrarrevolucionario de la burguesía en su conjunto, tal como lo explicaba Bordiga; lo que significaba que era imposible pensar en eventuales alianzas con ciertas fracciones burguesas, llamadas «democráticas», contra este; una verdadera lucha contra el Fascismo no podía ser llevada a cabo sino sobre bases de clase.
Pero, para gran incomodidad de ciertos historiadores actuales, trotskistas o no, para quienes el antifascismo democrático es la única política a seguir, estas graves divergencias no impedirán a la dirección de la Internacional confiar al representante de la Izquierda Comunista el cuidado de exponer delante de los congresistas el informe sobre el fascismo que publicamos más abajo, traducido de las actas de las sesiones del Congreso.

(El orador aborda la cuestión de los orígenes del fascismo después de haber recordado que los acontecimientos no habían permitido mantener contacto con Italia, se esperaba un informe de Togliatti sobre los últimos desarrollos de la situación y después de haber prometido volver sobre la cuestión de la actividad práctica del partido con respecto al fascismo en el curso de la discusión).

 

Por lo que se refiere al origen, por así decir, inmediato y exterior del fascismo, hay que decir que se remonta a los años 1914-15, es decir, a la época que precedió a la entrada de Italia en la guerra mundial, los grupos que pedían esta intervención y que, desde el punto de vista político, estaban formados por representantes de diversas tendencias, constituyeron la primera manifestación del fascismo. Había un grupo de derecha con Salandra, es decir, los grandes industriales interesados en la guerra que antes de reclamar la intervención de la Entente, habían preconizado la guerra contra ella. Allí se encontraban por otra parte tendencias burguesas de izquierda: los radicales italianos, es decir, los demócratas de izquierda y los republicanos, partidarios tradicionales de la liberación de Trento y de Trieste. En tercer lugar se encontraban algunos elementos del movimiento proletario, sindicalistas revolucionarios y anarquistas.

A estos grupos pertenecía igualmente (se trata por cierto, de un caso individual pero con una importancia particular) el jefe del ala izquierda del Partido Socialista, director de «Avanti»: Mussolini. Grosso modo, se puede decir que el grupo intermedio no ha participado en el movimiento fascista, quedándose en el marco de la política burguesa tradicional. Los grupos de extrema-derecha (ex-anarquistas, ex-sindicalistas y ex-sindicalistas revolucionarios) han permanecido en el movimiento de los grupos fascistas de combate. Estos grupos políticos habían cosechado una gran victoria en mayo de 1915, al imponer la entrada de Italia en la guerra contra la voluntad de la mayoría del país e incluso del parlamento, que no supieron resistir a este golpe de fuerza inesperado. Pero después de la guerra y en el transcurso del conflicto vieron cómo su influencia disminuía. Y es que habiendo presentado la guerra como una empresa sumamente fácil, perdieron toda su popularidad, que por otra parte no había sido nunca muy grande, cuando se vio que la guerra no se acababa. Al final de la misma, su influencia era casi igual a cero.
Durante y después del periodo de movilización, hacia finales de 1918, durante 1919 y en la primera mitad de 1920, esta tendencia política no tuvo ningún peso en el descontento general suscitado por las consecuencias del conflicto, pero es fácil establecer el lazo político y orgánico que existe entre este movimiento aparentemente entonces dispuesto a desaparecer y el que se desarrolla potentemente hoy ante nuestros ojos.
Los grupos fascistas de combate nunca dejaron de existir. El jefe del movimiento fascista siempre había sido Mussolini, y su órgano «Il Popolo de Italia». En las elecciones políticas de finales de octubre en 1919, los fascistas fueron completamente batidos en Milán, donde se publica su periódico y vivía su jefe. No obtuvieron más que un ínfimo número de votos, pero no por esto cesaron su actividad.
La corriente socialista-revolucionaria del proletariado se había reforzado notablemente después de la guerra, merced al entusiasmo revolucionario que se había apoderado de las masas, pero no consiguió explotar esta situación favorable, y perdió posteriormente parte de su influencia debido al hecho de que todos los factores objetivos y psicológicos favorables al reforzamiento de una organización revolucionaria no encontraron un partido capaz de apoyarse sobre ellos y fundar una organización estable. No quiero decir con esto que en Italia, el Partido Socialista hubiera podido hacer la revolución, como afirmaba Zinoviev; quiero decir que el Partido Socialista hubiese debido al menos dar a las fuerzas revolucionarias de las masas obreras una organización sólida. Por desgracia no ha estado a la altura de la tarea. Por lo tanto hemos asistido a una disminución de la popularidad que la tendencia socialista, que se había opuesto siempre a la guerra, tenía en Italia.
En la medida que en la crisis de la sociedad italiana el movimiento socialista cometía falta tras falta, el movimiento opuesto, – el fascismo – comenzó a reforzarse, consiguiendo en particular, explotar la crisis económica que aparecía y cuya influencia comenzaba a sentirse en las organizaciones sindicales del proletariado. Hay que decir que, en el momento más difícil, el movimiento fascista encontró un apoyo en la expedición de D’Annunzio en el Fiume del cual sacó una cierta fuerza moral; es de esta época que datan su organización y su fuerza armada, bien que el movimiento de D’Annunzio y el fascismo habían sido dos cosas distintas.
Hemos hablado del movimiento socialista proletario: la Internacional ha criticado frecuentemente sus errores. Una consecuencia de estos ha sido el cambio completo operado en el estado de ánimo de la burguesía y de las otras clases. El proletariado estaba desorientado y desmoralizado. En cuanto vio cómo se le escapaba la victoria, su estado de ánimo sufrió una profunda transformación. Se puede decir que en 1919 y en la primera mitad de 1920, la burguesía italiana se había resignado en cierta forma a asistir a la victoria de la revolución. La clase media y la pequeña burguesía tendían a jugar una función pasiva, a remolque no de la gran burguesía, sino del proletariado al que creían a las puertas de la victoria. Este estado de ánimo posteriormente se ha modificado radicalmente. En lugar de asistir a la victoria del proletariado, se ha visto a la burguesía organizar con éxito su defensa. Cuando la clase media constató que el P. Socialista no era capaz de tomar la delantera, perdió poco a poco confianza en las posibilidades del proletariado y se volvió hacia la clase opuesta. Es en este momento que la ofensiva capitalista y burguesa comenzó. Se aprovechó esencialmente del nuevo estado de ánimo en el que la clase media se encontraba. Merced a su composición extremadamente heterogénea, el fascismo representaba la solución al problema de la movilización de las clases medias en favor de la ofensiva capitalista. El ejemplo italiano es un ejemplo clásico de ofensiva del capital. Como dijo ayer en esta tribuna el camarada Radek, esta ofensiva es un fenómeno complejo que debe ser estudiado no solamente desde el punto de vista de la disminución del salario o del alargamiento en la duración del trabajo, sino también sobre el terreno general de la acción política y militar de la burguesía contra la clase obrera. En Italia, durante el periodo de desarrollo del capitalismo, hemos visto aparecer todas las formas características de la ofensiva capitalista. Si queremos considerar esta en su conjunto, debemos examinar las líneas generales de la situación, por una parte en el campo de la industria y por otra parte en el de la agricultura.
En la industria, la ofensiva capitalista explota directamente la situación económica. La crisis comienza, y con ella el paro. Los patronos se ven obligados a despedir a una parte de los obreros y pueden hacerlo contando con la vileza de las direcciones sindicales y de los maximalistas. La crisis industrial les da un pretexto que les permite reclamar la disminución de los salarios y la revisión de las concesiones morales que habían concedido a los obreros de sus empresas. La Confederación General de la Industria, organización de clase de los empresario ha nacido al principio de esta crisis, y dirige su lucha subordinando a su dirección la acción de cada rama. En las grandes ciudades, no fue posible recurrir enseguida a métodos violentos contra la clase obrera. Los obreros urbanos constituían una masa muy considerable como para esto. Era relativamente fácil reunirlos, por tanto podían oponer al ataque una seria resistencia. La burguesía prefirió entonces imponer al proletariado luchas con caracteres esencialmente sindicales, en las cuales los resultados le fueron generalmente desfavorables debido a la agudización de la crisis y al continuo aumento del paro. La única posibilidad de llevar a cabo victoriosamente las luchas económicas que estallaban en la industria habría sido llevar la acción del campo sindical al campo revolucionario, y ejercer una dictadura de verdadero partido comunista. Pero el partido socialista italiano no era ese partido, y en el momento decisivo no supo llevar la acción del proletariado italiano sobre el plano revolucionario. El periodo de los grandes triunfos de las organizaciones sindicales italianas en la lucha por la mejora de las condiciones de trabajo, dio paso a un nuevo periodo en el cual las huelgas tomaron su carácter defensivo y los sindicatos sufrían una derrota tras otra.
Debido a que en Italia las clases rurales tenían una gran importancia en el movimiento revolucionario, sobre todo los asalariados agrícolas, pero también las capas semi-proletarias, las clases dominantes se vieron obligadas a combatir la influencia que las organizaciones rojas habían adquirido en los campos. La situación que se presentaba en una gran parte de Italia, incluso en la más importante, el Valle del Pô, era parecida a una especie de dictadura local del proletariado o por lo menos de los asalariados agrícolas. En esta zona, hasta finales de 1920, el PS había conquistado numerosos ayuntamientos que habían practicado inicialmente una política fiscal desfavorable a la burguesía media y agraria, teníamos allí florecientes organizaciones sindicales, importantes cooperativas y numerosas secciones del partido socialista. Incluso allí donde el movimiento se encontraba en manos de los reformistas, la clase obrera del campo tenía una actitud revolucionaria. Obligaba a los patronos a entregar a sus organizaciones cierta suma que garantizase en cierta medida su sumisión a los contratos impuestos por la lucha sindical. Se determinó así una situación en la cual la burguesía agraria no podía vivir más en el campo, viéndose obligada a retirarse a la ciudades.
Por desgracia, los socialistas italianos cometieron una serie de errores (1), en particular en la cuestión de la apropiación del suelo y de la tendencia de los pequeños arrendatarios a comprar tierras después de la guerra para convertirse en pequeños propietarios. Las organizaciones reformistas forzaron a estos arrendatarios a ser, por así decir, los caudatarios del movimiento de los obreros agrícolas; en estas circunstancias el movimiento fascista encontró en ellos un apoyo notable.
En la agricultura, no había una crisis unida a un paro ampliado que hubiese permitido a los propietarios terratenientes lanzar una contra-ofensiva victoriosa sobre el terreno de la lucha sindical. Es por ello que en este sector el fascismo ha comenzado a desarrollarse y aplicar el estado de la violencia física, de la violencia armada, apoyándose en la clase de los grandes propietarios y aprovechando el descontento suscitado en las capas medias de la clase campesina por los errores organizativos del P.S. y de los sindicatos reformistas, y aprovechando también la situación general, o sea, el malestar y la insatisfacción creciente de todas las capas pequeño-burguesas, de los pequeños comerciantes, los pequeños propietarios, militares licenciados, ex-oficiales, que después de la situación que habían gozado durante la guerra se veían ahora desplazados. Todos estos elementos fueron aprovechados y, encuadrándolos y organizándolos en formaciones armadas, se pudo crear un movimiento con el objetivo de destruir las organizaciones rojas del campo.
El método que ha utilizado el fascismo no puede ser más característico. Ha reunido a los desmovilizados que no consiguieron después de la guerra volver a encontrar un sitio en la sociedad; ha sacado provecho de su experiencia militar y ha comenzado a constituir grupos armados, no en las grandes ciudades industriales, sino en las cabezas de los partidos agrícolas, como Bolonia y Florencia; para esto, se ha apoyado como veremos más adelante, en las autoridades legales. Los fascistas disponen de armas y de medios de transporte, gozan de total inmunidad ante la ley, y aprovechan estas ventajas, incluso allí donde sus efectivos son inferiores a los de sus enemigos, los revolucionarios. Organizan sobre todo lo que se llama «expediciones punitivas», procediendo de la siguiente manera: invaden un pequeño territorio, destruyen las sedes centrales de las organizaciones obreras, obligan por la fuerza a dimitir a los consejos municipales, hiriendo, y si es preciso, asesinando a los dirigentes contrarios o, en el mejor de los casos, obligándoles a emigrar. Los trabajadores de las localidades en cuestión no están en disposición de oponer resistencia a estas bandas armadas, apoyadas por la policía y esparcidas por todo el país. Los grupos fascistas locales al principio no se atrevían a enfrentarse a las fuerzas proletarias, pero ahora toman la delantera porque los campesinos y los obreros están aterrorizados y saben que si intentan llevar a cabo cualquier acción contra ellos, los fascistas volverían a comenzar sus expediciones punitivas con fuerzas superiores, a las cuales seria imposible resistir.
Es por ello que el fascismo ha conquistado una posición dominante en la política italiana, y ha proseguido su marcha por así decir territorialmente, según un plan muy fácil de seguir sobre su mapa. Su punto de salida ha sido Bolonia, donde en septiembre y octubre de 1920 se había instaurado una administración socialista, lo que había dado lugar a una gran movilización de las fuerzas rojas. Se produjeron incidentes: las reuniones fueron perturbadas por provocaciones desde el exterior; disparos (posiblemente realizados por agentes provocadores) sobre los escaños de la minoría burguesa. Este fue el pretexto del primer gran golpe de mano fascista. Desencadenada, la reacción realizó destrucciones e incendios, sin contar las acciones de hecho contra los dirigentes proletarios. Con la ayuda del poder del Estado, los fascistas se apoderaron de la ciudad. Estos sucesos del ya histórico 21 de noviembre, marcan el principio del terror y a partir de esta fecha, el consejo municipal de Bolonia no puede volver a tomar el poder.
Después de Bolonia, el fascismo prosiguió una ofensiva que no podemos tratar en detalle. Nos limitaremos a decir que tomó dos direcciones: una parte hacia el triángulo industrial del Noroeste (Milán, Turín y Génova) y otra hacia la Toscana y el centro de Italia, con el fin de cercar y amenazar la capital. Desde el principio, estaba claro que no podía surgir ningún movimiento fascista en el sur de Italia, por las mismas razones que habían impedido el nacimiento de un movimiento socialista fuerte. El fascismo no representa un movimiento de la fracción retrógrada de la burguesía, por eso no apareció por primera vez en la Italia meridional, sino justamente allí donde el movimiento proletario estaba más desarrollado y donde la lucha de clases se manifestaba más claramente.
Teniendo estos datos como base, ¿cómo podemos explicar el movimiento fascista? ¿Se trata de un movimiento puramente agrario? Eso no es lo que queríamos decir cuando afirmábamos que el movimiento había nacido fundamentalmente en el campo. No se puede considerar el fascismo como el movimiento independiente de una fracción particular de la burguesía, como la expresión de los intereses de la burguesía agraria en oposición a los intereses del capitalismo industrial. Por esto, incluso en las provincias donde su acción no se ha ejercido nada más que en el campo, la organización política y militar del fascismo ha nacido en las grandes ciudades. Después de las elecciones de 1921, el fascismo obtuvo una representación parlamentaria, el partido agrario que se formó en la Cámara era independiente de él. A raíz de los acontecimientos que siguieron, los industriales apoyaron el movimiento fascista. La declaración por la cual la Confederación General de la Industria se pronunciaba a favor de Mussolini para la formación de un nuevo gobierno, es característica de la situación que se ha creado en estos últimos tiempos, y a este respecto, la formación de un movimiento sindical fascista es aún más interesante. Como habíamos señalado ya, los fascistas se han aprovechado del hecho de que los socialistas no han tenido jamás una política agraria propia, y han abandonado a ciertas capas rurales que no pertenecían directamente al proletariado y tenían intereses diferentes de los que presentaban los socialistas. Pero utilizando (siendo forzado a ello) la violencia más salvaje, el fascismo supo también hacer la demagogia más cínica y creó organizaciones de clase con los campesinos e incluso con los asalariados agrícolas, tomando en cierto sentido posición contra los grandes propietarios. Es por esto por lo que existen ejemplos de luchas sindicales dirigidas por los fascistas, que tenían gran semejanza con las de las organizaciones rojas. No podemos considerar este movimiento, que ha creado una organización sindical mediante la coacción y el terror, como una forma de lucha anti-patronal, pero tampoco debemos concluir diciendo que representa un movimiento de los empresarios rurales. La verdad es que el movimiento fascista es un gran movimiento unitario de la clase dominante capaz de poner a su servicio, de utilizar y de explotar todos los intereses parciales y locales de los grupos patronales, tanto agrícolas como industriales.
El hecho de que el proletariado se haya sabido agrupar oportunamente en una gran organización unitaria capaz de luchar por el poder, y de sacrificar sus intereses inmediatos y parciales a tal fin, ha sido aprovechado por la burguesía para realizar su propia tentativa. Siguiendo un plan unitario de ofensiva anti-proletaria, la clase dominante se ha dado una organización para defender el poder que tenía entre sus manos.
El fascismo ha creado una organización sindical. ¿Con qué fin? ¿Para dirigir la lucha de clase? Eso nunca. Ha creado un movimiento sindical bajo el eslogan siguiente: todos los intereses económicos tienen el derecho de sindicarse. Los obreros, los campesinos, los comerciantes, los capitalistas, los terratenientes, etc… pueden formar uniones, todos pueden organizarse sobre la base del mismo principio, pero la acción sindical de todas estas organizaciones debe subordinarse al interés nacional, a la producción nacional, a la grandeza nacional, etc… Se trata, pues, de un sindicalismo de colaboración entre las clases, y no de lucha de clase. Todos los intereses deben fundirse en una pretendida unidad nacional. Sabemos lo que significa esta unidad: la conservación contrarrevolucionaria del Estado burgués y sus instituciones.
La génesis del fascismo debe, según nosotros, ser atribuido a tres factores principales: El Estado, la gran burguesía y las clases medias. El primero de estos factores es el Estado. En Italia el aparato del Estado ha jugado un papel importante en la fundación del fascismo. Las sucesivas crisis del gobierno burgués han creado la idea de que la burguesía tenía un aparato de Estado tan inestable que bastaría con un golpe de mano para derribarlo, pero de eso nada. Al contrario, la burguesía ha podido construir su organización fascista precisamente en la medida en que su aparato de Estado se reforzaba.
Es del todo cierto que, inmediatamente después de la guerra, el aparato del Estado ha atravesado una crisis que tuvo como causa manifiesta la desmovilización. Todos los elementos que hasta entonces habían participado en la guerra fueron arrojados bruscamente el mercado de trabajo; en este momento crítico, el aparato del Estado que, hasta ese momento se había volcado para conseguir la victoria sobre el enemigo exterior tuvo que transformarse en un órgano de defensa contra la revolución. Este planteó a la burguesía un gigantesco problema. No podía resolverlo militarmente mediante una lucha abierta contra el proletariado: tenía por tanto que resolverlo por medios políticos. Es en esta época cuando se forman los primeros gobiernos de izquierda de la postguerra, y cuando la corriente política de Nitti y de Giolitti accede al poder.
Es justamente esta política la que ha permitido al fascismo asegurar la victoria. Pero al principio, era necesario hacer concesiones al proletariado. En el momento en que el aparato del Estado tuvo la necesidad de consolidarse, el fascismo apareció. Cuando critica los gobiernos de izquierda de la posguerra y los acusa de cobardía ante los revolucionarios, el fascismo no hace nada más que pura demagogia. En realidad, los fascistas son deudores de su victoria respecto a las concesiones hechas por los primeros ministros demócratas de la posguerra. Nitti y Giolitti han hecho concesiones a la clase obrera. Algunas reivindicaciones del Partido Socialista, tales como la desmovilización, el régimen político, la amnistía para los desertores, han sido satisfechas. Pero tales concesiones estaban encaminadas a ganar tiempo para poder reconstruir el aparato de Estado sobre bases más sólidas. Fue Nitti quien creó la Guardia Real, que no era una policía propiamente dicha, sino más bien una organización militar de carácter nuevo. Uno de los más grandes errores de los reformistas ha sido el no considerar este problema como algo fundamental, de tal forma que, incluso desde un punto de vista puramente constitucional, hubiesen podido protestar contra la creación de un segundo ejército por parte del Estado. Pero ellos no comprendieron la importancia de la cuestión y vieron en Nitti un hombre con el cual se podía colaborar en un gobierno de izquierda. Una nueva prueba de la incapacidad del PSI para comprender la evolución política en Italia.
Giolitti completó la obra de Nitti. Bajo su mandato, el ministro de la guerra,

, dio su apoyo a las primeras tentativas del fascismo poniendo a disposición del recién nacido movimiento de oficiales desmovilizados, los cuales, incluso después de su vuelta a la vida civil, continuaban enteramente a disposición de los fascistas, proporcionándoles todo el material necesario para formar un ejército.
Durante la ocupación de las fábricas, el ministro Giolitti comprendió muy bien que el proletariado armado se había apoderado de las fábricas y que el proletariado agrícola estaba a punto de apoderarse de la tierra en su ímpetu revolucionario, por lo que hubiese sido un error de gran calibre aceptar la batalla antes de que se hubiesen organizado completamente las fuerzas contrarrevolucionarias. Para reunir a las fuerzas contrarrevolucionarias destinadas a aplastar en un futuro próximo al movimiento obrero, el gobierno pudo aprovechar la maniobra de los traidores jefes de la CGT que eran miembros del movimiento socialista. Con la promesa de una ley sobre el control obrero, que jamás se aplicó ni mucho menos votó, el gobierno consiguió salvar al Estado burgués en una situación crítica.
El proletariado se había apoderado de las fábricas y de la tierra, pero el Partido Socialista demostró nuevamente que era incapaz de resolver el problema de la unidad de acción de los trabajadores industriales y los trabajadores agrícolas. Este error permitió a la burguesía llevar a cabo la unidad contrarrevolucionaria, y fue gracias a esta unidad por la que logró derrotar por separado a los obreros de las fábricas y del campo. Como se puede ver, el Estado ha jugado un papel capital en la aparición del movimiento fascista.
Después de los ministerios Nitti, Giolitti y Bonomi, vino el gobierno Facta. Este sirvió para ocultar la entera libertad de acción de que gozaba el fascismo en su avance territorial. En la época de la huelga de agosto de 1922, serias luchas estallaron entre fascistas y obreros, con el gobierno apoyando abiertamente a los primeros. Podemos citar el ejemplo de Bari, donde a pesar de un gran despliegue de fuerzas, los fascistas no lograron vencer a los obreros que se habían parapetado en sus casas de la parte vieja de la ciudad, defendiéndose con las armas en la mano durante más de una semana. Los camisas pardas debieron retirarse, dejando muchas bajas sobre el campo. ¿Qué hizo al respecto el gobierno Facta? Hizo cercar de noche la ciudad por miles de soldados, centenares de carabineros y guardias reales, y ordenó el asedio de la ciudad. Desde el puerto un torpedero bombardeó las casas; las ametralladoras, los tanques y los fusiles entraron en acción. Sorprendidos durante el sueño, los obreros fueron derrotados y la Bolsa del Trabajo ocupada. El Estado ha obrado de la misma forma por doquier. Por todas partes el fascismo era derrotado por los obreros, y por todas partes el poder del Estado intervenía, mandando disparar sobre los obreros que se defendían, arrestando y condenando a los obreros cuyo único delito había sido el de defenderse, mientras que los fascistas, que habían cometido delitos de carácter común, eran absueltos sistemáticamente.
El primer factor es por lo tanto el Estado. El segundo es, como habíamos señalado anteriormente, la gran burguesía. Los capitalistas de la industria, de los bancos, del comercio y los terratenientes tenían un interés natural en la fundación de una organización de combate capaz de apoyar su ofensiva contra los trabajadores.
Pero el tercer factor no ha jugado un papel menos importante en el origen del poder fascista. Para crear al margen del Estado una organización reaccionaria ilegal, era necesario enrolar a elementos no provenientes de las capas superiores de la clase dominante. Esto se consiguió dirigiéndose a esas capas de las clases medias que habíamos mencionado con anterioridad, persuadiéndoles de que de esta forma defendían sus intereses. Esto es lo que el fascismo intentó hacer y, es preciso reconocerlo, lo ha conseguido. En las capas más próximas al proletariado, ha encontrado partidarios entre aquellos a los que la guerra había dejado insatisfechos, entre los pequeños burgueses, los semi-burgueses, los comerciantes y sobre todo entre los intelectuales de la juventud burguesa, la cual adhiriéndose al fascismo, y tomando el uniforme de la lucha contra el proletariado, se encontraron con la suficiente energía para recobrarse moralmente cayendo en el patriotismo y en el imperialismo más exaltado. Estos elementos suministraron al fascismo un número considerable de partidarios y le permitieron organizarse militarmente.
Estos son los tres factores que han permitido a nuestros enemigos oponernos un movimiento en le cual la tosquedad y la brutalidad no tienen paralelo, pero que, hay que reconocerlo, dispone de una organización sólida y de jefes con una gran habilidad política. El Partido Socialista no ha llegado nunca a comprender la significación y la importancia del naciente fascismo. «Avanti» no ha comprendido nunca nada acerca de lo que la burguesía estaba preparando merced a una hábil explotación de los errores monumentales de los jefes obreros. ¡No ha querido tan siquiera nombrar a Mussolini por temor a hacerle publicidad si lo sacaba más a la luz!
Como se ve, el fascismo no representa una nueva doctrina política, pero por el contrario posee una gran organización política y militar, y una prensa importante dirigida con una gran habilidad periodística y con mucho eclecticismo. No tiene ideas ni programa, pero ahora que está en el poder y que se encuentra colocado ante problemas concretos, se ve obligado a la organización de la economía italiana. En este paso de una obra negativa a una obra positiva, mostrará sus debilidades, a pesar de sus capacidades de organización.

El programa fascista

Después de haber tratado los factores históricos y la realidad social que han engendrado el fascismo, debemos ocuparnos de la ideología que ha adoptado y del programa mediante el cual se ha asegurado la adhesión de los elementos que le siguen.
Nuestra crítica nos lleva a la conclusión de que, en el terreno de la ideología y del programa burgués tradicionales, el fascismo no ha aportado nada nuevo. Su superioridad y su distintivo característico residen por entero en su organización, su disciplina y su jerarquía. Pero aparte de estos aspectos militares excepcionales, ante una situación erizada de dificultades, esta sería incapaz de superar. La crisis económica volverá a generar continuamente las causas de la reanudación revolucionaria, por lo que el fascismo se verá incapacitado para reorganizar la sociedad burguesa. El fascismo, que no sabrá nunca superar la anarquía económica del sistema capitalista, tiene una tarea histórica que podríamos definir como la lucha contra la anarquía política, es decir, la anarquía de la organización de la clase burguesa en partido político. Las diferentes capas de la burguesía italiana han formado tradicionalmente grupos sólidamente organizados, que se combaten por turno debido a la oposición entre sus intereses particulares y locales, y que bajo la dirección de políticos profesionales, se dedican a toda clase de maniobras en los pasillos del Parlamento. La ofensiva contrarrevolucionaria obligó a estas fuerzas de la clase burguesa a unirse en la lucha social y en la política gubernamental. El fascismo no es más que la realización de esta necesidad de clase. Colocándose por encima de todos los partidos burgueses tradicionales, el fascismo les priva poco a poco de su contenido, los reemplaza en sus actividades y, merced a sus errores y a los fracasos del movimiento proletario, aprovecha para sus propios fines el poder político y el material humano de las clases medias. Pero por el contrario, no conseguirá nunca darse una ideología concreta y un programa de reformas sociales administrativas que se salgan de los límites de la política burguesa tradicional que ha demostrado su bancarrota cientos de veces.
La parte crítica de la así llamada doctrina fascista, no tiene gran valor. Se da un barniz antisocialista y al mismo tiempo anti-democrático. En lo que concierne al antisocialismo, está claro que el fascismo es un movimiento anti-proletario, por lo tanto es natural que se declare adversario de todas las formas económicas socialistas o semi-socialistas, sin extraer u ofrecer nada nuevo para mantener el sistema de la propiedad privada, aparte de los lugares comunes sobre la quiebra del comunismo en Rusia. En cuanto a la democracia, debería dar paso a un Estado fascista ya que no ha sabido combatir a las tendencias revolucionarias y antisociales. Pero esto no es más que una frase huera.
El fascismo no es una tendencia de la derecha burguesa que se apoya en la aristocracia, en el clero, en los altos funcionarios civiles y militares con la intención de reemplazar la de la democracia del gobierno burgués y de la monarquía constitucional por una monarquía autoritaria. El fascismo encarna la lucha contrarrevolucionaria de todos los elementos burgueses unidos; es por esto por lo que no le resulta de ningún modo necesario e indispensable reemplazar las instituciones democráticas por otras. Para nosotros, marxistas, esta circunstancia no tiene nada de paradójico, ya que sabemos que el sistema democrático no representa nada más que una suma de garantías falsas, detrás de la cual se disimula la lucha real de la clase dominante contra el proletariado.
El fascismo une conjuntamente la violencia reaccionaria y la astucia demagógica; por lo demás, la izquierda burguesa siempre ha sabido engañar al proletariado y poner en evidencia la superioridad de los grandes intereses capitalistas por encima de todas las exigencias sociales y políticas de las clases medias. Cuando los fascistas pasan de una presunta crítica de la democracia burguesa a la formulación de una doctrina positiva y se ponen a predicar un patriotismo exasperado y a discurrir acerca de la misión histórica del pueblo italiano, divagan sobre un mito histórico que, a la luz de una verdadera crítica social, aparece desprovisto de toda base, máxime sabiendo que Italia es el país de las falsas victorias. En lo que respecta a la influencia del fascismo sobre las masas, decir que es consecuencia de una imitación clásica de la democracia burguesa: cuando se afirma que todos los intereses deben subordinarse al interés nacional superior, esto significa que se preconiza en principio una colaboración de todas las clases, mientras que en la práctica, se defienden simplemente las instituciones burguesas contra las tentativas de emancipación revolucionaria del proletariado. Esto es lo que ha hecho siempre la democracia liberal.
La novedad del fascismo reside en la organización del partido gubernamental de la burguesía. Los acontecimientos políticos que se han producido en la tribuna del parlamento italiano han dado la impresión de que el aparato de Estado burgués había caído en un crisis tal, que habría bastado un manotazo para derribarlo. En realidad, se trataba únicamente de una crisis de los métodos burgueses de gobierno, provocada por la impotencia de los grupos y dirigentes tradicionales para dirigir la lucha contra los revolucionarios en el transcurso de una profunda crisis. El fascismo creó por tanto un órgano capaz de asegurar la función dirigente del aparato de Estado. Pero cuando junto a su lucha práctica contra los proletarios, los fascistas expusieron un programa positivo y concreto de organización social y de administración del Estado, se limitaron en el fondo a repetir las tesis banales de la democracia y de la socialdemocracia: los fascistas no han creado jamás un sistema orgánico de proposiciones y de proyectos que les sea propio. Por ejemplo, han sostenido siempre que el programa fascista se proponía reducir el aparato burocrático en todos los campos de la administración, comenzando por los ministros. Pero, si bien es cierto que Mussolini ha renunciado al vagón especial del primer ministro, no menos cierto es que ha aumentado el número de ministros y de sub-secretarios para poder instalar a sus pretorianos.
De la misma forma, después de haber adoptado actitudes republicanas o por lo menos ambiguas respecto a la monarquía, el fascismo se ha decidido por la lealtad hacia el rey, y después de haber armado una gran bulla contra la corrupción parlamentaria, ha caído de lleno en las prácticas parlamentarias.
Por último, el fascismo ha mostrado ser tan poco propenso a adueñarse de las tendencias más reaccionarias que ha dejado un gran campo de acción al sindicalismo. En su Congreso de Roma en 1921, el fascismo hizo esfuerzos casi bufonescos para fijar su doctrina, e intentó igualmente caracterizar al sindicalismo fascista por la predominancia en su seno del movimiento de las categorías intelectuales. Pero esta orientación presuntamente teórica ha sido desmentida por la cruda realidad. El fascismo que ha fundado sus organizaciones sindicales por la fuerza, y porque los empresarios le habían cedido el monopolio en lo referente al trabajo para destruir las organizaciones rojas, no ha conseguido ni siquiera extender su influencia a las categorías técnicamente especializadas; y ha obtenido éxitos solamente entre los trabajadores agrícolas y entre algunas raras categorías de obreros urbanos calificados, por ejemplo entre los portuarios, pero no ha podido atraerse a la parte más evolucionada e inteligente del proletariado. El fascismo no ha dado ningún impulso nuevo al movimiento de los empleados y artesanos sobre el campo sindical. El sindicalismo fascista no se apoya sobre ninguna doctrina seria. La ideología y el programa del fascismo contienen una turbia mezcolanza de ideas y de reivindicaciones burguesas y pequeño-burguesas, y el empleo sistemático de la violencia contra el proletariado no le ha impedido abrevar en las fuentes del oportunismo socialdemócrata. El hecho es que después de haber creído poder constituir un gobierno de coalición burgués-proletario contra los fascistas, los reformistas italianos se encuentran a remolque del fascismo después de su victoria. Esta aproximación no tiene nada de paradójico y deriva de una serie de circunstancias y muchas cosas hacían prever, entre otras cosas el movimiento de D’Annunzio que, por un lado, se ha unido al fascismo, y por el otro ha intentado aproximarse a las organizaciones proletarias e incluso socialistas.
Quedan todavía algunos puntos que yo considero muy importantes acerca de la cuestión del fascismo, pero no tengo tiempo para ello. Otros camaradas italianos podrán en el curso de la discusión completar el discurso. He dejado al margen el aspecto sentimental de la cuestión y los sufrimientos que los obreros y los comunistas italianos han debido soportar, porque no me parece que sea lo más esencial del asunto.

Los últimos sucesos en Italia

Debo hablar ahora acerca de los últimos acontecimientos acaecidos en Italia y sobre los cuales nuestro Congreso espera informaciones precisas. Nuestra delegación ha abandonado Italia antes que se produjesen, por lo tanto no hemos sido informados al respecto hasta que llegó un delegado de nuestro C.C. y nos ha hecho una exposición de los sucesos de la cual garantizo la exactitud. Repetiré las noticias que nos ha transmitido.
Como ya hemos dicho, el gobierno Facta había dado a los fascistas plena libertad para aplicar su política. Daré solo un ejemplo. El hecho de que en los ministerios sucesivos, el partido popular italiano, que es campesino y católico, haya tenido una representación fuerte, no ha impedido a los fascistas el continuar la lucha contra las organizaciones, los miembros y las instituciones de este partido. El gobierno establecido no era más que una sombra de gobierno cuya única actividad consistía en apoyar la ofensiva fascista hacia el poder, ofensiva que hemos definido como puramente territorial y geográfica. El gobierno preparaba en realidad el terreno al golpe de Estado fascista. Durante este tiempo, la situación se precipitó. Una nueva crisis ministerial se abrió. Se exigió la dimisión de Facta. Las últimas elecciones habían dado al parlamento una composición tal que era imposible asegurarse una mayoría estable sobre la base del antiguo sistema de los partidos burgueses tradicionales. En Italia, era costumbre decir que «el potente partido liberal» estaba en el poder. En realidad, este no constituía un partido en el sentido propio de la palabra; no había tenido nunca una organización digna de ese nombre, no constituyendo por tanto nada más que una mezcla de cofradías de políticos del Norte y del Sur y de camarillas de industriales o terratenientes dirigidos por políticos de oficio. La unión de estos parlamentarios formó el nudo de todas las combinaciones ministeriales. Era el momento adecuado para que el fascismo cambiase esta situación, si no quería caer en una grave crisis interior. Era también para él una cuestión práctica: le era necesario satisfacer las exigencias del movimiento fascista y pagar los gastos de su organización. La clase dominante ha aportado en gran medida los medios materiales necesarios, al igual que, así parece, algunos gobiernos extranjeros. Francia ha financiado al grupo de Mussolini. En una sesión secreta del gobierno francés, se discutió un balance que comprendía las enormes sumas prestadas a Mussolini en 1915. El partido socialista tuvo conocimiento de la existencia de estos documentos y de algunos otros, pero no les dio importancia porque consideraba a Mussolini como a un hombre acabado. Por otra parte, el gobierno italiano había facilitado la tarea a los fascistas, y sirva como ejemplo, el que han podido viajar gratis en el tren bandas enteras de camisas pardas. Pero dadas las sumas gastadas por el movimiento fascista, su situación financiera se hubiese vuelto crítica si no hubiese decidido tomar directamente el poder. No podía esperar nuevas elecciones, incluso si le hubiesen sido favorables.
Los fascistas poseen una sólida organización política. Cuentan ya con 300 mil hombres y según ellos todavía más. Hubieran podido llevar a cabo sus planes por cauces democráticos. Pero era preciso darse prisa y se la dieron. El 24 de octubre, el consejo nacional fascista se reunió en Nápoles. Se dice hoy que este evento, sobre el cual toda la prensa burguesa ha hecho publicidad, no ha sido más que una maniobra para distraer la atención del golpe de Estado. En cierto momento, se dijo a los congresistas: pongamos término a los debates, hay algo mejor que hacer; que cada uno ocupe su puesto. Una movilización fascista comenzó entonces. Era el 26 de octubre. En la capital reinaba aún una calma absoluta. Facta había declarado que no dimitiría antes de haber reunido al gobierno para observar el procedimiento normal, lo cual no impidió que presentase su dimisión al rey. Las negociaciones para la formación de un nuevo gabinete empezaron, (fueron muy activos, particularmente en Italia central, especialmente en Toscana). No se les puso ninguna traba.
Encargado de formar un nuevo gobierno, Salandra renunció a ello como consecuencia de esta actitud de los fascistas. Es probable que si no se les hubiese complacido, encargando a Mussolini la formación del nuevo gobierno, los fascistas se hubiesen comportado como bandidos, incluso contra la voluntad de sus jefes, y hubiesen saqueado y destruido todo en las ciudades y en los campos. La opinión pública comenzó a mostrar síntomas de inquietud. El gobierno Facta declaró: «proclamamos el estado de sitio». Y en efecto, fue proclamado y durante todo un día la opinión publica esperó un choque entre el poder del Estado y las fuerzas fascistas. Sobre este respecto, nuestros camaradas eran completamente escépticos. De hecho, durante su paso, en ninguna parte encontraron una resistencia seria. Algunos medios militares les eran adversos; los soldados estaban dispuestos a luchar contra ellos, pero la mayoría de los oficiales simpatizaba con los fascistas.
El rey se negó a implantar el estado de sitio. Esto significaba aceptar las condiciones de los fascistas, los cuales en «Il Popolo de Italia» escribían: encárguese a Mussolini la formación de un nuevo gobierno y se habrá encontrado una solución legal; en caso contrario, marcharemos sobre Roma y nos apoderaremos de ella.
Algunas horas después de la anulación del estado de sitio, se supo que Mussolini marchaba hacia Roma. Se había preparado la defensa militar y las tropas estaban reunidas, pero los acuerdos habían sido firmados y el 31 de octubre los fascistas entraron sin mayores problemas en la capital.
Mussolini formó el nuevo gobierno cuya composición es conocida. El partido fascista que no contaba en el Parlamento con más de 35 escaños, obtuvo la mayoría absoluta en el gobierno. Por ello, Mussolini no obtuvo únicamente la presidencia del consejo, sino también las carteras de Interior y de Asuntos Extranjeros, fueron los fascistas los que ocuparon los demás ministerios importantes. Pero como no habían llegado a una ruptura completa con los partidos tradicionales había en el gobierno dos representantes de la democracia social, es decir de la izquierda burguesa, así como un liberal de derecha y un partidario de Giolitti. La tendencia monárquica estaba representada por el general Diaz en el ministerio de la Guerra y por el almirante Thaon di Revel en el ministerio de Marina. El partido popular, que tenía mucho peso en la Cámara, se mostró partidario de un pacto con Mussolini. Bajo el pretexto de que los órganos oficiales del partido no podían reunirse en Roma, la responsabilidad de aceptar las proposiciones de Mussolini se dejó en manos de una reunión oficiosa de algunos parlamentarios. Se logró obtener de Mussolini algunas concesiones y la prensa del partido popular pudo declarar que el nuevo gobierno no modificaba en casi nada la representación electoral del pueblo.
El pacto se extendió a los socialdemócratas y por un momento pareció que el reformista Baldesi participaría en el gobierno. Mussolini tuvo la habilidad de sondearle por medio de uno de sus allegados, y Baldesi respondió que estaría muy contento de aceptar el puesto. Fue entonces cuando Mussolini dio a conocer que las gestiones habían sido hechas por uno de sus amigos bajo su responsabilidad personal y Baldesi no entró en el nuevo gabinete. Mussolini no admitió a ningún representante de la CGT reformista en su gobierno porque los elementos derechistas de su gabinete estaban en contra; pero en lo que a esto concierne, Mussolini era de la opinión que una representación de esta organización en su «gran coalición nacional» era necesaria, ahora que la CGT estaba desligada de todo partido revolucionario.
En estos hechos, nosotros vemos un compromiso entre las camarillas políticas tradicionales y las diversas capas de la clase dominante – industriales, banqueros, terratenientes – todos satisfechos con el nuevo régimen instaurado merced al apoyo de la pequeña burguesía al movimiento fascista.
A nuestro entender, el fascismo es un medio para reforzar el poder por todos los medios de que dispone la clase dominante, no sin extraer enseñanzas de la primera revolución victoriosa, la Revolución Rusa. Enfrentado a una crisis económica, el Estado no era suficiente para defender el poder de la burguesía. Era necesario un partido unitario, una organización contrarrevolucionaria centralizada. Por sus lazos con el conjunto de la clase burguesa, el partido fascista es, en cierto sentido, lo que es el partido comunista en Rusia por sus lazos con el proletariado, es decir un órgano de dirección y de control bien organizado y disciplinado de todo el aparato de Estado. En Italia, el partido fascista ha ocupado casi todos los puestos importantes en el aparato del Estado: es el órgano burgués que dirige el Estado en la época de descomposición del imperialismo. Esto es, a mi entender, una explicación histórica suficiente del fascismo y de los últimos acontecimientos.
Las primeras medidas del nuevo gobierno muestran que no estaba en su ánimo el modificar la base de las instituciones tradicionales. Naturalmente, yo no pretendo que la situación sea favorable al movimiento proletario y comunista, ya que preveo que el fascismo será liberal y democrático. Los gobiernos democráticos no han dado nunca al proletariado nada más que proclamas y promesas. Por ejemplo, el gobierno Mussolini ha dado la seguridad de que la libertad de prensa sería respetada. Pero no hay que olvidar el señalar que la prensa deberá demostrar ser digna de esta libertad. ¿Qué significa esto? Que el gobierno promete respetar la libertad de prensa, pero dejará a las organizaciones armadas fascistas plena libertad para amordazar a la prensa comunista si son lanzadas contra ella, lo cual ya ha ocurrido en varias ocasiones. Por otra parte, es preciso reconocer que si el gobierno Facta hace algunas concesiones a los liberales burgueses, no se dará ningún crédito a su promesa de transformar sus organizaciones militares en asociaciones deportivas o similares (sabemos que decenas de fascistas han sido arrestados por haberse opuesto a la orden de desmovilización lanzada por Mussolini).
¿Qué influencia han tenido estos hechos sobre el proletariado? El proletariado no ha podido jugar ningún papel importante en la lucha y se ha visto obligado a comportarse pasivamente. En cuanto al partido comunista, este comprendió siempre que la victoria del fascismo sería una derrota del movimiento revolucionario. El problema es esencialmente el saber si la táctica del partido comunista ha permitido obtener el máximo de resultados en la defensa del proletariado italiano, y si nosotros hablamos a la defensiva es porque nunca habíamos pensado que el proletariado estuviese hoy en condiciones de lanzar una ofensiva contra la reacción fascista. Si en lugar del compromiso entre la burguesía y el fascismo, hubiese estallado entre ellos un conflicto armado o una guerra civil, el proletariado habría podido desempeñar el rol de crear un frente único para la huelga general y obtener éxitos, pero la situación tal como se presentaba ha impedido al proletariado participar en las acciones. Sea cual sea la importancia de los acontecimientos que están ocurriendo, es preciso no olvidar que el cambio político ha sido menos brusco de lo que fue en realidad, puesto que incluso antes de la ofensiva final del fascismo, la situación día a día iba tendiendo cada día más a eso. En Cremona, la lucha contra el poder del Estado y el fascismo produjo seis muertos. El proletariado no ha combatido nada más que en Roma donde las tropas obreras revolucionarias se han enfrentado a los grupos armados fascistas, generando heridos. Al día siguiente, la Guardia Real ocupó el barrio obrero, privándole de todo medio decisivo, así los fascistas han podido disparar a sangre fria contra los obreros. Este es el incidente más sangriento que se ha producido en las recientes luchas.
En cuanto el Partido Comunista propuso la huelga general, la CGT la boicoteó incitando a los proletarios a hacer caso omiso de las peligrosas exhortaciones de los revolucionarios y por otra parte, hizo correr el rumor de que el Partido Comunista se había disuelto en el preciso momento en que, por la imposibilidad de sacar a la luz sus periódicos, no podía desmentir la noticia.
En Roma el suceso más grave para el partido fue la ocupación de la redacción de «Il Comunista». La imprenta fue ocupada el 31 de octubre en el momento de salir el periódico y mientras 100.000 fascistas tenían a la ciudad en estado de sitio. Todos los redactores se pusieron a salvo abandonando el edificio por salidas secundarias, con la excepción del redactor en jefe, el camarada Togliatti, que se quedó en su despacho. Los fascistas lo atraparon. Expuso valientemente su condición de redactor en jefe de «Il Comunista» y ya había sido colocado en una pared para ser ejecutado, mientras los fascistas abandonaban la búsqueda, cuando el ruido les hizo saber que los demás redactores escapaban por los tejados; los agresores salieron en su persecución y es a esta circunstancia a la que Togliatti debe su vida. Esto no impidió a nuestro camarada participar días después en un mitin celebrado en Turín con motivo del aniversario de la Revolución Rusa.
Pero se trató de un caso aislado. La organización de nuestro partido se encontraba en buen estado. Si «Il Comunista» no aparecía, no era debido a una prohibición gubernamental, sino a que la imprenta se negaba a publicarlo. Hemos tenido que imprimirlo en una imprenta ilegal. Las dificultades de publicación eran de índole financiera y no técnica.
En Turín la sede de «L’Ordine Nuovo» fue ocupada y las armas que se encontraban allí confiscadas. Pero actualmente el periódico se publica en todas partes. En Trieste, la policía ocupó la imprenta de «Il Lavoratore» el cual aparece ahora de forma ilegal. Nuestro partido tiene todavía la posibilidad de trabajar públicamente y nuestra situación no tiene nada de trágica. Pero no se sabe como seguirán las cosas, y me veo obligado a expresarme con cierta reserva sobre la situación y el trabajo del partido en el futuro. El camarada que acaba de llegar de Italia es uno de los dirigentes de una importante organización local del partido, y su opinión, compartida por otros militantes, es la de que a partir de ahora, trabajaremos mejor que antes. No quiero presentar esta opinión como una verdad definitiva, pero el camarada que la expresa es un militante que trabaja verdaderamente entre las masas y su opinión tiene gran importancia.
He dicho anteriormente que la prensa adversa había difundido la falsa noticia según la cual nuestro partido se habría disuelto. Hemos publicado un desmentido y restablecido la verdad. Nuestros órganos políticos centrales, nuestro centro militar clandestino, nuestra central sindical están en plena actividad, y los contactos con las provincias han sido reanudados casi por doquier. Los camaradas que están en Italia no han perdido nunca la cabeza y hacen todo lo que es necesario. En lo que concierne a los socialistas, la sede de «Avanti» ha sido destruida por los fascistas y será necesario cierto tiempo antes de que el periódico vuelva a salir. La sede del partido socialista en Roma fue destruida y sus archivos quemados. En lo que concierne a la posición de los maximalistas en la polémica entre el PC y la CGT, no poseemos ningún manifiesto ni declaración. En cuanto a los reformistas, lo que resalta en su prensa, que continua apareciendo, es que se pondrán detrás del nuevo gobierno.
En lo que concierne a la situación sindical, el camarada Repossi, miembro del nuevo comité sindical es de la opinión de que el trabajo podrá continuar. Tales son las informaciones que hemos recibido y que datan del 6 de noviembre.
Mi discurso se está alargando y no voy a abordar la cuestión de la toma de posición de nuestro partido durante todo el periodo de desarrollo del fascismo, porque espero hacerlo a propósito de otros puntos del orden del día. Queremos solamente plantear la cuestión de las perspectivas del futuro. Hemos sostenido que el fascismo deberá contar con el descontento provocado por la política del gobierno. Pero sabemos demasiado bien que cuando se dispone no solamente del Estado, sino de una organización militar, es más fácil acabar con el descontento y coger las riendas incluso en una situación económica desfavorable. Esto es sobre todo cierto durante la dictadura del proletariado, cuando el desarrollo histórico avanza en nuestro sentido.
Pero no hay ninguna duda de que los fascistas están muy bien organizados y que tienen unos fines precisos, y en estas condiciones, se puede prever que la posición del fascismo será todo menos precaria.
Como habéis visto, no he exagerado las condiciones en las cuales nuestro partido ha luchado, pues nosotros no queremos provocar una cuestión sentimental. El Partido Comunista de Italia puede haber cometido errores, se le puede criticar, pero creo que la actitud de los camaradas en el momento actual prueba que hemos hecho un buen trabajo; un trabajo de formación del partido revolucionario del proletariado, base del resurgir de la clase obrera italiana.
Los comunistas italianos tienen el derecho a pedir ser reconocidos por lo que son, aunque su actitud no haya sido siempre aprobada, saben que no tienen nada que reprocharse ante la Revolución, ni ante la Internacional Comunista.