LAS MUJERES DE LA COMUNA

Apuntes biográficos “Todo poder encarna la maldición y la tiranía; por eso me declaro anarquista”.

Louis Michel, una de las grandes revolucionarias de la historia, nace en un castillo del norte de Francia en 1830, hija de una de las sirvientas y del hijo del terrateniente. A pesar de ser hija bastarda se las arregla para escribir poesía desde muy joven y dedicarse a la docencia, siendo muy innovadora en sus métodos de enseñanza.A partir de 1856 se instala en París y comienza a comprometerse con la lucha revolucionaria. Louise, que acabará siendo una de las grandes figuras de La Comuna de París, vive en Montmartre donde ejerce como maestra y militante durante los últimos años del II Imperio de Napoleón III (1) , desempeñando un papel esencial a partir de 1870, cuando se produce la caída del Imperio, tras la derrota de Francia en la guerra franco­prusiana, y el restablecimiento de la república.

En los últimos meses del año, participa en diferentes manifestaciones populares, y en enero de 1871, cuando las tropas del general Trochu (2) abrenfuego contra la multitud delante de la alcaldía de París, Louise, vestida de guardia nacional, responde disparando.Está en primera fila de los acontecimientos de marzo de 1871, que marcan el inicio de la Comuna de París: el día en que el gobierno de Versalles trata de apoderarse de los cañones de la Guardia Nacional emplazados en la colina de Montmartre. Ese día, Louis encabeza la manifestación de mujeres que logra el fracaso de las tropas de Versalles. Durante el tiempo de vida de la Comuna es una de las promotoras del protagonismo de las mujeres en ésta. Organiza, junto con otras compañeras, los comités de mujeres, construyéndose una red bastamente interconectada y expandida que, además de asumir tareas organizativas prácticas, posibilita la asociación de mujeres interesadas y comprometidas a nivel político. Además se ocupa de una ambulancia y de cuestiones de educación.Cuando las tropas del gobierno asaltan París en abril­mayo de 1871, combate, fusil en mano, en las barricadas de Clamart, Neuilly e Issy­les­Moulineaux, y lidera un batallón femenino cuyo coraje destacará en las últimas batallas libradas por los comuneros, en el cementerio de Montmartre y en Clignancourt, donde muchas de sus compañeras pierden la vida.

Louise logra escapar y consigue esconderse, pero tiene que entregarse ya que capturan a su madre y amenazan con fusilarla. Posteriormente, será condenada a diez años de destierro después de haber declarado en el juicio:“No me quiero defender. Pertenezco por entero a la revolución social. Declaro aceptar la responsabilidad de mis actos (…) Ya que, según parece, todo corazón que lucha por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de esta Comisión”.Su valentía en el juicio lleva a su amigo Víctor Hugo a defenderla públicamente y escribir un poema en el que la ensalza. Después de tres años en la cárcel es deportada a Nueva Caledonia (colonia francesa del Océano Pacífico) donde pasa siete años hasta la amnistía de 1880 que le permite regresar a Francia. Durante esos años demostró ser mucho más revolucionaria que muchos de los comuneros que la acompañaban, que se consideraban superiores a los nativos canacos. Ella, sin embargo luchó junto a ellos como una más alentando una de las rebeliones de los canacos.Una vez en Francia continuó la lucha como militante anarquista durante el resto de su vida.

Con armas en la mano

El 18 de marzo de 1871, la Comuna y las asociaciones populares, renuentes a entregarse al ejército prusiano, se movilizaron y tomaron el poder en sus manos.Los cañones adquiridos por la Guardia Nacional estaban en terrenos baldíos en medio de la zona abandonada por los prusianos. París no estaba de acuerdo con esto, así que los cañones fueron trasladados al parque Wagram. Se creía que cada batallón tendría que recuperar sus propios cañones. Un batallón de la Guardia Nacional del sexto distrito nos infundió nuestro ímpetu. Con la bandera al frente, hombres, mujeres y niños marcharon con los cañones por los bulevares y, aunque estaban cargados, no hubo ningún accidente. Montmartre, al igual que Belleville y Batignolles, tuvo sus propios cañones. Los que se habían emplazado en la Place des Vosges fueron trasladados al suburbio de Saint Antaine. Unos marineros nos propusieron adueñarnos al abordaje de las fortificaciones ocupadas por los prusianos en los alrededores de la ciudad, como si fueran buques, y la idea nos encantó. El 18 de marzo, antes del amanecer, los reaccionarios de Versalles enviaron tropas para apoderarse de los cañones que ahora estaban en manos de la Guardia Nacional. Uno de los puntos hacia donde avanzaban era la colina de Montmartre, donde habíamos trasladado nuestros cañones. Los soldados de los reaccionarios se apoderaron de nuestra artillería por sorpresa, pero no lograron llevársela como se lo habían propuesto, porque no habían traído caballos. Al saber que los soldados de Versalles estaban tratando de apoderarse de nuestroscañones, hombres y mujeres de Montmartre invadieron como un enjambre la colina en una maniobra sorpresiva. Estas personas que estaban subiendo la cuesta sabían que podían morir, pero estaban dispuestas a pagar ese precio. La colina de Montmartre estaba bañada por una tenue luz matutina, a travésde la cual las cosas se vislumbraban como si estuviesen ocultas tras un fino velo de agua. La multitud iba creciendo poco a poco. Otros distritos parisinos venían en nuestra ayuda al enterarse de lo que estaba suce diendo en Montmartre.Las mujeres de París cubrieron los cañones con sus cuerpos. Cuando los oficiales dieron a los soldados la orden de disparar, estos se negaron. El mismo ejército que dos meses más tarde sería utilizado para aplastar París, ahora no quiso ser cómplice de la reacción. Los soldados desistieron de su intento por apoderarse de los cañones de la Guardia Nacional.

Comprendieron que la gente, al defender las armas que los realistas y los imperialistas, de acuerdo con los prusianos se disponían a utilizar contra París, estaba defendiendo la República. Cuando vencimos, eché una mirada alrededor y vi a mi pobre madre, quien me había seguido a la colina de Montmartre creyendo que yo iba a morir. Este día, el 18 de marzo, el pueblo despertó. Si no lo hubiera hecho, el triunfo habría sido de algún rey. En vez de eso, fue el triunfo del pueblo. El 18 de marzo habría podido pertenecer a los aliados de reyes, o a extranjeros, o al pueblo. Y fue del pueblo…

Tomado de: Louise Michel, Mémoires.

Carta abierta en defensa de la toma de las armas en Montmartre

Después de que Louise Michel condujera a las mujeres de Montmartre a proteger los cañones dislocados sobre la elevación que domina París, el líder de Versalles, Adolphe Thiers, declaró a los periódicos que los cañones pertene cían al Estado y no al pueblo. Louis Michel escribió una carta abierta en protesta. Protesta de los ciudadanos de Montmartre: ¿Se nos ha de traicionar al final? iNo, Montmartre no pidió que se lo desarmara! Nuestros padres, hermanos y esposos se indignaron tanto como nosotras al leer todo eso en los periódicos. Pero si los hombres estu vieron a punto de entregar estos cañones dislocados sobre la colina de Montmartre para defender la República, nosotras, las mujeres ciu dadanas, los hemos defendido hasta morir, al igual que defen deremos hasta el último reducto el honor violado de nuestra nación trai cionada. ¡Viva la República! Por los ciudadanos de Montmartre, Louis Michel, la secretaria.

Tomado de Xaviére Gauthier (ed), Louis Michel, je vous écris de ma nuit

Vida durante la Comuna

En Montmartre, en el 18º Distrito, organizamos el Comité de Vigilancia de Montmartre. Quedan con vida pocos de sus miembros, pero durante el asedio el comité hizo temblar a los reaccionarios. Cada anochecer salíamos en tropel de nuestro cuartel general a las calles, a veces simplemente para hablar a favor de la revolución, ya que los tiempos de la duplicidad habían pasado. Sabíamos lo poco que el régimen reaccionario, en los estertores de su muerte, valora sus promesas y las vidas de sus ciudadanos, y había que advertir al pueblo. En realidad, en Montmartre había dos comités de vigilancia, el de los hombresy el de las mujeres. Aunque yo presidía éste último, siempre me hallaba en el de los hombres, porque entre sus miembros había varios revolucionarios rusos. Tengo todavía un viejo mapa de París que colgaba de la pared de nuestra sala de reuniones. Lo pude rescatar y atravesó conmigo el océano de ida y de vuelta, como un recuerdo. Tachamos con tinta el escudo de armas imperial que lo deshonraba y que hubiera manchado nuestro cuartel general. Los miembros del comité de vigilancia masculino eran personas notables.Nunca había visto individuos tan preclaros. No sé cómo este grupo se las ingeniabapara hacerlo. No había debilidades. Algo bueno y fuerte apoyaba a la gente.Las mujeres también eran valientes, y entre ellas también había algunas mentes notables. Yo pertenecía a ambos comités, y en ambos grupos se aprendía lo mismo. Algún día, en el futuro, el comité femenino ha de narrar su propia historia. O tal vez ambas se han de mezclar, porque la gente no se preocupaba de su pertenencia a uno u otro sexo antes de cumplir con su deber. Esta estúpida cuestión ya ha dejado de existir. Al anochecer, muchas veces tuve la oportunidad de asistir a las reuniones de ambos grupos, ya que las de las mujeres, que se reunían en el local de la justicia de paz en Rue de la Chapelle, comen zaban una hora antes que las de los hombres. Por eso, después de haber terminado la reunión de las mujeres, me era posible asistir a la segunda parte de la de los hombres, y algunas veces, tanto otras mujeres como yo, pudimos incluso estar presentes en ella durante todo el tiempo. Los comités de vigilancia de Montmartre no dejaron a nadie sin techo y sin comida. Cualquiera podía comer en el salón de reuniones, aunque a medida que duraba el asedio las raciones se volvían cada vez más reducidas, y a veces apenas se trataba de un arenque dividido entre cinco o seis personas. Para los que estaban realmente necesitados, no dudábamos en echar mano a nuestros propios recursos o hacer uso de requisición revolucionaria. El 18º distrito era el terror de los especuladores. Cuando los reaccionarios oían la frase “Montmartre se ocupará de usted con mano dura”, se escondían en sus agujeros. De todos modos, los perseguíamos, y huían como bestias acosadas dejando tras de sí sus madrigueras, donde acumulaban provisiones mientras París pasaba hambre. Al final, al igual que todos los grupos revolucionarios, los comités de vigilanciafueron eliminados. Los pocos miembros que aún quedan con vida saben lo orgullosos que nos sentíamos allí y con cuánto fervor alzábamos la bandera de la revolución. Poco importaba a quienes for maban parte de ellos si caían abatidos anónimamente en un campo de batalla o si morían solos a plena luz del día. No importa cómo se mueve la piedra del molino con tal de que se haga el pan. Debido a la debilidad del ejército francés, la milicia popular, llamada Guardia Nacional, asumió una importancia mayor en la defensa de París. Las tropas prusianas avanzaban a través de Francia hasta las puertas de la capital francesa.El asedio prusiano continuaba; oscurecía cada vez más temprano, y los árboles perdían sus hojas. El hambre y el frío se adueñaban cada vez más de los hogares de París. El 31 de octubre, en el Hôtel de Ville, el pueblo proclamó la Comuna. Los comités de vigilancia de todos los confines de la ciudad organizaron la manifestación, y la gente dejó de gritar “¡Viva la República!” para a gritar “¡Viva la Comuna!” Transcurrió otro mes, y las condiciones se volvieron cada vez peores. La Guardia Nacional pudo haber salvado la ciudad, pero el Gobierno de Defensa Nacional (3) no se atrevió a dar apoyo a la fuerza armada del pueblo. En los comienzos de diciembre fui arrestada por segunda vez. Esto sucedió cuando varias mujeres, que tenían más coraje que pre visión, quisieron proponer al Gobierno algunos medios de defensa insólitos. Su celo fue tan grande que se presentaron en el Comité de Vigilancia de mujeres de Montmartre… Accedimosa reunirnos con ellas al día siguiente en una manifestación frente al Hôtel de Ville, pero con una salvedad. Les dijimos que nosotras, como mujeres que éramos ambién iríamos a compartir su riesgo; que no lo haríamos como ciudadanas porqueya no reconocíamos el Gobierno de Defensa Nacional que se había demostradoincapaz tan siquiera de permitir a París que se defendiera por sí misma. Al día siguiente fuimos a nuestra cita frente al Hôtel de Ville y ya suponíamos lo que ocurriría. Me detuvieron por haber organizado la manifestación. Respondí a sus acusaciones diciéndoles que yo no podía haber organizado ninguna manifestación para hablar con el Gobierno ya que no reconocía más ese Gobierno. Agregué que cuando yo llegara en mi propio nombre al Hôtel de Ville, sería con una sublevación armada apoyándome. Esta explicación no les pareció satisfactoria y me encerraron. Al día siguiente cuatro ciudadanos fueron a reclamarme “en nombre del 18º distrito”. Ante esta declaración los reaccionarios se asustaron. “Montmartre va a caernos encima”, susurraron, y me liberaron. Sólo después del 19 de enero, cuando la lucha casi había terminado, el Gobierno de Defensa Nacional accedió finalmente a permitir a la Guardia Nacional realizar una incursión para tratar de reconquistar Montretout y Buzenval. Al principio la Guardia Nacional barrió a los prusianos que hallaba a su paso, pero el fango derrotó a los valientes hijos del pueblo. Se hundían en el lodo hasta más allá de los tobillos e, incapaces de subir su artillería sobre las alturas, tuvieron que retirarse. Cientos habían quedado atrás, muertos; estos hombres de la Guardia Nacional –gente del pueblo, artistas, jóvenes– dieron sus vidas sin vacilar. La tierra absorbió la sangre de esta primera carnicería perpetrada por los prusianos; pronto bebería más. Así y todo, París se negaba a rendirse a los prusianos. El 22 de enero el pueblo se reunió frente al Hôtel de Ville, donde el general Chaudey, que estaba al mando de los soldados, tenía ahora su cuartel general. El pueblo sentía que los miembros del Gobierno esta ban mintiendo cuando declaraban que no estaban pensando en la rendición. Preparamos una manifestación pacífica, con Razoua al mando de nuestrosbatallones de Montmartre. Puesto que nuestros amigos que poseían armas estabandeterminados a que la manifestación fuese pacífica, se retiraron con sus armas, aun cuando las manifestaciones pacíficas siempre terminan por ser aplastadas. Cuando sólo quedaba una multitud desarmada, los soldados abrieron fuego contra nosotros desde los edificios alrededor de la plaza. Ningún disparo fue hecho por el pueblo antes de que los Bretones Móviles hicieran sus descargas

Podíamos ver las pálidas caras de los bretones tras las ventanas, mientras percibíamos un ruido parecido al del granizo. Sí, habéis disparado contra nosotros, salvajes celtas, pero al fin y al cabo fue vuestra fe lo que os había convertido en fanáticos de la contrarrevolución. No habéis sido com prados por los reaccionarios. Nos estabais matando, pero creíais qua estabais cumpliendo con vuestro deber, y algún día os convertiremos en nuestros ideales de libertad. El 22 de febrero los comités de vigilancia fueron clausurados y la publicacióndel periódico se suspendió. Los reaccionarios de Versalles decidieron que tenían que desarmar a París. Napoleón III aún vivía, y con Montmaratre desarmado, la entrada del monarca, fuese éste Bonaparte o un orleanista, favorecería al ejército,el cual debía ser un cómplice de los reaccionarios o dejarse engañar. Una vez desarmado Montmartre, el ejército prusiano, dislocado en los fuertes alrededor de París que se habían rendido mientras continuaba el armisticio, se vería protegido. La declaración de la Comuna en marzo de 1871 condujo a la continuación del conflicto militar. Por tres meses, el pueblo de París resistió ante las fuerzas del general Thiers. Durante todo el tiempo de la Comuna, sólo pude pasar una noche en casa de mi pobre madre. De hecho, nunca me acosté en una cama en todo este tiempo. Simplemente echaba una cabezada cuando no había nada mejor que hacer, y muchas otras personas vivían de la misma manera que yo. Todo el que deseaba liberación se entregaba por entero a la causa. Durante la Comuna nunca fui herida, si no contamos la bala que me arañó una muñeca, aunque mi sombrero fue literalmente acribi llado a balazos. Me torcí un tobillo en el que tuve un esguince durante mucho tiempo y, como por tres o cuatro días no pude caminar, hice la requisición de un carruaje… Mientras me dirigía a Montmartre al funeral no me atrevía a dete nerme en casa de mi madre, porque ella habría visto que tenía un esguince. Sin embargo, varios días antes del funeral me había topado con ella en las trincheras cerca de la estación ferroviaria de Clamart. Había ido allá para ver si todas las mentiras que yo le había escrito para tranquilizarla eran verdades. Por suerte, siempre termi naba creyéndome. Si la reacción hubiera tenido tantos enemigos entre las mujeres como tenía entre los hombres, al gobierno de Versalles le habría costado mucho más trabajo aplastarnos. Nuestros amigos hombres son mucho más propensos a la pusilanimidad que las mujeres. Una mujer supuestamente débil sabe decir mucho mejor que cualquier hombre: “Esto hay que hacerlo”. Puede sentirse desgarrada hasta el mismísimo útero, pero no se conmoverá. Sin odio, sin ira, sin pie dad por sí misma o por otros, independientemente de si su corazón sangra o no, es capaz de decir: “Esto hay que hacerlo”. Así eran las mujeres de la Comuna. Durante la Semana Sangrienta, las mujeres se irguieron y defendieron la barricada en Place Blanche, y la sostuvieron hasta caer muertas. Siento en mi mente la suave oscuridad de una noche primaveral. Es mayo de 1871, y veo el rojo reflejo de las llamas. Es París que está ardiendo. Este fuegoes un amanecer, y lo veo todavía mientras estoy aquí escribiendo. Los recuerdos se aglomeran en mi mente, y se me olvida que estoy escribiendo mis memorias. Creo que por la noche del 22 o del 23 de mayo estábamos en el cementerio de Montmartre que intentábamos defender con muy escasos combatientes.Almenamos los muros lo mejor que pudimos; la posición no era demasiadomala si no contamos la batería de la colina de Montmartre –ahora en manos de los reaccionarios, cuyo fuego nos estaba diezmando–, los proyectiles llegaban a intervalos regulares desde un costado, donde edificios altos dominaban nues tras defensas. Los proyectiles desgarraban el aire, marcando el tiempo, como un reloj… A pesar de los consejos de mis camaradas, varias veces intenté llegar hasta allá. Los proyectiles llegaban siempre o demasiado temprano o demasiado tarde para alcanzarme. Un proyectil que cayó tras los árboles me cubrió de ramas floridas, que dividí entre dos tumbas. Mis camaradas me alcanzaron, y uno me ordenó no moverme. Me hicieron sentarme en un banco. Pero nada es tan obstinado como una mujer. En medio de todo esto, Jaroslav Dombrowski pasó tristemente delante de nosotros, en su camino hacia la muerte. “Esto ha terminado”, me dijo. “No, no”, le respondí, y me tendió ambas manos. Pero tenía razón… La Comuna había sido electa por 300.000 votos. Fueron 15.000 los que se enfrentaron con el ejército durante la Semana Sangrienta. Contamos alrededor de 35.000 personas ejecutadas, pero ¿de cuántas más no tenemos noticia alguna? De tiempo en tiempo la tierra vomita cadáveres. Si hemos de ser implacables en los com bates del porvenir, ¿quién tiene la culpa? La Comuna, completamente rodeada, sólo tenía la muerte en el horizonte. Sólo le quedaba ser valiente, y lo fue. Y con su muerte abrió una amplia puerta al futuro. Este fue su destino.

Tomado de: Louise Michel, Mémoires.

Carta al intendente de Montmartre, Georges ClemenceauSeñor:

Nuestro Comité Republicano de Vigilancia (femenino) del 18ºdis trito desea desempeñar su papel en nuestra patriótica tarea. Dada la pobreza de la gente y que ya no puede soportar la visión de niños de pecho que se están muriendo de hambre, le pido a Usted que tome las siguientes medidas: Llevar a cabo una inmediata encuesta en cada casa del 18º dis trito para determinar la cantidad de ancianos, enfermos y niños. Requisar inmediatamente todos los edificios abandonados en el 18º distrito para dar abrigo a los ciudadanos que carecen de techo y organizar albergues donde los niños puedan ser alimentados. Que todo el vino y el carbón en los sótanos de las casas aban donadas se ponga inmediatamente a disposición de los débiles y enfermos. La completa abolición en el 18ºdistrito de todos los burdeles y casas de trabajo para muchachas jóvenes. Que se fundan las campanas de Montmartre para hacer cañones.

Louise Michel, Presidenta en funciones. Calle Oudot, 24, Montmartre.

Sobre los derechos de las mujeres

En 1870, la primera organización pro derechos de las mujeres comenzó a reunirse en la calle Thevenot. En las reuniones de este grupo, y en otras reuniones, los hombres más avanzados aplaudían la idea de la igualdad. Noté –ya lo había visto antes, y lo vería después– que los hombres, independientemente

de sus declara ciones, aunque pudiese parecer que nos apoyaban, se contentaban siempre con la mera apariencia. Esto se debía a la costumbre y a la fuerza de antiguos prejuicios, y me convenció de que nosotras las mujeres debemos simplemente ocupar nuestro lugar sin rogar por ello… El tema de los derechos políticos esta agotado. Igualdad de edu cación, igualdad en el trabajo, de modo que la prostitución no fuese la única profesión lucrativa disponible para las mujeres, esto es lo que era real en nuestro programa. Los revolucionarios rusos tienen razón: la evolución ha terminado y ahora hace falta la revolución o la mariposa morirá en su capullo. Se podían hallar mujeres heroicas en todas las clases sociales. En la escuela profesional se reunían mujeres de todos los niveles sociales, y todas preferirían la muerte a la rendición. Organizaron la Sociedad de Ayuda a las Víctimas de la Guerra. Entregaban sus re cursos lo mejor que podían, mientras exigían que París resistiera y siguiera resistiendo el asedio prusiano… Más tarde, cuando me apresaron, la primera visita que recibí fue la de madame Meurice, de la Sociedad de Ayuda a las Víctimas de la Guerra. Durante mi último juicio, detrás de los espectadores cuidadosamente seleccionados, entre quienes habían logrado deslizarse dentro, divisé los ojos resplandecientes de otras dos mujeres que habían sido miembros de la sociedad. Saludo a todas estas valientes mujeres de la vanguardia que fueron llevadas de grupo en grupo: el Comité de Vigilancia Femenino, las asociaciones femeninas, y más tarde la Liga de las Mujeres. El viejo mundo ha de temer el día en que estas mujeres decidan que ya han tenido bastante. Estas mujeres no flaquearán. La fortaleza ha encontrado su refugio en ellas. iCuidado con ellas! Cuidado con quienes hacen ondear por toda Europa la bandera de la libertad, y cuidado con la más pacífica hija de Galia que duerme hoy en la profunda resignación de los campos. Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el mundo nuevo.

Tomado de: The Red Virgin: Memoirs of Louise Michel Extractos de la Primera Parte, X-XIV.

Llamamiento a las mujeres ciudadanas de París Mujeres Parisinas (11 de abril, 1871)

…La locura fratricida que se ha apoderado de Francia, este duelo a muerte, es el acto final en el eterno antagonismo entre el derecho y el poder, la fuerza del trabajo y la explotación, el pueblo y sus tiranos. Las clases privilegiadas del actual orden social son nuestras ene migas; quienes han vivido de nuestro trabajo, prosperando merced a nuestra miseria. Ellos han visto que el pueblo se alza exigiendo: “¡No más obliga ciones sin derechos! ¡No más derechos sin obligaciones! Queremos trabajar, pero también deseamos el producto de nuestro trabajo. No más explotadores. No más jefes. Trabajo y seguridad para todos. El pueblo ha de gobernarse a sí mismo. Deseamos la Comuna; deseamos vivir en libertad o morir luchando por ella”… Mujeres de París, la hora decisiva ha llegado. iEI viejo mundo tiene que acabar! iQueremos ser libres! Y Francia no se ha alzado sola. Las naciones civilizadas del mundo entero tienen sus ojos puestos en París. Están esperando nuestra victoria para liberarse ellas a su vez… Un grupo de mujeres parisinas Nota: Invitamos a las mujeres patrióticas a reunirse hoy, martes 11 de abril, paratomar medidas concretas sobre la creación de comités en cada distrito a fin de organizar un movimiento femenino para la defensa de París, en caso de que la reacción y sus gendarmes traten de apoderarse de la ciudad. ¡Necesitamos la colaboración activa de todas las mujeres de París que comprendan que la salvación de nuestra capital depende de los resultados de este conflicto; que sepan que el actual orden social lleva en sí el germen de la pobreza y la muerte de la libertad y la justicia; que saluden por lo tanto el advenimiento del reino de trabajo y de igualdad y estén preparadas para luchar a la hora de la verdad y morir por el triunfo de esta revolución por la que sus hermanos están sacrificando sus vidas!

Tomado de Journal Officiel (Comuna). 11 de abril, 1871

  1. NdE: Carlos Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873), único presidente de la Segunda República Francesa en 1848 y luego el segundo emperador de los franceses en 1852, bajo el nombre de Napoleón III, siendo el último monarca que reinó sobre este país. Sobrino de Napoleón I, se convierte en el heredero legítimo de los derechos dinásticos tras las muertes sucesivas de su hermano mayor y Napoleón II. Su filosofía política es una mezcla de romanticismo, de liberalismo autoritario y de socialismo utópico, aunque en los últimos años fue insigne defensor del tradicionalismo y de la civilización católica. Quiso significar una reparación frente al anticlericalismo y el ateísmo de la Revolución francesa. Tuvo una política de expansión de la civilización clásica que creía Francia representaba, frente al surgimiento de Alemania y Estados Unidos, potencias emergentes de tipo protestante.

2 . NdE: Louis Jules Trochu (1815-1896), militar y político francés, llegó al cargo de general del ejército francés. El 17 de agosto de 1870, durante la Guerra franco-prusiana, fue designado como gobernador de París y comandante en jefe de las fuerzas para la defensa de la capital. Durante la revolución que estalló en septiembre se convirtió en el presidente provisional del Gobierno de Defensa Nacional.

3 . NdE: Fue el primer Gobierno establecido tras la caída del Emperador Napoleón III. Duraría del 4 de septiembre de 1870 al 13 de Febrero de 1871. Proclamó la Tercera República, y continúo el esfuerzo de guerra contra Prusia. EL 19 de septiembre empezó el asedio de París. El Gobierno de Defensa Nacional intento negociar con Bismarck, pero al conocer sus peticiones decidieron continuar luchando.